Desafiar la lógica

La victoria de hoy es la cuadratura provisional perfecta para un círculo que comenzó hace 17 años: encapsula a la perfección qué es y qué significa Rafael Nadal.

Carlos Navarro | 30 Jan 2022 | 22.46
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Rafael Nadal. Fuente: Getty
Rafael Nadal. Fuente: Getty

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A lo largo de este Open de Australia 2022, les confieso que en ocasiones soltaba a mis más allegados el mismo comentario. Era un simple pensamiento en voz alta que reverberaba en mi cabeza, que aleteaba cual mariposa buscando posarse en algún lado del cerebro. "Esto lo gana Rafa". ¿Motivos? ¿Argumentos? ¿Análisis concienzudo? "Inercia, historia". Esas eran mis respuestas. Entes abstractos que no se basan ni en los números ni en los patrones, que tampoco toman en cuenta estados de forma y que se nutren más bien de aquello que más acaba impactando en el espectador. la emoción. Porque en la vida, cuando te dejas emocionar, el impacto es mayor. Y no hay nada que genere un mayor cúmulo de sensaciones que una narrativa bien construida. O, más bien, una narrativa construida en base a la épica.

Porque la lógica no estaba ahí. Porque el ejercicio de Rafael Nadal a lo largo de este torneo ha sido la constante que ha marcado su carrera: un desafío a la lógica imperante, una rotura de la Matrix preestablecida o de la serie de elementos racionales que siempre han ido contra él. Una especie de carrera a contrarreloj frente a la historia que comenzó en una tarde de París ante un tal Mariano Puerta. Que en 2005 un chico tan exageradamente joven, con 19 años recién cumplidos, ganase y dominase (tras superar al número uno del mundo) el torneo de mayor exigencia física y mental, dejaba a las claras el órdago que Rafael Nadal Parera lanzaría de forma continuada a los cimientos de la historia. Reescribirla era su objetivo, domarla su pasión.

A partir de entonces se sumaron argumentos que lo complicaban todo. El problema crónico en el pie, otro pulso a la normalidad que acabó por sucumbir en nuevas complicaciones en su trayectoria. Lesiones, molestias, finales inoportunas, un pulso ante los otros dos más grandes de la historia. Últimamente, de hecho, se hablaba en demasía de "los otros dos". La lógica empujaba a Novak Djokovic y Roger Federer hacia el foco del debate sobre el GOAT, dejando a Rafael Nadal como un punto y aparte en un texto del que era parte absolutamente indispensable. Cuando Rafael se dio cuenta de todo esto, postrado en su Academia de Manacor y recientemente intervenido de ese maldito pie, la esencia del competidor que lleva dentro se volvió a remover. El objetivo no era otro que lanzar un nuevo desafío a lo preestablecido.

GANAR Y GESTIONAR YENDO POR DETRÁS

Esa especie de desafío a la lógica se personifica en la pista cada vez que el manacorí se encuentra en una situación particular. Siempre hemos conocido a Nadal como a alguien que da lo mejor de sí cuando cede la iniciativa en el marcador, cuando protagoniza remontadas imposibles yendo por detrás de su adversario. Es ahí cuando se crece, cuando se alimenta de las dudas del rival, cuando su infinita perseverancia hace estallar las percepciones y dinámicas a las que se encamina un partido. A mayor escala, podría decirse que ocurre cuando no ocupa el número uno del ranking: sus mejores años y momentos comenzaron alejado de la cima, cuando sentía que, a pesar de que realmente no tenía nada que demostrar... más tenía que demostrar.

Porque Rafael Nadal Parera tiene 35 años, no le debe nada a nadie más que a sí mismo, pasó recientemente el COVID y se enfrentó a lo largo del torneo a jugadores en infinita mejor forma física (e indudable juventud) que él. Y, a pesar de todo, nadie gestionó los momentos calientes como lo hizo él. Y, a pesar de todo, nadie supo dar el do de pecho de forma tan tremenda como hizo él. Y, a pesar de todo, nadie supo interpretar dónde, cuándo y de qué forma pegar el acelerón como hizo él. Khachanov, Shapovalov, Berrettini. Todos eran nombres que caían derrotados en las redes de alguien con quien no se contaba. La lógica, al fin y al cabo, decía que eran Daniil Medvedev y Alexander Zverev quienes debían, en la ausencia del número uno del mundo, disputarse la gloria.

Pero como la carrera de Nadal es un constante desafío a la lógica, el escenario y el torneo elegidos para romper con el mayor récord de nuestro deporte no podía ser otro que aquel que más esquivo le fue a lo largo de su carrera. Porque la lógica, basada en precedentes previos, no favorecía que el manacorí se hiciese un auténtico titán en el plano físico ante alguien al que apodan "robot" (¿cuándo falla un robot contra un simple mortal?). Y más, evidentemente, cuando te encuentras dos sets a cero abajo e incluso con otras tres bolas de break. Con pie y medio en los vestuarios, no hay nadie, absolutamente nadie, que convierta conceptos tan abstractos como "casta" o "coraje" en el lenguaje tenístico de aces, winners, dejadas, passing shots y, en definitiva, la gestión de todo aquello que ocurre en la parte de la pista que puedes controlar.

Conforme pasaba el partido, la lógica se moldeaba de forma más flexible de lo que lo hacía el Win Predictor. Ese maldito invento de las estadísticas no tiene en cuenta todos esos intangibles que yo les mencionaba al principio: ni siente ni padece, no encapsula las emociones, el motor más importante de la humanidad. Y, en el tenis, la emoción de Rafael Nadal traspasa pantallas, porque sabemos que la supuesta imposibilidad de lo que quiere conseguir engrandece aún más a alguien que sentimos, en el fondo, como un humano. Porque la lógica en Australia solo podía ir con cualquiera que no fuese Rafa, pero la historia está moldeada por decisiones donde el raciocinio no tiene demasiado peso. Tenía que ser en Australia, haciendo lo que jamás hizo en una final de Grand Slam, con el mismo resultado en el quinto set que el del mayor batacazo en su contra en su carrera, en una duración similar a aquel partido y después de un torneo en el que jamás le pusieron entre los favoritos.

Porque, al fin y al cabo, ¿cómo iba a ser si no? No olviden que hablamos de un tipo que...

Desafía a la lógica.

Bravo, Rafa.