Han pasado ya algunos días desde que el mundo del deporte llorara la pérdida de Manolo Santana, aunque todas las anécdotas que le acompañan son las que nos ayudarán a mantenerle siempre presente. La que traemos hoy, sin embargo, la cuenta otra persona, otra leyenda. Una historia que protagonizó Ilie Nastase cuando apenas tenía 20 añitos el día que conoció personalmente al madrileño, quien era uno de sus ídolos de infancia.
De Nastase hemos escrito mucho en este 2021, desde la vez que se retiró de un partido de tenis por ir detrás de una mujer, al día que encajó un doble 6-0 histórico tras pasar la noche en comisaría, pasando por aquel partido donde una pelea con un juez de silla acabó modificando el reglamento del circuito. Capítulos que sucedieron en su época de máximo prestigio, todo lo contrario que la película que desvelamos hoy. Esta anécdota surgió a finales de los años 60, concretamente, en la serie de Copa Davis que disputaron Rumanía y España del 19 al 22 de mayo de 1967. Por aquel entonces, Ilie era un recién llegado al circuito, todavía no se había visto tentado por las mieles del éxito, el dinero, la fama y las mujeres. De eso ya habría tiempo.
Era la época en la que Nastase no se separaba de Ion Tiriac ni un segundo, absorbiendo hasta la última gota de experiencia que le brindaba su compatriota. Los dos estaban en Suiza en la semana previa, así que decidieron coger un tren rumbo a Bucarest para disputar la eliminatoria. ¿Y no era mejor coger un avión? Por supuesto, pero no había recursos para ello, pese a que el equipo rumano estaba formado únicamente por ellos dos. El trayecto hasta su hogar duró nada menos que 28 horas, así que fueron turnándose cada tres horas para descansar en el compartimento privado. Según cuenta Ilie en su autobiografía, utilizaban las maletas de almohadilla.
“En el momento en el que puse un pie en la estación de trenes de Bucarest, yo sabía que no estaba en la mejor forma posible para enfrentarme a Manolo Santana, el jugador que, junto a Roy Emerson, se había convertido en uno de mis ídolos”, señala el ex número 1 del mundo sobre lo que sintió en aquel momento. El conjunto español llegaba con solo tres hombres en sus filas: Juan Gisbert, José Luis Arilla y Manuel Santana. Este último, considerado como el rey indiscutible sobre tierra batida, ya lucía en su ficha dos títulos de Roland Garros, un US Open y un Wimbledon. Estaba en su mejor momento y el público le tenía como uno de los grandes artistas de la época tras inventar disparos como el ‘topspin lob’, uno de los trucos que luego le copiaría Nastase.

“Manolo podía hacer lo que quisiera por ambos lados de la pista, así que durante esos años me dediqué a observarlo tanto como podía, a imitarle luego en los entrenamientos, incluso llegué a practicar con él alguna vez, aunque no era habitual pedirle practicar a un oponente”, señala Ilie, quien destinaba cientos de horas a ensayar los golpes de Santana. Cuando llegó el momento de enfrentarse a él, el rumano supo que lo normal era perder, así que decidió adoptar una estrategia revolucionaria. “Me propuse hacer exactamente lo mismo que hiciera Manolo: si él hacía una dejada, yo también; si él hacía un globo, yo también”.
El español, de 29 años por aquel entonces, no se esperaba un inicio así de partido, hecho que pagó perdiendo por 6-0 el primer set. Sin saber exactamente cómo, Nastase dominaba el duelo por 6-0 y 3-0, mientras el público rumano enloquecía viendo cómo su jugador aplastaba a una de las mejores raquetas de la época. “Dios mío, vaya inicio”, pensó emocionado el rumano. Jaime Bartrolí, capitán del equipo español, no daba crédito a lo que veía. “¿Pero quién es este chico? ¿Habéis visto cómo juega?” Todo el banquillo sacudió la cabeza, aquello era un misterio sin solución. Entonces, cuando ya todo parecía hecho, Ilie se dio cuenta de lo que estaba pasando.
Resultó que Manolo estaba probando justo en aquel partido un nuevo modelo de raqueta, la Tretorn, marca sueca que le había hecho una propuesta para que empezara a competir con su firma. Como primer experimento la cosa estaba siendo un desastre, pero Santana siempre se guardaba un as en la manga: su antigua raqueta, la de toda la vida, la Slazenger. No había otra opción que volver al pasado y acabar el encuentro con su vieja compañera, el tiempo de prueba había terminado. ¿Saben cómo terminó aquello? El español fulminó al rumano por 0-6, 6-3, 6-3 y 6-3. La eliminatoria se la acabaría llevando el equipo visitante en el quinto punto (2-3), aunque Nastase no se iría de vacío de aquel fin de semana.

Era típico, después de cada serie de Copa Davis, hacer una comida entre los integrantes de los equipos para cerrar el choque con una sonrisa y olvidarse de vencedores y vencidos. A Ilie, hundido tras perder sus dos puntos individuales, ya solo le quedaba una cosa por cumplir en Bucarest: conocer a su ídolo. Así que no se lo pensó dos veces, se levantó en aquel gran comedor, se dirigió a Santana y le dijo: ‘¿Sabes dónde aprendí a jugar así? Viendo tus partidos’. Manolo, ocho años mayor que el rumano, soltó una carcajada. A continuación, muy amablemente, agarró una fotografía que tenía a mano y se la dedicó: ‘Para un futuro campeón del tenis’.
Ilie, relacionado siempre con aventuras, fantasías y otros desórdenes, recuerda con muchísimo cariño esta escena en su libro. “A día de hoy todavía conservo esa foto. Para mí significó muchísimo que un jugador de su categoría fuera tan cercano y amable conmigo. Años después, cada vez que coincidíamos en los torneos, él siempre me recibía con una sonrisa, siempre me saludaba, siempre tenía unas palabras de cariño. Esa es la actitud que siempre intenté adoptar a la hora de de tratar con los más jóvenes, sobre todo cuando tuve éxito y muchos querían conocerme”. Ese fue el día donde Nastase se volvió de carne y hueso, al ver que su ídolo era exactamente tan humano como él.

