La historia de Monica Seles estuvo marcada desde un inicio por los números. Su trayectoria siempre estuvo ligada a un registro de precocidad, a una edad demasiado inmadura, a un titular que solía empezar con: ‘Monica Seles, la jugadora más joven de la historia en… (a rellenar)’. Semana a semana, la tenista serbia con pasaporte estadounidense iba arañando récords siendo todavía una niña. Un éxito sin precedentes que parecía imparable, hasta que aquel desgraciado episodio en Hamburgo, cuando apenas tenía 19 años, le cortó las alas. Pero esa es otra historia, antes de aquello ya le había dado tiempo a vivir cientos de experiencias, todas ellas relatadas con detalle en Getting a Grip, su libro autobiográfico. Hoy nos detendremos en su temporada 1991, posiblemente, la de mayor aprendizaje de toda su carrera.
Por si alguno todavía no se ubica en esta historia, es de justicia recordar que la senda de Monica Seles en el circuito arranca en 1988, donde disputa sus tres primeros cuadros finales con apenas 14 años. En 1989 su carné de identidad suma un año más, pero sobre la pista el salto es mucho mayor: diez torneos repartidos en dos octavos de final, dos cuartos de final, tres semifinales, dos finales y un título. En Roland Garros, el primer Grand Slam de su carrera, se queda a un paso de la lucha por el título tras perder en tres mangas con Steffi Graf, la número 1 del mundo. Una nueva niña prodigio estaba en camino. Doce meses más tarde, ya en la final, Seles se vengaría de la alemana convirtiéndose en la jugadora más joven de la Era Open en conquistar el torneo parisino. Tenía 16 años, era la Nº3 mundial y contaba ya con victorias sobre Mcneil, Maleeva, Evert, Garrison, Arantxa, Mandlikova, Conchita, Capriati o la misma Graf. El futuro era suyo.
Puesto el contexto, ahora sí nos vamos hasta 1991, de nuevo al mes de junio, donde Monica revalida su corona en París, aunque esta vez las emociones son muy distintas. El calendario anterior lo cierra levantando el título en las WTA Finals y el nuevo año lo inicia conquistando por primera vez el Open de Australia. Desde ese momento, todo lo que toca lo convierte en oro, no hay manera de verla perder antes de una final, hasta que llega Roland Garros y, esta vez sin Graf en su camino, tumba a Conchita, Sabatini y Arantxa para defender su corona. El diamante de Novi Sad tiene 17 años, tres Grand Slams en la maleta y lleva desde marzo siendo la Nº1 del circuito. Tan repentina es la explosión que el cuerpo lo paga y una pequeña lesión le obliga a perderse Wimbledon, aunque por dentro ya empezaban a nacer sentimientos de grandeza, el pensamiento de estar convirtiéndose en alguien importante.
“Entre las sesiones de fotos para revistas, contratos comerciales de grandes cantidades de dinero y anuncios para la televisión, empecé a desarrollar un desagradable hinchazón de ego que no paraba de multiplicarse. La fama y el dinero en una niña de 17 años puede acabar desembocando en un comportamiento odioso donde te crees más importante de lo que eres. Mi caso no fue una excepción”, explica Seles en su libro, admitiendo no estar preparada para tantos focos y tanto aplauso. Al menos, no en eso momento. Pero esta reflexión no llegó hasta muchos años después, en aquel instante el cuerpo le pedía fama, protagonismo, independencia. “Pese a que mis padres habían hecho un gran trabajo manteniéndome siempre los pies en el suelo, su estilo de vida no podía competir con todos esos momentos de brillo y glamour que me acompañaban cada día. Sin quererlo, había pasado de ser una niña a ser ser una celebridad en un mundo de adultos”, confiesa la mujer que en sus días libres viajaba a Montecarlo a pelotear con Pierce Brosnan o Regis Philbin.
“Vivir en un atmósfera donde todo el mundo tiene éxito y está forrado de dinero empezó a generar una serie de malos hábitos en mí. Me convertí en ese tipo de persona que tenía lo que quería, cuando lo quería”, sostiene Monica, recordando esa etapa de su carrera de la que no se siente muy orgullosa. El tenis seguía siendo lo más importante, pero la fama le invitaba también a abrirse camino en otros ámbitos. Ese verano de 1991, justo después de recuperarse de una lesión, firmó jugar una exhibición en Nueva Jersey para probarse, el examen perfecto antes de volver al circuito. Días antes de aquello se enteró que los Guns N’ Roses venían a tocar a la ciudad. ¡Los putos Guns N’ Roses! ¿Habría posibilidades de acudir al concierto? Un telefonazo a su agente, Tony Godsick (el agente de Roger Federer en la actualidad), le dio la respuesta. “¿Entradas para el concierto? ¡Claro! Me muero por estar allí, estate preparada a las 21:00”.
Cuenta la balcánica que aquel concierto fue espectacular, pero lo realmente increíble era esa sensación de tenerlo todo al alcance de la mano. Tras la última canción, Seles tuvo el privilegio de adentrarse en el camerino del grupo y allí vio la otra cara del éxito. Una sala repleta de mujeres, alcohol y celebridades. Elle Macpherson, por ejemplo, era otra de las que no se perdía un bautizo. Pero el objetivo de Monica era otro, su sueño era llegar hasta Axl Rose y compartir aunque fueran dos palabras con el líder de la banda. Pues con Axl Rose se tiró hasta las 03:00 de la mañana hablando de tenis. Aquello estaba siendo tan dulce como levantar un Grand Slam, hasta que miró el reloj y recordó las responsabilidades que le esperaban en unas horas.
“Al día siguiente tenía aquel partido de exhibición y sabía que no podría ganarlo sin dormir. Oh bueno, ¿quién sabe? Una noche es una noche. ¡Tengo 17 años! Debo permitirme pasarlo bien de vez en cuando. Sin embargo, el pensamiento de que estaba haciendo algo incorrecto pesaba más. Además, de todo lo que vi aquella noche, no sé cuántas cosas eran realmente divertidas y cuántas me convencí a mí misma de que lo eran. Veía a todas aquellas personas pasándoselo como nunca y, por desgracia, yo no era capaz de sentir lo mismo”, rememora la campeona nacida hace 46 años.

Seles vivía en una nube. Dentro de la pista se sentía invencible y fuera de ella se rodeaba de lo mejor de cada casa, no se perdía un espectáculo y su nombre ya era todo un referente del programa diurno y nocturno. El siguiente paso estaba claro, aunque fuera doloroso. Se armó de valor, levantó el teléfono y le comunicó a su padre y a su hermano aquello que jamás hubiera pensado decir: “Me gustaría empezar a viajar sola a los torneos”. Monica pensaba que ya conocía todo de la vida, que ya no le hacía falta tener a su familia cerca, con un hitting-partner era más que suficiente. Y hablando de tenis, ¿qué le iban a enseñar a estas alturas? Tras quedarse sola, a finales de julio volvió a competir, en San Diego, donde pierde la final ante Capriati, una jugadora que nunca le había vencido. El próximo torneo era en Los Ángeles, coincidiendo esa misma semana con un concierto de Prince, justo el día previo a las semifinales. ¿Merecía la pena correr el riesgo?
“Superé las tres primeras rondas sin perder un set, así que decidí ir al concierto pensando que no había nada de lo que preocuparme. Podía levantarme tarde, practicaría algunos tiros y seguiría siendo la Nº1 del mundo”, pensó en aquel mes de agosto de 1991. Lo cierto es que el concierto no estuvo mal, pero no tuvo nada que ver con lo vivido días atrás con los Guns N’ Roses. Eso sí, volver a casa de madrugada era innegociable, momento donde lo último en lo que piensas es que en unos horas te espera en pista Arantxa Sánchez Vicario para explicarte lo importante que es el descanso en la vida del deportista de élite.
Aunque cueste creerlo, ese partido también lo ganó Seles, que se vio obligada a remontar a la española en tres mangas (6-7, 6-4, 6-4). En las páginas del libro, la yugoslava reconoce que acabó destrozada de aquel compromiso, que las piernas le fallaron en el tercer set, que echó en falta las horas de sueño. Un día después, en la final ante Kimiko Date, Monica llegó con la lección aprendida y los deberes hechos. Arrasó a la japonesa por 6-3, 6-1 y encargó el 15º título de su carrera. “En aquel momento, justo cuando levantaba el trofeo, decidí que iba a dedicarme en cuerpo y alma a este deporte. El 100% de mi tiempo sería para el tenis, no el 50% para ser tenista y el otro 50% para ser popular. Ahí descubrí la gran diferencia que existe entre ser famoso y ser una celebridad. Lo primero te venía con el éxito, lo segundo podías elegirlo”.
Finalmente, Monica Seles entendió de qué iba todo esto. Y no, no consistía en salir en todas las portadas, sino en estar bien rodeada en cada fotografía. Tras aquel torneo, volvió a casa y lo primero que hizo fue llamar a su familia, les pidió que volvieran, igual que había hecho con tan solo 13 años cuando estuvo siete meses sola en la Academia de Nick Bolletieri. “Por favor, acompañadme en el próximo US Open”. Así lo hicieron y así se coronó por primera vez en Nueva York, ganando los tres Grand Slams que disputó esa temporada.
En noviembre, con su segundo trofeo como maestra bajo el brazo, cerraría 1991 con 11 títulos en 16 torneos disputados. En los otros cinco, hizo final. Con 17 años, a la oriunda de Novi Sad todavía le faltaba sufrir el ataque de un enfermo en Hamburgo, sentir el desamor por el tenis, padecer un prolongado desorden alimenticio y convivir con una autoexigencia que nunca dio resultados. Sin embargo, en ese momento entendió perfectamente el camino que debía recorrer una Nº1, los requisitos que debía cumplir para ser la mejor de todos los tiempos. Una lástima que el destino no le dejara cumplirlo.

