El abismo de Jelena Dokic

La ex jugadora australiana vivió en Melbourne el momento más duro de su carrera profesional. No curaría aquella herida hasta pasar ocho temporadas.

Fernando Murciego | 31 Jan 2026 | 05.31
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Jelena Dokic y su tensa relación con el público australiano. Fuente: Getty
Jelena Dokic y su tensa relación con el público australiano. Fuente: Getty

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Jelena Dokic, qué historia. No sé ni por dónde empezar. Un talento único atrapado por la maldad de su padre y olvidada por un circuito que no encontró la manera de salvarla. Australiana de adopción, un país donde fue acogida, fulminada y, posteriormente, perdonada.

No puedo evitar una sonrisa cada vez que veo a Jelena Dokic realizar las entrevistas a pie de pista en este Open de Australia 2026. Radiante, atrevida, cercana, bella por dentro y por fuera. Si no conoces su historia quizá sientas indiferencia, una emoción que apartarás de inmediato si continúas leyendo estas líneas. ¿Quién fue Jelena Dokic? Dentro de la pista, una top5 mundial que tocó techo alcanzando las semifinales en Wimbledon. Fuera de la pista, una niña destinada a los infiernos por culpa de un padre que jamás la supo amar. Su caída e insurrección tuvieron lugar en la misma ciudad: Melbourne. Pero antes dejadme que os ponga en contexto.

Nacida en Osijek en abril de 1983, a Jelena Dokic le cambia la vida a partir de los 6 años, cuando su familia huye del país debido a la guerra. A esa edad conoció los dos elementos que le iban a acompañar hasta ser mayor de edad: el tenis y el maltrato. Damir Dokic –el villano de esta película– siempre pensó que la mano dura sería clave para el correcto desarrollo de su hija mayor, propinándole abusos a diario, tanto de tipo físico como psicológico. Así es como una persona se acostumbra a vivir con miedo. En junio de 1994 se mudan a Australia como refugiados, donde la niña carga con la responsabilidad de sacarles de la pobreza. En el caso de no rayar la perfección en cada entrenamiento, el borracho de Damir no dudará en humillarla públicamente para luego golpearla en privado. Si el planteamiento os parece duro, os recomiendo leerlo de su puño y letra en su autobiografía.

Jelena Dokic junto a su padre, Damir Dokic. Fuente: Getty

 

Ojalá hubiera sido una negada para el deporte, pero Jelena tuvo tanta mala suerte que nació para ser una estrella. Con 15 años ya era la Nº1 del mundo junior, un logro que la empujó a hacerse profesional. Mientras ella ganaba partidos, su padre ganaba dinero. Así arrancó un viaje de oscuridad y dolor que Jelena cuenta de manera desgarradora en sus memorias (Unbreakable), una obra tan cruda que te atrapa y no te deja respirar. Sin embargo, hoy solo quisiera explorar lo que sucedió en el año 2001, cuando una serie de acontecimientos provocaron que se colmara el vaso.

ENTRE SERBIA Y AUSTRALIA

Nacionalizada australiana desde 1998, el futuro de Dokic nunca dependió de la bandera que llevara tras su nombre, sino del hombre que llevaba detrás de ella. Su padre, un animal indeseable, era un imán para los problemas, habilidad que rápidamente hizo saltar las alarmas dentro del circuito. Su expulsión en el US Open del año 2000 por abuso verbal provocó que la tinta corriera como nunca en su contra, multiplicando una lista de enemigos que ya de por sí era amplia. Australian Tennis Magazine, revista referente en la nación, sugirió que necesitaba asesoramiento psicológico tras confirmarse su expulsión del circuito por seis meses. Damir se puso furioso, pero emprender acciones legales era poco para él. “O el editor de la revista se disculpa, o nos vamos de vuelta a Yugoslavia”, amenazó públicamente. “Todos están en mi contra, también en contra de mi hija. Toda Australia es racista, siempre nos están causando problemas”, aseguraba.

Ljiljana, madre de Jelena, nunca se atrevió a alzar la voz. Prefería omitir su opinión, dando la razón a su marido por miedo a represalias. Era una persona completamente sometida al terror que imperaba bajo el techo de aquel hogar, si es que se puede llamar hogar. Una presa del miedo y el amor mal entendido. Para Damir no había distinción, el castigo era el mismo para las dos.

A todo esto, Jelena nunca quiso saber nada de Serbia, ella estaba encantada con ser australiana. Respetaba sus orígenes, pero desde hacía muchos años se identificaba con Australia, donde la acogieron siendo una niña. Lamentablemente, su padre tenía otros planes. Fueron meses escuchándole decir barbaridades, afirmando que era un país peligroso, que les habían dado la espalda, escupiendo veneno contra los medios, incluso contra Tennis Australia, a los que llamaba nazis. “Me están haciendo parecer un monstruo”, exclamaba sin ningún tipo de vergüenza. Era la publicidad que se había granjeado, aunque tampoco le importaba. Su misión era repatriar a toda la familia, una idea que Jelena jamás pensó que llevaría a cabo. ¿De verdad va a obligarme a mudarme a Yugoslavia? La respuesta la conocería pronto.

Jelena Dokic posa con la bandera australiana. Fuente: Getty

 

Aunque en aquel momento solo tenía 17 años, Dokic vivió algo inesperado a su regreso a Belgrado. Descubrió hasta qué punto se había convertido en una personaje público, el interés por parte de la prensa era masivo, la gente se pegaba por el autógrafo de una adolescente. Cuando le pusieron un micrófono delante, la espiral del miedo le hizo sacar un discurso que no era el suyo: “Vine aquí por el pasaporte yugoslavo, estoy muy agradecida a Australia, me ayudaron mucho, pero siempre quise volver. Quería volver incluso antes, ese fue mi mayor deseo, hasta que hoy por fin se hace realidad. Soy serbia y por eso quería este pasaporte”, expresó con la frialdad de quien lee unas instrucciones.

Su padre, el tirano que movía los hilos desde atrás, ya tenía lo que quería: la foto de su hija, en Serbia, con el nuevo pasaporte. Su control de la situación fue a más, aunque tampoco podía olvidar que Jelena seguía siendo tenista profesional. De hecho, la temporada 2001 la inicia siendo la #26 de la clasificación, trampolín ideal para seguir escalando puestos. Así pusieron rumbo al Open de Australia, donde algo tan simple como el azar hizo que se abriera la caja de Pandora.

¿MALA SUERTE O ALGO MÁS?

El sorteo del cuadro emparejó a Jelena Dokic con Lindsay Davenport, quien ocupaba en ese momento el Nº2 del ranking. El padre, que de tenis entendía lo justo, se volvió loco. ‘Ya no vas a jugar el torneo, nos vamos, el sorteo está amañado’, manifestó sin discusión. A su hija se le encogió el corazón. De poco sirvió que intentara convencerlo, su respuesta fue fulminante. Damir había tomado una decisión y no acatarla suponía un nuevo episodio de violencia doméstica. Ahí fue cuando entendió que el plan original siempre había sido el mismo: regresar a Yugoslavia para siempre.

Me pesaba mucho no tener a nadie con quién hablar sobre esta decisión. Ningún amigo quería apoyarme. No tenía ningún confidente que conociera mi historia, nadie al que llamar y llorar. Con todo un infierno a punto de desatarse, me sentía más sola que nunca”, expone Dokic en unas líneas donde habla desde las entrañas. Su padre, fanático de la conspiración, siguió despotricando contra los ‘fascistas’ de la WTA, asegurando que todos estaban en su contra. De hecho, llamó a Tennis Australia para darles la exclusiva: “A partir de ahora, mi hija jugará bajo la bandera yugoslava”. Decidió llamar a un periodista local para regalarle la primicia, aunque él nunca se interesó en aprender inglés. ¿Que cómo lo hicieron? Él dictaba en voz alta y Jelena traducía al teléfono. Así quedó el comunicado:

Creemos que el sorteo está amañado, pensamos que el país debería proteger a su propia jugadora. Jelena estuvo llorando toda la noche, nunca la había visto llorar así, decía que no se lo podía creer. Se siente traicionada, siente que aquí nadie la quiere, piensa que tiene que irse al no encontrar su espacio. No es una decisión tomada a la ligera, sino que nos hemos visto obligados a tomarla por ella, así que volverá a jugar por Yugoslavia. Después de este sorteo ya no tenemos dudas, nos mudaremos a Florida en unas semanas, venderemos todo y nos iremos del país”.

Damir Dokic junto a su hija, Jelena Dokic. Fuente: Getty

 

Obviamente, todo era mentira. Damir tomaba las decisiones de toda la familia, incluso podía adjudicarles afirmaciones públicamente que jamás salieron de su boca. Claro que Jelena lloró aquella noche, aquella y todas las anteriores desde que tenía 6 años. Era el impuesto que pagaba por convivir con un maltratador que no dudaba en sacar el cinturón a pasear después de cada derrota. En ocasiones, también después de alguna victoria. Ese hombre no conocía la piedad, pero esperad que aún queda la segunda parte del comunicado.

… no se le puede hacer esto a la jugadora número 1 del país. Si se preocuparan realmente de ella, no escribirían esas cosas sobre mí. Tengo miedo de la reacción del público australiano, temo por nuestra seguridad. Tengo miedo de lo que harán los australianos con nosotros. Mucho me temo que, si mi hija no juega bien, podría haber accidentes”.

La tormenta mediática se desató, en los pasillos del torneo solo se hablaba de esto. Sin haber golpeado una pelota, su nombre ya era protagonista en todos les debates. Mientras tanto, Damir siguió provocando incendios en numerosas entrevistas, ofreciendo algunas declaraciones atroces: “Los australianos son racistas y fascistas, mataron a los aborígenes como si fueras conejos. Son hijos de criminales y prostitutas, es imposible que salga nada sano de este país”.

Finalmente, la WTA contactó con Tennis Australia para que cambiaran la nacionalidad de Jelena. La victoria de Damir era incontestable, aunque su hija solo pensaba en salir y contar toda la verdad, descubrir el pastel y denunciar aquel sabotaje. El riesgo era muy alto, pero dentro del circuito ya sabían quién movía los hilos, dijera lo que dijera la niña. “Decir la verdad ahí fuera tendría consecuencias devastadoras para mí, supondría una nueva paliza… incluso tal vez me eche de casa. ¿Qué pasaría con mi madre y mi hermano? ¿Adónde iré?”, se preguntaba la jugadora atemorizada. Su mente no descansaba, estaba atrapada en una doble vida. Recordaba el dolor de cada bofetada, la vejación de cada paliza recibida, por eso traicionar públicamente a su padre era algo que no podía contemplar. ¿Y qué hizo?

Jelena Dokic saca el puño a pasear. Fuente: Getty

 

Al día siguiente salió a rueda de prensa, toma el micrófono y recitó el discurso que el jefe quería escuchar: “Soy la número 1 de Australia y, sin embargo, me toca jugar contra Lindsay Davenport. Esta ha sido una de las razones de mi decisión, además de un gran descontento por la cobertura mediática recibida”, declaró ante los medios. Justo enfrente estaba su manager, al que le había prometido que por fin contaría la verdad. Su rostro mostró la pena por ver a una persona carente de libertad, totalmente inmovilizada. Aquello era inhumano, estaban arremetiendo contra el país que tanto apoyó su sueño tenístico, que tanto la ayudó desde su llegada. Damir, incansable, siguió golpeando donde más dolía, repitiendo una y otra vez que la mejor australiana desde Evonne Goolagong ahora jugaría con otra bandera. Empeorar la situación era imposible.

EL PARTIDO QUE JELENA DOKIC JAMÁS OLVIDARÁ

No me pregunten cómo lo hizo, pero Jelena Dokic acabó presentándose aquel 15 de enero de 2001 en la Rod Laver Arena para enfrentarse a la mujer que defendía el título. ‘¡Hazlo por Australia!’, gritaron en la grada cuando Lindsay Davenport apareció en la cancha. Cuando le tocó salir a ella, la respuesta del público se tradujo en abucheos. “Este es el peor momento no solo de mi carrera, sino de mi vida”, relata en su autobiografía. La sensación fue terrible. Los que otrora la adoraban, ahora se burlaban de ella, deseaban su mal. La de Osijek sentía que había decepcionado a todo el mundo, por eso aceptó esta reacción. Estaba quebrada por dentro, incapaz de pensar en su tenis, aún así luchó por la victoria. Una vez salió derrotada (4-6, 6-4, 6-3), el vestuario la esperaba para presenciar su derrumbe. Es ahí cuando Lindsay aparece y la abraza, sin mediar palabra. Dokic confiesa que nunca le dio las gracias, pero aquel gesto de compasión la marcó para siempre.

Ya en rueda de prensa, todavía con los ojos rojos, la serbia respira profundo y acepta lo sucedido. “La verdad, esperaba algo peor, pero estuve cerca de la Nº2 del mundo. Ahora mismo estoy más preocupada por mi tenis que de otra cosa”, tiró ante los periodistas. Otra mentira disfrazada para salir del paso. Aquello no podía ir a peor, o eso pensaba ella. Su espalda, acostumbrada a cargar con el peso de una hija obediente, se retorcía ante la obligación de volver a proteger a su padre. Otro discurso impostado, planificado, irreal.

Jelena Dokic contra Lindsay Davenport, el partido que nunca olvidará. Fuente: Getty

 

El que tampoco frenó fue Damir, que seguía con su cruzada particular en los medios de comunicación. “Por segunda vez en 17 años, Jelena ha vuelto a ser una refugiada. La otra noche no tuvo un solo amigo en la pista, ni una sola persona que la apoyara. Los australianos son muy racistas, este es un país de discriminación”, valoró tras la derrota. La máquina del odio no libraba ni un solo día.

Tras la tormenta, la familia decide regresar a Sidney para hacer maletas, pero no hay espacio para empacar todo. Damir le ordena a su hija que tire todos sus trofeos a la basura, asegurando que todos los recuerdos de su infancia ya no poseen ningún valor. Y claro, ella obedece. Por dentro sigue destruida, contiene las lágrimas al ver cada trofeo, al rememorar todo el esfuerzo a lo largo del camino. También recuerda cada paliza recibida hasta llegar a ellos. Por enésima ocasión, Jelena se percata de que su padre nunca la ha respetado, que jamás se ha preocupado por ella. De ahí que su próximo movimiento pase por hablar y concienciar a su madre.

Aunque ambas compartieran el mismo pensamiento, lo cierto es que Ljiljana vive reclusa en su compromiso de esposa, completamente inválida para cambiar de rumbo. Con el corazón hecho pedazos, Dokic cultiva la tristeza por ver su vínculo con Australia totalmente roto. Un país que le tendió la mano, un gobierno que se hizo cargo de sus pagos, una federación que financió su carrera juvenil, que invirtieron millones en su desarrollo y la convirtieron en una estrella. Lo peor de todo es que Jelena se sentía australiana de verdad, pertenecía a ese lugar, por eso decide poner punto y final a esta pesadilla. De todas las decisiones que tuvo que aceptar por parte de su padre, ninguna le pesó tanto como rechazar su propia identidad.

RECONCILIACIÓN EN 2009

Entre enero de 2001 y enero de 2009 pasan infinidad cosas, así que intentaré resumirlas en un párrafo. Dokic se fuga de casa con 19 años, dejando atrás a su familia y vagando con su pena. Llegará a tocar el Nº4 del ranking individual. Se enamora por primera vez, pero ese mochuelo no es para ella. Tan desorientada llega a estar que se plantea el suicidio. Decide volver a casa. Una semana después, vuelve a fugarse. Cae fuera del top900. Engorda 20 kilos. Se queda en bancarrota. En 2006 recupera la nacionalidad australiana, recibe una WC para el Open de Australia, pero pierde en primera ronda al no estar preparada. Pierde 20 kilos. Cuando llega 2009, ya bien entrenada, el torneo vuelve a acordarse de ella a través de una nueva invitación. Ahora sí, ya podemos retomar la historia.

Jelena Dokic regresó en 2009 al Open de Australia. Fuente: Getty

 

A los 26 años, Jelena Dokic ha vivido más que la mayoría de los jubilados, aunque en su álbum de recuerdos destaca lo malo sobre lo bueno. El Open de Australia 2009 llegará como brisa fresca para aliviar su herida. Ocupando la posición #187 de la clasificación, la australiana debuta en la Hisense Arena contra Tamara Paszek. Tiene el estómago revuelto, le tiemblan las manos, la adrenalina está descontrolada. Lleva mucho tiempo sin pisar un gran estadio, desconfía de su físico, ni siquiera piensa en ganar. Su único deseo es marcharse con mejores sensaciones que en 2006 y, sobre todo, que en 2001. Es entonces se produce la magia.

La victoria en tres mangas (6-2, 3-6, 6-4) supone su primera victoria en Grand Slam desde el US Open 2003. Jelena lo siente como si levantara el trofeo. ¡Si la gente supiera por todo lo que ha pasado! Cuando llega a la sala de conferencias, impactada por su buen papel, apenas puede articular palabra. La puerta del cariño se abre lentamente, el seguimiento a su torneo se dispara, el pueblo australiano vuelve a estar de su lado.

En segunda ronda le toca contra Anna Chakvetadze, partido que se disputará en la Rod Laver Arena, estadio que no pisa desde hace ocho años, cuando la abuchearon. Las entradas se agotan al instante, es lo que tiene medirse a una top20, así que los nervios también van en aumento. Con el miedo a desenterrar viejos recuerdos, su oído escucha la presentación del speaker: ‘Desde Australia, ¡Jelena Dokic!’. Un rugido recorre el estadio, pase lo que pase ya ha ganado… pero, por si acaso, se encarga de ganar el partido (6-4, 6-7, 6-3) y meterse entre las 32 mejores del cuadro. El cariño de la gente la conmueve hasta tal punto que se olvida que en dos días la espera Caroline Wozniacki, una joya de 20 años que amenaza con colarse en el top10 más pronto que tarde. Sin duda será su rival más dura esa semana, la más consistente, pero está confiada. Nerviosa, pero confiada.

Al final pesa más la confianza, así que también se lleva por delante a la danesa, con remontada incluida (3-6, 6-1, 6-2). Aquí la marea de ilusión ya es incontrolable, los diarios empiezan a escribir sobre su tenis, su nuevo equipo, la resurrección de una jugadora que tenían olvidada. Su siguiente objetivo será la rusa Alisa Kleibanova, otro partido difícil que afronta con la mente ya agotada. En ese partido se tuerce el tobillo, pero rendirse no entra en sus planes. Después de darle tres vueltas al reloj, Dokic termina imponiéndose (7-5, 5-7, 8-6) para enloquecer al público presente. La fotografía le supera, se tira al suelo y rompe a llorar. “Jamás había experimentado una cosa igual”, escribe en sus memorias. Por cuarta ocasión en su carrera estaba en los cuartos de final de un Grand Slam.

Jelena Dokic, entregada al público australiano en la edición de 2009. Fuente: Getty

 

Acontecimiento impensable hace un año, cuando meditaba la retirada. Imposible hace dos años, cuando pensó en quitarse la vida. Dokic está fundida, no le queda nada, pero no piensa ponérselo fácil a Dinara Safina, Nº3 del ranking mundial. Aguanta hasta el 4-4 del tercer set, donde la falta de chispa la condena (6-4, 4-6, 6-4). Físicamente seguía pletórica, pero emocionalmente estaba en reserva. Se marcha del torneo dando un salto hasta el puesto #91, convirtiéndose en la cuarta cuarta WC de la Era Open en avanzar hasta los cuartos de final de un Grand Slam.

Al día siguiente no se puede ni mover, pero el esfuerzo ha merecido la pena. El teléfono no dejará de sonar durante esa mañana, aunque ninguna llamada le hará más ilusión que la de la capitana de FedCup, invitándola a volver a formar parte del equipo. En ese momento ni se imagina lo que le espera por delante, el colapso físico que le dejará por siempre aquel torneo, por eso es mejor dejarlo aquí y no seguir pasando páginas. En Melbourne, donde ocho años atrás deseó que la tierra la tragase, Jelena Dokic consiguió cerrar el círculo con tremenda destreza. Un abismo que primero la engulló para luego rescatarla. La herida por fin había dejado de doler.

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Carlos Alcaraz
VS
Novak Djokovic
Open Australia 01/02/2026 09:30
Novak Djokovic gana el partido