El día que cambió la historia del tenis

Se cumplen 28 años del apuñalamiento de Monica Seles en el torneo de Hamburgo. Tenía 19 años, era Nº1 del mundo y había ganado ocho Grand Slams. 

Monica Seles, durante un descanso. Fuente: Getty
Monica Seles, durante un descanso. Fuente: Getty

De todas las especulaciones que se puedan generar dentro del mundo del tenis, hay una que quedará por siempre grabada en nuestros corazones. ¿Hasta dónde hubiera llegado Monica Seles? Los más veteranos ya sabéis de lo que hablo; para los más jóvenes, hoy toca clase de historia. Año 1993, torneo de Hamburgo, la gira de tierra batida avanza y una niña de 19 años gobierna con mano de hierro el circuito profesional. Apenas lleva cinco temporadas en la élite, pero ya cuenta con 32 títulos: ocho de Grand Slam y tres WTA Finals. Obviamente, todos estos éxitos la habían convertido en Nº1 del mundo, desplazando de la cima a Steffi Graf, reina absoluta hasta su llegada. El vestuario había cambiado de dueña, un giro insoportable para los fanáticos de la alemana. Sobre todo para uno, Günter Parche. El hombre que apuñalaría a Seles en pleno partido esa misma semana, cambiando para siempre el rumbo de la historia del tenis.

Hoy se cumplen 28 años del suceso más desagradable que se recuerda dentro de una pista de tenis. El día que un tarado mental frenó en seco el ascenso de una jugadora sin límites. Aquella temporada, después de levantar su tercer Open de Australia (ante Graf en la final), la balcánica decidió darse un respiro y recortar su calendario. Hamburgo, de hecho, apenas era su cuarto torneo del curso, pero era tal la diferencia de puntos con sus rivales que no hacía falta un mayor desgaste. Allí, en la casa de su máxima rival, superó fácilmente los dos primeros compromisos, citándose en tercera ronda con Magdalena Maleeva. Seles estaba en un momento dulce, disfrutando con su familia a lo largo del tour, había dejado atrás su último año como teenager y ahora estaba aprendiendo a disfrutar de la competición. Era la Nº1 mundial desde septiembre de 1991 y esa superioridad se multiplicaba a cada calendario que pasaba. Pero todo iba a cambiar en aquel encuentro.

“El 30 de abril de 1993 fue un día soleado con cierto escalofrío en el aire”, comenta Seles en su autobiografía, la fuente principal de todo lo contado en este artículo. “Recuerdo que era viernes y el marcador iba a mi favor 6-4 y 4-3, estábamos en mitad de un descanso. Recuerdo estar allí sentada, con la toalla, pensando una sola cosa: ‘Solo dos juegos más’. Entonces me incliné para beber un poco de agua, tenía la boca seca. ‘Me bebo esto rápido y a cerrar el partido’. Es curioso cómo una cosa tan pequeña puede tener un impacto tan grande en tu vida, aunque esto no lo pensé hasta muchos días después. Los doctores me dijeron que, si no me hubiera inclinado en ese preciso instante, hubiera habido altas posibilidades de haberme quedado paralizada. De repente, justo en el momento en el que mis labios tocaron el agua, sentí un terrible dolor en la espalda”.

Así empieza una narración cargada de momentos y detalles muy desagradables, tan íntimos que hasta causa conmoción seguir leyendo. “Mi cabeza se giró rápidamente buscando el foco de aquel dolor y allí encontré a un hombre con un gorra de baseball y una sonrisa burlona. Sus brazos estaban por encima de su cabeza y sus manos agarraban un cuchillo enorme. Entonces se abalanzó sobre mí. No entendía qué estaba pasando, durante un par de segundos me senté en mi silla, totalmente petrificada, mientras dos personas devolvieron al hombre de un empujón a la grada. Había hundido el cuchillo unos 4cm en mi espalda, en la parte superior izquierda, a unos milímetros de la columna vertebral. Me caí de la silla, retrocedí un par de pasos y me desplomé en las manos de un hombre que había entrado en la pista para ayudarme”, describe la víctima.

“Justamente, ese día mis padres se habían quedado en el hotel, así que me puse a buscar a alguien que conociera. Zoltan (su hermano) y Madeleine (una entrenadora del circuito) se quedaron conmigo por un instante. Escuché a gente gritando, pidiendo ayuda, llamando a los sanitarios, era todo un caos. Estaba en shock, pero recuerdo un pensamiento que me vino rápidamente a la cabeza: ‘¿Por qué?’. Había sido apuñalada. En una pista de tenis. Delante de 10.000 personas. Lo que más me suele preguntar la gente es: ¿Te dolió? La respuesta es sí, mucho. Fue peor que cualquier dolor que podáis imaginar. Una vez entendí lo que había pasado, entré en estado de shock, una reacción automática del cuerpo para defenderse de aquella sensación. Era demasiado complejo procesar de golpe aquel dolor físico y aquella confusión mental. Durante el camino en ambulancia, con mi hermano a mi lado agarrándome la mano, aquel dolor me protegió de ver cómo mi mundo se desmoronaba por completo. Eso ya vendría luego”, evalúa nuestra protagonista.

La tragedia continúa en el hospital

El partido, obviamente, lo ganó Maleeva, aunque lo más importante en ese momento era la salud de Seles. “La estancia en el hospital estuvo marcada por un tráfico constante de policías y doctores. No entendía ni una sola palabra de alemán y desconocía la gravedad de mi herida. La escena era demasiado violenta y se estaba convirtiendo en una pesadilla publicitaria para el torneo. La mañana del domingo, dos días después de la agresión, Steffi vino a visitarme al hospital”, continúa la de Novi Gad en su relato.

"Por aquel entonces, todo el mundo sabía que el atacante era un fanático trastornado que quería que Steffi regresara de nuevo a lo más alto del ranking. Nuestra conversación solo duró unos minutos, ya que ella tenía que irse para jugar la final. Estaba confusa, ¿en serio el torneo todavía estaba en marcha, como si nada hubiera pasado? Estuve en una burbuja de dolor durante dos días, ahí perdí la noción del tiempo, pero di por hecho que el torneo habría sido cancelado. La organización, en cambio, pensó diferente. Esto fue una dura lección que me ayudó a entender la parte comercial del tenis, donde lo más importante es hacer dinero, por encima de todo lo demás”, valora con desconsuelo.

“Después de marcharse Steffi, dos policías entraron en mi habitación, uno de ellos con bolsas de plástico. ‘Tenemos una prueba que necesitamos que identifiques’, me dijo el hombre. Yo no dije nada, estaba demasiado abrumada para entender qué querían de mí. No quería ver nada relacionado con lo sucedido en la pista, no podía hablar. Me quedé mirando al otro policía mientras abría una de las bolsas y sacaba la falda que había llevado en el partido, blanca y rosa. Estaba rasgada y cubierta de sangre. Sentí que iba a vomitar. ‘¿Esto es tuyo?’, preguntó el segundo policía. Asentí con la cabeza.

El oficial abrió una segunda bolsa y sacó un cuchillo largo y encorvado. Conocía perfectamente ese cuchillo, la última vez que lo había visto estaba justo encima de mi cabeza. Se me llenó la boca de saliva y tuve que tragar fuertemente para evitar una arcada. ‘¿Es este el cuchillo que usó el agresor?’, insistieron. Había rastros de sangre seca en los bordes del filo. Asentí rápidamente y me quedé mirando un punto fijo en la pared, mientras ellos recogían todo antes de irse. Tan pronto como cerraron la puerta, cogí un bol de plástico que tenía cerca de la cama y vomité”.

Rehabilitación física y mental

De repente, aquel cuento de hadas se había convertido en una pesadilla, pero no había tiempo de reflexión, tocaba pasar página y preparar su vuelta al circuito. “Mi representante voló hasta Hamburgo para hacerse cargo de la tormenta mediática. El primer paso fue llevarme de vuelta a Estados Unidos, necesitaba un lugar seguro para recomponerme, un lugar donde asimilar la gravedad de aquel suceso. Ese mismo domingo, dos días después del ataque, estaba en un avión de vuelta a Colorado, rumbo a la clínica donde ya habían resuelto mis calambres en las piernas en 1991. Gente de confianza, ellos eran la opción correcta. Me habían atacado con un cuchillo de 22 centímetros, me habían dañado los músculos y los tendones que rodeaban el omoplato izquierdo, pero los médicos dijeron que podría recuperarme si seguía sus instrucciones.

  • Nada de actividad en cinco semanas, el hombro tenía que estar inmovilizado.
  • Tres semanas después, ellos me daría un plan rehabilitación para que el hombro volviera a estar fuerte y ágil.
  • Si todo iba bien, quizá podría volver en el US Open, aunque no sería buena idea disputar el torneo sin ninguna preparación.

Pero la mejor tenista del mundo ahora estaba lejos de la acción, dándole vueltas a qué iba a pasar con su carrera y con su estatus. Eso sí, una cosa tenía clara. “Me fui siendo la número 1 del mundo y no iba a aceptar volver al circuito sin seguir siéndolo, no estaba dispuesta a perder en una primera ronda. Sin embargo, con el paso de los días, descubrí que tomarme unas semanas de acondicionamiento estaba afectando de manera drástica a mi juego, además de haber perdido varios meses de entrenamiento. Todo esto supuso un peaje insalvable para mí. Si llegaba a tiempo para el US Open, genial. Si no, al menos, podría estar de vuelta a finales de año”.

Su ranking, en manos de sus rivales

Mientras Monica avanzaba con su evolución, el circuito se vio obligado a tomar una decisión histórica respecto a la serbia. Era el momento de que hablaran sus rivales. "En aquellas fechas hubo una reunión en Roma donde estuvieron 17 de las 25 mejores jugadoras del circuito. Allí se votó si había que congelar o no mi ranking durante mi recuperación, aunque nadie sabía lo que podría durar. ¿Dos semanas? ¿Dos meses? ¿Dos años? Todas las jugadoras votaron por su propio beneficio, excepto Gabriela Sabatini, que se abstuvo. El resto, votaron en contra. Me dolió mucho cuando me enteré, aunque desde un punto de vista comercial, tampoco me sorprendió. Subir una simple posición en el ranking significa más dinero y nuevos sponsors, así que la gente ganaría más dinero estando yo fuera. De hecho, un sponsor que estaba a punto de cerrar antes de la agresión, me dejó tirada y se fue con Steffi. Fue la misma decepción que cuando me enteré que no se había cancelado el torneo, todo era un negocio, pero era difícil asimilarlo cuando la herida de mi espalda todavía estaba reciente”, argumenta la mujer que vio a Graf recuperar el Nº1 mundial apenas un meses después.

El deseo de Günter Parche

¿Y qué pasó con el agresor? ¿Qué sabemos de Günter Parche? Lo sabemos todo, pero mejor que lo cuente Monica. “Era un desempleado alemán de 38 años que estaba obsesionado con Graf. Le enviaba cartas y sobres con dinero, diciéndole que se comprara ella misma un regalo de cumpleaños. Al final de cada carta, escribía: ‘Amigos para siempre’. Tenía toda su habitación repleta de pósters. Me contaron que en 1990, cuando le gané a Steffi en Berlín, mi victoria le enfureció tanto que empezó a seguir cada paso que daba en mi carrera. Cuando conseguí desbancar a Steffi de lo más alto del ranking, su obsesión se multiplicó. Después de una evaluación psiquiátrica, el paciente afirmó que quería “enseñarle una lección a Monica Seles. Quería desesperadamente que Steffi volviera al Nº1, afirmando que Monica no era “tan guapa” y que además “estaba en los huesos”. Su objetivo en la vida pasó a ser quitarme de en medio y en Hamburgo lo cumplió. Sin embargo, siempre tuve fe en que la justicia alemana hiciera su trabajo sin que yo interviniera”, apunta la zurda, quien más tarde tendría que aceptar el horror de ver a Parche librarse de la condena, diagnosticado con enajenación mental y puesto en libertad.

Pero todavía quedaba algo. Dos semanas después de la agresión llegaría un nuevo revés en la vida de Seles. Su padre, Karolj, cayó enfermo. Tras hacerse las pruebas pertinentes, los médicos no trajeron buenas noticias: cáncer de próstata. Ahí es cuando Monica empieza a recorrer una travesía donde la ansiedad y la amargura se apoderan de ella. Mientras tanto, su trono en Roland Garros (donde llevaba ganando tres años seguidos) ya había pasado a manos de Graf. “Cuando vi a Steffi levantar el título no podía parar de pensar: ‘Esa tendría que ser yo’. Un mes después, también estaba levantando el título en Wimbledon. ‘Lo ha hecho, Günter ha conseguido su deseo’. Steffi estaba de vuelta en el Nº1 y yo apenas podía subir mi brazo por encima del hombro”.

El desamparo de la serbia ya no tenía consuelo. “Durante dos meses estuve canalizando mi frustración gracias a la terapia física, utilizado la misma energía que usaba en mis partidos. En agosto pensé que estaría lista para volver, pero ver lo sucedido en los dos últimos Grand Slams fue insoportable. Desde entonces, no había vuelto a tener noticias de ninguna jugadora. Sabía que el tenis era un negocio, pero dolía igualmente. Era como si yo no existiera, como si el ataque nunca hubiera sucedido. Había pasado de estar en primera línea a ser invisible, de ganar Grand Slams a sufrir para golpear la bola. En lugar de sentirme motivada, empecé a sentirme apática. De repente, vi como todo ese impulso interno, tan característico a lo largo de mi carrera, empezaba a desaparecer”, subraya con tristeza.

¿Y si ya no quiero volver a jugar?

Después del daño físico, ahora tocaba sufrir el verdadero dolor, el psicológico. Un deterioro interno que acabaría destruyendo las fortalezas de una mujer incomparable, casi imbatible sobre la pista. “Nunca en mi vida había buscado una excusa para no jugar al tenis, tampoco para entrenar, pero desde ese momento empecé a hacerlo. Incluso diez minutos de calentamiento suponían una tortura, no entendía por qué. Tenía un problema que no podría diagnosticar ningún escáner: la oscuridad se había instalado en mi cabeza y allí se iba a quedar durante un tiempo. No importaba cuántas veces lo pensara, no era capaz de encontrar el lado positivo de todo aquello. ¿Podría volver a jugar de nuevo? Fenomenal. Solo que igual ya no quería volver a hacerlo. Todavía estaba sobrecogida, esperando despertarme en cualquier momento y que todo fuera una pesadilla. En ese momento saldría de la cama, bajaría a la cocina y allí estaría mi padre, totalmente saludable, leyendo el periódico y tomando un café”, soñaba en silencio la de Novi Sad.

“La vida que tenía antes había dejado de existir, no podía ver más allá de mañana, ni siquiera un plan de cuatro meses para volver a la pista. En esas fechas empecé a llorar mucho. Mis terapeutas me recomendaron que me tratara psicológicamente, así que acudí a un nuevo especialista. Nunca había tratado con este tipo de terapeuta, estaba muy nerviosa, pero sabía perfectamente que no estaba bien. Abrirme con mis familiares ya era lo suficientemente duro, así que hacerlo con un completo desconocido suponía un reto para el que no estaba preparada”, expone Seles sobre este desafío emocional.

“Dos semanas después regresé a Vail, pero seguía evitando los entrenamientos. Lo único que me motivaba era irme a caminar por el bosque con mi perro, en completo silencio, eso era lo único que me calmaba. Con solo 19 años me estaba enfrentando a una hipotética vida donde no hubiera tenis. ¿Qué pasaría si no fuera capaz de volver a competir? El tenis había sido mi vida desde los seis años, tenía miedo de perder mi identidad sin una raqueta en la mano. ¿Quién sería yo sin el tenis?”.

Monica Seles no volvería al circuito profesional hasta agosto de 1995, cuando por fin enterró sus fantasmas. Lo hizo en el torneo de Montreal, donde salió campeona cediendo 14 juegos en cinco partidos. Un regreso tan esperado como brillante, pero fue un espejismo. La serbia luchó hasta el día de su retirada (junio 2003) por recuperar su mejor versión, pero fue imposible. La pérdida de su padre, el desorden alimenticio, la ansiedad por los resultados y la inseguridad originada tras aquel trauma solo le permitieron ganar un Grand Slam más, el Open de Australia de 1996. Steffi Graf, por cierto, aprovechó sus dos años de ausencia para levantar seis nuevos majors. Y los que le quedaban. ¿Saben cuántos ganó la alemana desde abril de 1990 hasta abril de 1993? Tan solo dos.

Nunca sabremos qué le tendría deparado el futuro a Seles, de lo que no tenemos dudas es que un demente le arrebató el presente. Casi tres décadas después, ya nacionalizada como estadounidense, Monica vuelve a aquel banquillo de Hamburgo cada vez que el calendario le muestra un nuevo 30 de abril. “Sinceramente, nunca sé cómo tratar con esta parte”, confiesa en sus memorias. “No es fácil, no existe una manera aséptica de explicarlo. Fue un capítulo tan traumático, impactante y violento que, todavía a día de hoy, cada vez que lo cuento me refiero a él como si le hubiera pasado a otra persona. He visto a mucha gente incómoda por no saber tratarlo, por no saber qué responderme, aunque no hay mucho que decir: fue lo más horrible que me pasó en la vida. Algo que, irrevocablemente, cambió el curso de mi carrera y dejó dañada mi mente. La muestra de que una fracción de segundo puede cambiarte como persona para siempre”.

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