Otro punto de partido para Roger Federer. El corazón me va a mil. Parece que haya subido cinco pisos de escaleras y estoy sentado en el sofá. Saca, derecha y a la línea. Nadal pide el Ojo de Halcón. Un minuto antes, lo que parecía un saque directo que le podía haber dado la victoria se marchó por centímetros. ¿Ha sido buena o no? Ay Dios, por favor, que lo sea. Se confirma que besó la línea. Roger grita de alegría. Yo alzo los brazos al aire. Se abraza con Rafa y saluda al público y a su equipo. Se le saltan las lágrimas. Yo no puedo evitar llorar, tampoco. Entonces, noto cómo se para tiempo.
Me acordé de años atrás. Me vi a mí mismo, ahí, en ese mismo sofá, con bastantes menos años, cuando era apenas un adolescente y grité de alegría al ver su triunfo en Roland Garros 2009. Vi al Jose de 2012 celebrar el trofeo en Wimbledon, sentado en la silla de su escritorio en Holanda, justo cuando pensaba que ya no volvería a ganar otro grande. Han tenido que pasar casi cinco años para que eso se repitiera de nuevo. Cinco años. Tantos cambios desde entonces y lo magnífico de recibir una noticia tan buena cuando no me lo esperaba. Sí, noté que se paró el tiempo.
Me mandó un audio mi amigo Enrique, que está en Finlandia, y me dijo: "Es que Federer juega igual con 20, con 35 y lo hará igual con 60. Podría jugar sentado en una silla y aún así, te ganaría". Y es que es así, para él no pasa el tiempo.

Le ves jugando y parece que sea el mismo que tiraba de línea a línea en aquellas finales del US Open, en su mejor época. Hace 'aces' con la misma facilidad de hace 12 años. Un tanto más fino, algo de menos pelo y cuatro hijos a sus espaldas, pero sus lágrimas son las mismas de siempre. Las de ese chico de 19 años que derrota a Pete Sampras en la que era el jardín de la casa del estadounidense. Un jardín que termina haciendo suyo con el paso de los años. Las de ese hombre que celebra ganar -al fin- en París de rodillas en el suelo. Las de alguien que al fin pudo ganar para su país la Copa Davis. Lo ganó todo en su carrera. Absolutamente todo. Pero la grandeza de Federer es que vuelve a ganar un grande y no puede evitar romper a llorar de nuevo.
¿Pero cómo es posible que haya detenido el tiempo así? No me puedo explicar cómo le veo levantar el título en Australia y no logre evitar emocionarme al recordar esa misma situación, con Rafa Nadal detrás de él en el año 2009, donde se rompe emocionalmente pensando que no lograría llegar a igualar a Sampras. "Jé", pienso. No sólo le igualó, sino que le ha superado. "Vaya tío", me digo para mí mismo. Tantos y tantos años y ahí sigue. Por eso es tan grande. Este tío es inmortal.
Como si fuese el tráiler de una película, las imágenes avanzan por mi cabeza y recuerdan todos y cada uno de los grandes que levantó. Mi boca dibuja una sonrisa de admiración. Porque él tiene ese don de parar el tiempo cada vez que salta a una pista de tenis. Cuando estira los brazos y saca el pecho hacia fuera tras pegar ese revés a una mano, parece que estés viendo de nuevo el Tenis más clásico de mediados del siglo XX. ¡Es que el tipo lo para! Ni idea de cómo lo hace, pero lo para.

Y mientras Federer posa para las cámaras, besando el trofeo con Rafa detrás, vuelvo a la realidad. Al día de hoy. He aterrizado 13 años después en mi asiento, de golpe y porrazo. Me seco las lágrimas y contesto a todos los que me están escribiendo. "¿Dónde estabas?", me preguntan. "Me había detenido en el tiempo. ¿El culpable? Un genio llamado Roger Federer".

