La mayor remontada de la historia de los Grand Slams

La firmó Manuel Orantes hace 50 años, levantando un marcador imposible ante Guillermo Vilas en semifinales del US Open: “Cuando alguien no me caía bien, me agarraba más al partido”.

Fernando Murciego | 6 Sep 2025 | 15.07
twitter tiktok instagram instagram Comentarios
Manolo Orantes y su gran remontada en el US Open de 1975. Fuente: Getty
Manolo Orantes y su gran remontada en el US Open de 1975. Fuente: Getty

Streaming ATP Rio de Janeiro en directo
🎾 Yannick Hanfmann vs Juan Manuel Cerundolo
  1. Entra aquí y regístrate en Bet365
  2. Haz tu primer depósito de mínimo 5 €
  3. Entra en la sección «Directo» y ve todos los partidos
Ver partido en Bet365

Si os pregunto por una remontada en Grand Slam que jamás olvidaréis, ¿cuál os viene a la cabeza?

Supongo que la gran mayoría acudiréis a la Nadalada del Open de Australia 2022, aquella final ante Daniil Medvedev. O a la final del último Roland Garros, entre Sinner y Alcaraz. Si es que parece que fue ayer. En cambio, si has renovado tu DNI más de seis veces, apuesto a que tu memoria destapará un archivo más antiguo, el de las semifinales del US Open 1975, lugar donde Manuel Orantes obró uno de esos milagros que permanecerán por siempre en los libros de historia del tenis. Lo hizo ante Guillermo Vilas, dándole la vuelta al siguiente marcador: 6-4, 6-1, 3-6, 5-0 y 15-40. Si no sabes de lo que hablo, quédate para descubrirlo. Si lo viviste en directo, sé que me acompañarás hasta la última línea.

Déjame primero que te ponga en contexto. Nacido en Granada pero criado en Barcelona, el mundo del tenis descubrió el talento de Orantes a finales de la década de los sesenta, aunque su irrupción definitiva no llegaría hasta Roland Garros 1974, su primera gran final, aquella en la que pasó de tener ganado a un jovencísimo Björn Borg a terminar cayendo de manera estrepitosa por una lesión de espalda (2-6, 6-7, 6-0, 6-1, 6-1). Maldita espalda, cuántos problemas le causó en su carrera. El marcador no engaña, el español se quedó a cero, viendo cómo su primer título de Grand Slam, en realidad acabó siendo el de Borg. ¿Volvería alguna vez a tener una oportunidad así de clara? Con 25 años lo normal era que sí, aunque sus siguientes experiencias le hicieron pensar que quizá no.

Manuel Orantes durante la temporada de 1975. Fuente: Getty

 

En el curso siguiente apostó por volver a saltarse el Open de Australia –solo lo jugó una vez, en 1968, donde llegó hasta cuartos– y centrarse únicamente en la tierra batida, disputando todos los torneos posibles para llegar rodado a París. ¡Y vaya si lo hizo! Tanto se rodó que llegó exhausto, perdiendo en primera ronda ante el italiano Antonio Zugarelli de forma clara (6-3, 6-0). Sus aspiraciones de repetir final en Roland Garros se esfumaron en la primera curva, pero por delante le quedaba todavía una ilusión. Tras una vida entera celebrándose el evento sobre hierba, el US Open tomó la decisión de mudar sus pistas aquel año a tierra batida, un experimento que no gustó a todo el mundo. Utilizarían la famosa tierra verde (Hard-Tru), un poco más rápida que la arcilla europea, aunque por televisión no se vería en color hasta dos años después. Manuel, experto en la materia, empezó a soñar con Nueva York durante meses, pensando que allí podía estar la cura a la herida sufrida en la capital francesa.

UNA TIERRA DIFERENTE

Su balance en la Gran Manzana era de 10-5, siendo su mejor marca los cuartos de final de 1971. Una estadística decente para tratarse de césped, pero el cambio de superficie cambiaría terminantemente sus expectativas. De los 15 títulos que poseía hasta el momento, 14 habían sido sobre polvo de ladrillo, siete de ellos en lo que iba de temporada. De repente, su nombre empezó a sonar con fuerza para la cita, subió puestos en las quinielas, y así lo ratificó durante las primeras rondas, hasta cruzarse en cuartos de final con Ilie Nastase. El rumano ya eran palabras mayores, doble campeón de Grand Slam y primer Nº1 de la historia del ranking ATP, aunque todos estos datos no le sirvieron de nada. “Uno de los mejores partidos de mi carrera”, aseguraría Orantes años después tras su triunfo en cuatro mangas (6-2, 6-4, 3-6, 6-3), Una tarde gloriosa que le permitió acceder a semifinales repleto de confianza y sin demasiado desgaste. ¿Y quién le esperaba en la penúltima ronda? Aquí empieza el salseo.

Guillermo Vilas era muchas cosas por aquel entonces. En el ranking, era el Nº3. En el cuadro, era el segundo favorito. En la calle, era uno de los mejores amigos de Orantes. Perdón, ¿he dicho amigo? Lo fueron en 1974, cuando empezaron a jugar juntos el dobles, con el español tutelando a un diamante por pulir que pudiera ir absorbiendo su experiencia en cada partido. El argentino no había roto todavía el cascarón, pero el título en el Masters al finalizar aquella temporada lo cambió todo. Cuentan que el de Mar del Plata alteró su carácter, se volvió reservado, algo engreído, agobiado por toda la expectativa que despertaba y endiosado por parte de un país que lo trataba como si fuera un rey. Esto provocó que la relación entre ambos se enfriara después de varios desplantes de Vilas, quien llegó a colmar el vaso en una rueda de prensa donde declaró que él, con quien realmente quería formar pareja, era con Borg. Esas palabras hicieron daño, se quedaron clavadas en las tripas de un Orantes que entendió que aquel Guillermo, ya no era su Guillermo.

En el US Open 1975 los papeles se habían cambiado, ahora Vilas era el referente, el mayor candidato al título solo por detrás de Jimmy Connors. El sudamericano, además, venía en dinámica ascendente tras alcanzar la última final de Roland Garros, donde de nuevo Borg dejaría su huella en la Philippe Chatrier. El H2H entre el argentino y el español señalaba un 6-5 favorable al segundo que, curiosamente, había empezado a ganarle más a menudo desde que su vínculo personal volara por los aires. “Ese año empecé a superar a Vilas con cierta facilidad. Le había ganado siempre en semifinales, tanto en Inglaterra, como en Roma e Indianápolis, esta última vez solo tres semanas antes del US Open. Ese año habíamos jugado tres partidos y no había perdido ningún set, es decir, que de inicio era él quien lo tenía peor”, reconoce el español en su autobiografía, herramienta sin la que hubiera sido imposible escribir esta pieza.

Manolo Orantes Guillermo Vilas, de amigos a enemigos. Fuente: Getty

 

Su único duelo en Grand Slam se había dado precisamente hace un año, en Roland Garros, donde el granadino levantó dos sets en contra (3-6, 3-6, 7-6, 6-3, 6-2) para colarse en los octavos de final. ¿Cuántas probabilidades había de que volviera a producirse la misma película en Forest Hills? Muy pocas, prácticamente ninguna, pero quiso el destino que ambos volvieran a figurar en un thriller de ciencia ficción, donde Orantes se disfrazó por segunda vez del mismísimo Houdini.

UNA REMONTADA DESDE EL CORAZÓN

Empecé bastante mal”, analiza Orantes en el libro escrito por Félix Sentmenat. “El primer ser fue muy igualado y cayó de su lado por un estrecho margen, pero es que en el segundo las cosas no mejoraron. Él se animó al verse por delante y yo no supe mantenerme en el partido. Vilas venía muy mentalizado y yo no supe dominar como solía hacer, no supe imponer mi ritmo. A él le gustaba jugar mucho de fondo, pelotear con largos intercambios, mientras que yo, como hacía con Borg, intentaba llevarlo hacia delante, le hacía dejadas para romperle el juego”, explica el ex Nº2 del mundo en clave táctica.

No era Vilas un perfil que te arrollara, que te aplastara con su agresividad. Era todavía peor. El argentino era un funcionario del tenis, un ‘profesional’ en mayúsculas. “Era como Borg, pero con menos juego, con menos nivel”, resume Orantes. Fueron los dos jugadores de la época que más contribuyeron a ese cambio de mentalidad, los dos que empezaron a jugar diferente, mostrándose más fuertes física y mentalmente. Los primeros en tomarse este deporte como lo más importante de su vida. La historia te enseñaba que al tenis se jugaba atacando, hasta que Borg y Vilas llegaron para inyectarle una actualización, para provocar una mutación. Entre los dos se encargaron de demostrar lo valioso que era contar también con una buena defensa, erigiendo los puentes hacia un juego más completo.

Así fue como ‘Willy’ fue desesperando a su oponente, ganando los dos primeros sets, perdiendo el tercero y quedándose a un suspiro de ganar el cuarto. ¡Hasta cinco bolas de partido se le presentaron! Cinco ocasiones en las que Orantes se asomó al abismo, sin saber que aquel 6 de septiembre iba a revivir una de las emociones más satisfactorias como deportista. La sensación de remontar un imposible, de ganarle un pulso al destino, de superarte a ti mismo. En definitiva, de sobrevivir cuando el león ya tiene tu cabeza dentro de su boca.

La mayor remontada de la historia de los Grand Slams. Fuente: Getty

 

“Los dos primeros match-balls, con el marcador en 6-4, 6-1, 2-6, 5-0 y 15-40, fueron dos puntos muy buenos. Recuerdo que en el primero le sorprendí subiendo a la red con el segundo servicio y, como no se lo esperaba, pude acabar el punto con una volea sencilla. En el segundo match-ball también finalicé el punto en la red. Y aún tuvo otro más en ese juego del 5-0, que salvé con un smash. En el siguiente juego tuvo otros dos puntos de partido, sacando él. Uno lo gané con una dejada y otro con un approach a la línea. La mayoría de los cinco match-balls fueron puntos muy disputados y los jugué muy bien, asumiendo riesgos y siendo valiente. Se los gané y eso me animó para decirme: ‘Te voy a hacer trabajar’. Y en efecto, le remonté ese cuarto set desde el 0-5 hasta el 7-5”, relata el campeón de 34 títulos individuales, que acabó volteando el luminoso 4-6, 1-6, 6-2, 7-5 y 6-4.

EL FIN DE UNA AMISTAD

Nuestro Manuel había llegado a tal punto de irritación que se olvidó del marcador, prefirió centrarse solamente en disfrutar, en saborear los pocos minutos que pudieran quedarle al encuentro. Podía haber bajado los brazos, irse al vestuario y pensar en el vuelo de vuelta a casa, pero aquel último esfuerzo podía merecer la pena. Por su parte, Vilas se fue apagando con el paso de cada juego, hasta quedar fundido a negro. Colapsó anímicamente, se le hizo de noche ante la impotencia de haberse visto en la red dándole la mano al español. Él también se olvidó del marcador, de que seguía estando tremendamente cerca del objetivo, de su primera final en Nueva York, pero aquella noche la psicología no estuvo de su parte. Teniendo en cuenta la manera tan ingrata en la que el sudamericano había ninguneado al granadino públicamente, aquella remontada prometía ser doblemente dulce.

Empezó a hacer cosas que a mí no me gustaron”, cuenta Orantes sobre cómo se fraguó aquella enemistad meses atrás. “En 1975, cuando volvimos a vernos, la relación ya fue diferente, más distante. Todo lo que había pasado hacía que le tuviera más ganas dentro de la pista. Por eso en la semifinal, cuando iba 5-0 abajo en el cuarto set, me seguí agarrando.  A lo mejor, si hubiera sido contra otra persona hubiera claudicado, pero no contra él. Desde entonces, todos los partidos que jugué contra Guillermo fueron muy intensos para mí. Cuando una persona no me caía bien, me agarraba más al partido. En cambio, perder con un amigo, como me pasó una vez en Roma con Nastase, no me importaba tanto”, añade el zurdo.

A todo esto, Jimmy Connors había derrotado a Björn Borg en la primera semifinal (7-5, 7-5, 7-5) para estirar el ‘peak’ de su carrera. El estadounidense no solo era el vigente campeón del torneo, es que había llegado a la final de los seis últimos Grand Slams disputados. Iba tan sobrado que durante una época descartó participar en Roland Garros, centrándose sobre todo en Londres y Nueva York. Todo el mundo tenía claro quién era el favorito el domingo, aún así, el estadio estuvo a rebosar en la segunda semifinal, aunque solo fuera por resolver el misterio de quién sería derrotado por Jimbo al día siguiente.

Fueron casi cuatro horas de batalla, acabando más allá de la medianoche, beneficiándose de que justo aquel año se estrenó la luz eléctrica que permitía jugar de noche, aunque nada pudieron hacer con la lluvia que apareció al final del cuarto set. Este parón provocó que más de uno y más de dos se bajaran del barco y se marcharan a casa. Tan tarde terminó la velada que muchos medios de comunicación dieron por hecho al ganador, anunciando para el día siguiente la final Connors-Vilas. Así funcionaba el mundo antes de las redes sociales, quién pudiera dar marcha atrás. Al día siguiente, se podrán imaginar la cara de más de uno cuando entró al estadio y se encontró allí a Don Manuel, que de argentino tenía poco.

La época en la que Manuel Orantes y Guillermo Vilas fueron amigos. Fuente: Getty

 

El partido estuvo considerado el mejor comeback o remontada hasta ese momento”, subraya Orantes, orgulloso protagonista de un relato que nunca se cansa de rememorar. “Lo pasaban en las escuelas de tenis de Estados Unidos para enseñar a los niños un ejemplo de fe y capacidad de lucha ante la adversidad, teniendo en cuenta además que fue en un escenario tan importante como unas semifinales del US Open”, asume el español, que nunca más en su carrera volvería a pisar una semifinal de Grand Slam.

LA OTRA CARA DE LA HISTORIA

Un artículo como este no podía desatender la otra versión de los hechos, que también la hubo. “En mitad del tercer set, pisé mal y me desgarré, pero seguí jugando”, sorprendió Guillermo en declaraciones post-partido. "Orantes me tiraba dejadas y globos, mientras que yo estaba continuamente de atrás para delante, todo lo que podía correr. Lo que no podía era mover la pierna izquierda de costado, así que me empezó a mover hasta que el desgarro se me fue abriendo más. Llegué hasta el 5-0, donde tuve un remate muy bueno que lo jugué al lado equivocado. Hice otro remate más, seguí el punto, pero lo perdí. Esa fue la única oportunidad que tuve de estar cerca de la victoria. Después, en el 5-1, 5-2, 5-3 o 5-4, lo máximo que recuerdo es haber estado 30-15 en algún juego, pero la realidad es que ya estaba perdido”.

La gente presente en el estadio no se ajusta en absoluto a esta versión del marplatense, a quien le pesó demasiado caer de aquella manera frente su ex compañero. Estaba todo demasiado reciente, una rivalidad infectada desde fuera, dos amigos, que ya no lo eran, luchando por acceder a la final de un Grand Slam. ¿A quién de los dos creemos? Escuchamos la réplica de Orantes a estas últimas palabras: “Sé que él hizo unas declaraciones diciendo que se había roto en la pista, estaba en su derecho de decir que estaba lesionado, con razón, pero siempre y cuando hubiera perdido el último set por 6-0 o 6-1 […] Sin embargo, fue 6-4. ¿No estaba tan lesionado?”, tiró con ironía. Vilas podría haber elegido la nobleza al orgullo, aceptar aquella catastrófica derrota, pero como bien explica el español, justo arrancaba una época en la que el argentino sufría cuando no salía en medio de la fotografía.

Manuel Orantes posa con su título de campeón del US Open 1975. Fuente: GB Tennis Museum

 

Guillermo tendría que esperar todavía un par de temporadas para levantar su primer major, mientras que Orantes zanjaría aquel asunto en 24 horas, derrotando en sets corridos a Connors (6-4, 6-3, 6-3) para convertirse, diez años después de Manolo Santana, en el segundo tenista español que salía campeón del US Open. Su primer y único Grand Slam llegaba en tierra batida –cómo no– tumbando al número uno mundial que, además de jugar en casa, era el defensor del título. No se podía pedir más.

Bueno sí, un texto como este para que, 50 años después, sigamos homenajeando al gran Manuel Orantes por una hazaña que, posiblemente, nunca volvamos a ver.