Si algo nos está enseñando la presente temporada es que nadie puede retirar a los más grandes. Ellos, y solo ellos, son los encargados de poner fecha de caducidad a sus brillantes carreras.
La historia del deporte está repleta de binomios históricos. Uniones místicas entre atletas y eventos, en las que la conexión trasciende más allá de lo estrictamente deportivo. Es el caso del Real Madrid y la Copa de Europa, de Eddy Merckx y el Tour de Francia o de Tom Brady y la Super Bowl. Sin embargo, ninguna dupla reviste tanto romanticismo como la de Roger Federer y Wimbledon.
Enfundado en blanco, el heptacampeón en Londres siempre ha pensado en verde, y es que la hierba del All England Lawn Tennis & Croquet Club ha sido año tras año el escenario de las más sobresalientes obras del maestro. Ausente durante la temporada de tierra, jugando el que quizá sea el mejor tenis de su carrera y con una planificación estructurada en torno a Wimbledon, es difícil imaginar una oportunidad mejor para emprender la conquista del octavo The Championships.
La “segunda venida” del mesías de la raqueta se debe en gran medida a su capacidad para ser selectivo con los torneos que juega. “Sigo jugando porque disfruto del tenis”, afirma Roger en cada rueda de prensa. Permítannos dudar de la veracidad de estas palabras. Roger Federer juega por y para ganar. Todas las leyendas lo hacen.
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Más allá de la agradable sorpresa en Australia, el de Basilea lleva años estructurando sus temporadas en torno a Wimbledon. Nadie es más exigente con Federer que él mismo, y la decisión de no pisar la arcilla esta temporada es sinónimo de que sobre el pasto londinense solo la victoria es aceptable.
El timing parece haber sido perfecto. Tras la insignificante derrota en Stuttgart, y el noveno recital en su jardín particular en Halle, Roger aterriza en la capital británica en el momento idóneo. La enésima reinvención del helvético - su versión más ofensiva -, es una máquina perfectamente diseñada para brillar sobre hierba. Si es capaz de alcanzar, y sobre todo mantener, el nivel mostrado en Australia, Indian Wells y Miami, el éxito en Londres dependerá exclusivamente de él.
El de Basilea no debería tener problemas para acceder a la segunda semana de competición. Alexander Dolgopolov, Dusan Lajovic –al que nunca se ha enfrentado-, Mischa Zverev y Grigor Dimitrov, sus potenciales rivales en su camino hacia los octavos de final, no conocen la victoria ante Roger, y solo el búlgaro sabe lo que es ganarle un set.
Milos Raonic, verdugo del suizo en las semifinales del año pasado, sería el hipotético rival en los cuartos de final. El canadiense está lejos de su mejor versión, y presumiendo que Federer habrá alcanzado su velocidad crucero en la segunda semana, el acceso a semifinales es un escenario más que probable. Alli, un Djokovic que sigue buscándose a sí mismo sería el rival antes de una soñada final ante el ídolo local Andy Murray o un Nadal que no conoce límites.
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No obstante, el mayor rival de Federer es él mismo. La situación es muy diferente a la de Australia. A diferencia de lo ocurrido en tierras oceánicas, Roger Federer parte con la vitola de principal favorito. Es una incógnita saber cómo el mejor tenista de la historia gestionará la presión que eso supone, además de la autoexigencia que él mismo se impone.
Por otro lado, y a pesar de la gran amistad que les une, la histórica rivalidad entre Federer y Nadal y la continua comparación entre ambos, también puede jugar su papel en esta edición del major británico.
Cuando nadie contaba con ellos, los dos mejores tenistas de la Era Open se han convertido en los grandes protagonistas de la temporada. Tras un inicio con tres duelos entre ellos, decantados todos ellos del lado suizo, el balear marcó su territorio, arrasando en la temporada de tierra. Llegados a la hierba, el suizo puede sentir la presión de aquellos que esperan que repita la hazaña de Nadal en Roland Garros, pero en Wimbledon.
Si el ex número uno mundial es capaz de abstraerse de todos los focos, su excelente preparación de cara al torneo, así como su nueva y mejorada versión, son motivos más que suficientes para soñar con una octava corona en la catedral del tenis mundial.

