Segundo compromiso de la temporada y segundo notable para Rafael Nadal. Esta vez al otro lado de la red aparecía Emil Ruusuvuori, un finlandés de 22 años que lleva tiempo conviviendo en el top100 pero que todavía no rompió el cascarón lo suficiente como para toserle a los de arriba. Hoy el ATP 250 de Melbourne le brindaba la oportunidad de medirse ante una de las mayores leyendas de nuestro deporte, pero se pudo ver que la cita le llegó demasiado pronto. Triunfo del actual Nº6 mundial (6-4, 7-5) para avanzar a la 126ª final de su carrera, donde le espera Maxime Cressy.
Nunca había tenido Nadal un billete tan barato para acceder a las semifinales de un torneo profesional. Le bastó con inclinar a Berankis hace un par de días y aprovecharse luego de la baja de Griekspoor en los cuartos. En definitiva, un triunfo ante el #104 del mundo le ponía en bandeja la oportunidad de acceder a la última ronda en Melbourne. El desgaste era mínimo, aún así el manacorense no quiso arriesgar y optó por bajarse del cuadro de dobles, ya que hoy se temía una batalla dura ante Ruusuvuori. Al finlandés lo conoce bien, ya que entrenó durante un tiempo en su Academia, quizá por eso era el que mejor sabía lo que podía encontrarse.
El primer set estuvo eléctrico, con esa sensación de Nadal de no imponer tanto su poderío físico ante los jóvenes como en sus inicios, pero sí marcando más que nunca la tremenda diferencia mental y experimental que guarda en comparación con cualquier NextGen. Lo basaremos en un sencillo ejemplo: Emil puede jugar de fábula durante varios puntos, pero cuando llegue el break point no se atreverá a buscar la línea; Rafa, en cambio, puede parecer que está siendo dominado por la potencia de su rival, pero nunca pierde pista, no toca mal una bola y, en caso de que se le abre una puerta, sabes que no va a fallar. Todo eso destruye la cabeza del que está al otro lado, así fue cómo el número 95 del mundo terminó colapsando cuando servía para empatar a cinco en el primer asalto. Toda su fe se quedó en ese juego.
No cambiaron mucho las cosas en el segundo parcial y eso era una buena noticia para el español. Seguía Ruusuvuori mostrando sus artes, subiendo a la red de vez en cuando, variando su saque, pero en los momentos importantes era un flan. Esta vez no le pasó con el 5-4, pero sí con el 4-3, un par de errores que le hicieron entregar lo más importante e invitar al balear a llevarse la merienda. Aquí es donde llegó la noticia, un Nadal que sacó con 5-3 para ganar el partido y que tropezó, aunque lo arreglaría más adelante sin necesidad de llegar al desempate. Un encuentro sin mucha historia, la que quiso contarle Nadal a un finlandés que acabó rendido ante la sombra de su oponente.
Maxime Cressy, su rival en la final
Después de Berankis y de Ruusuvuori, mañana será el turno de Maxime Cressy, un estadounidense nacido en París que se ha hecho ilustre en el circuito por jugar como la vieja escuela: saque y red. Todavía lejos de las mejores raquetas (#112), pero con suficiente talante como para desconectar a Dimitrov en semifinales y ganarse el derecho a pisar su primera final profesional. El premio no puede ser más bonito: compartirá la ceremonia de trofeos con un campeón de 20 Grand Slams. Veremos si en las manos sostiene la copa de campeón o la de plata.

