Aunque el reloj marcase hora y media, lo cierto es que Elena Rybakina y Jelena Ostapenko tuvieron que contar muchos más minutos en el pulso que las enfrentaba en la segunda semifinal de este WTA 1000 de Roma. Quizá más tiempo sin jugar que jugando, pero es lo que tiene la lluvia. Finalmente, después de varios parones, la kazaja encontró la fórmula para sellar su victoria número 29 del presente calendario y dejar sin premio a su rival (6-2, 6-4), agotada por tanta interrupción y sin margen para girar el marcador. Un nuevo ejemplo de que esta mujer ya está preparada para dominar sobre cualquier superficie.
Con Kalinina en la final, lo único que teníamos claro es que el segundo partido de la jornada poco se iba a parecer el primero. Con Rybakina y Ostapenko sobre la pista, por muchas tierra batida que pusieran en la Pista Central, el estilo y las condiciones de ambas jugadoras invitaba a pensar en un duelo por la vía rápida, de mucho golpe ganador y mucho error no forzado, un plan que incluso le venía bien a la organización, puesto que tuvieron que arrancar con una hora de retraso debido a las lluvias. No acompañaba la climatología y quizá por eso la kazaja invitó a un primer asalto sin desgastar mucho el reloj: en 35 minutos ya tenía el 6-2 en la mochila. Solamente hubo emoción en el último juego, pero la Nº6 de mundo terminó atándolo a su favor, subrayando quién era la favorita.
¿Pero realmente era tan favorito? El win predictor le daba un 60% de probabilidad durante el calentamiento, pero sabíamos que con la letona en la pista puede pasar cualquier cosa. Y dentro de ese saco, una variable era que Jelena ganara once de los quince primeros puntos disputados en la segunda manga. Y así fue, con su anarquía característica, Ostapenko sacó su varita y empezó a meter todo lo que antes iba fuera. El partido cambiaba, la tercera manga asomaba, aunque lo que de verdad asomó fue la lluvia para detener por momentos la batalla. A ninguna le hizo mucha gracia tener que competir bajo el agua, pero bastaron un par de cepillos limpiando las líneas para convencerlas de que el espectáculo podía continuar.
Superada la lluvia, superado el mayor problema. Esto pensaron los más optimistas, pero quiso el destino que la intensidad de la lluvia creciera y las jugadoras de plantaran. “Yo no quiero romperle la pierna”, le tiró Elena a la jueza de silla, recordando posiblemente la acción de Iga Swiatek hace un par de días que le provocó la retirada y el susto previo a Roland Garros. Al final se impuso la lógica y, aunque la gente en las gradas todavía resistida el chaparrón, las jugadoras fueron enviadas a vestuarios para ver a cubierto la tormenta. En diez minutos estaban de vuelta, aunque no para jugar.
Cuatro puntos, eso fue todo lo que se jugó. Y eso que las protagonistas no quisieron ni volver a calentar, temiendo que esos valiosos minutos les restara tiempo de competir. Sirviendo Ostapenko con 4-2 y 15-40, la situación de alarma prácticamente le obligaba a detener el pulso. La dinámica ya estaba perdida, así que el objetivo era no perder también el break. A todo esto, la lluvia no solo volvió, sino que volvió más fuerte, empujando a la juez de silla a suspender la semifinal por segunda ocasión y a los pisteros a sacar las lonas.
EL REGRESO DEFINITIVO
Tuvieron que pasar casi 50 minutos para que el escenario se relajara, la lluvia parase y la pista estuviera lista para jugar. Era como empezar de cero, con la peculiaridad de que Rybakina saltaba a la pista con un 15-40 a favor. Dicho y hecho, un punto se jugó y ese fue suficiente para que la kazaja recuperase lo que era suyo y luego lo confirmase con su servicio. Demasiados capítulos para la letona de 25 años, que terminó el encuentro con el rostro desencajado y cansada de tantos contratiempos. Mejor le fueron las cosas a Elena, que le dio el último empujón al encuentro para citarse mañana con Kalinina en lo que será su tercera final de WTA 1000 de la temporada. En Roma, en tierra batida, la campeona de Wimbledon quiere volver a ser la reina de la fiesta.

