Es un golpe directo a la historia del deporte argentino. Es la consecución de una copa buscada durante casi un siglo. Es emocionante, ejemplar y conmovedor. El título de Copa Davis del 2016 está a la altura de los mayores logros conseguidos por el deporte rey del país, el fútbol. Queda en la memoria de los hinchas como los mundiales de 1978 y 1986. O la medalla de oro en básquetbol en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. La Copa Davis que consiguió Argentina este fin de semana en Zagreb significa, por fin, sacarse la espina clavada de un equipo que lleva jugando esta competición más de 94 años.
Argentina, a lo largo de las últimas décadas, pasó por momentos donde, en los papeles, tuvo nombres más fuertes para aspirar a ganar una Copa Davis. La época de Vilas y Clerc, un tándem tenístico exquisito con diferencias tan abruptas que ni siquiera se hablaban dentro de la cancha; los años de la famosa 'Legión', con tenistas entre los diez mejores del mundo, campeones y finalistas de Grand Slam, pero que nunca se unieron ni pudieron lograr la Ensaladera; o el desastre de Mar del Plata, en donde un conjunto de intereses encontrados y personas enfocadas en el dinero rompieron lo que parecía una inevitable fiesta.
A día de hoy la historia es diferente. Juan Martín del Potro y Federico Delbonis serán recordados como los héroes de la hazaña, pero lo realmente significativo es que detrás hubo un equipo con todas las letras. Un conjunto de tenistas que le pusieron el pecho a las balas y pelearon contra todo pronóstico y contracorriente contra equipos más sólidos, de jugadores mejores rankeados y con mayor experiencia. Por primera vez, gracias a Daniel Orsanic y un grupo de sabios apasionados y entregados por el tenis, se formó un verdadero equipo.
Pero, además, hubo un condimento extra. El título viene acompañado por algo que diferencia al argentino del resto de humanos: el amor salvaje por su camiseta. Porque lo que un argentino siente por sus colores no todo el mundo lo entiende. El celeste y blanco se lleva en el corazón. Parece una frase hecha, unas palabras que se oyen en la cancha, en el fútbol, pero ser argentino es sinónimo de perseverancia, de trabajo, sacrificio y pasión. Mucha pasión. Y muchísimo orgullo por lo que uno hace.
Porque Del Potro, Delbonis, Mayer, Pella y compañía se transforman en superhéroes cuando se ponen la camiseta albiceleste y saben que representan a millones de argentinos. No juegan; se dejan la vida. Pueden batallar más de 7 horas, terminar entre lágrimas, acalambrados, exhaustos y hasta fisurados, pero jamás se arrodillarán si no es para festejar el triunfo final.
No solo es talento; es el corazón de una nación lo que los mueve. Y esto no es el gran arma de los tenistas, es la esencia de un argentino. Hay que romperse el lomo trabajando, pero la pasión puede con todo. Mueve montañas. Y la Copa Davis lograda es un claro ejemplo de que, como decía Phil Jackson, la fuerza del lobo proviene de la manada. Del equipo. De gente comprometida.
Una persona como Orsanic ha sido capaz de organizar a un grupo de jugadores para que sean capaces de ponerse detrás de una idea común, de valores compartidos. Entre todos llegaron a la conclusión de que algo solo es bueno si es realmente bueno para todo el equipo. Estos valores y esta forma de pensar llevaron al éxito a la Argentina. Demostraron que con buenas intenciones y actuando de buena fe, la vida puede ser justa.
Siempre lo digo: un jugador no gana solo la Copa Davis. Gracias Del Potro por ser el emblema, el referente y el ejemplo a seguir. No solo de tus compañeros sino de todo el pueblo argentino. Pero no hay que olvidarse que es mejor un jugador que hace más grande a un equipo que solamente un gran jugador. Y Del Potro y Argentina lo fueron.
Gracias a estos chicos, los argentinos hoy nos levantamos como los campeones del mundo más felices de la historia.

