Cuarenta años de Federer, el diablo que se convirtió en genio

El suizo cumple 40 años este domingo y nosotros aprovechamos para retroceder exactamente cuatro décadas, momento donde nació la leyenda del tenis mundial.

Los orígenes de Roger Federer. Fuente: Roger Federer
Los orígenes de Roger Federer. Fuente: Roger Federer

Era viernes y Robert Federer sabía que por delante asomaba un fin de semana de lo más ajetreado. Su mujer, Lynette, estaba a punto de salir de cuentas y traer al mundo al segundo hijo de la pareja. Diana, nacida dos años antes, todavía era muy pequeña para saber que pronto tendría un hermanito. Pero Robert tenía otros planes aquel día, estaba en semifinales de un torneo de dobles y no podía faltar a la cita. Después de ganar aquel encuentro, cogió su motocicleta y se dirigió al hospital, donde le esperaban noticias: “Todavía nada”. Esas fueron las palabras de su esposa, o lo que es lo mismo, luz verde para un último plan, reunirse con un grupo de amigos en un club de tenis en Rheinfelden. Aquella noche, superadas las 02:00 de la madrugada, el teléfono del club sonó preguntando por él. “¿Mr.Federer? Creo que lo mejor es que venga cuanto antes“. Y así fue como regresó a aquel hospital de Basilea, donde a las 08:30 de la mañana nacería un niño de 3’6kg y 54cm. Era sábado, 8 de agosto de 1981, el primer día en la vida de Roger Federer.

Por cierto, no se piensen que el fin de semana había terminado para Robert. El hombre regresó esa misma tarde al club de tenis para disputar la final de dobles que tenía pendiente. Por supuesto, la ganó, una anécdota que nos ayudará a entender el amor incondicional de su heredero por este deporte. Fue lo que siempre vio en casa, dos padres que no perdían una ocasión de meterse en la pista a jugar. Robert era amateur y Lynette llegó a tener algo de ranking, una pasión que descubrieron cuando se mudaron a Suiza en 1973, años después de conocerse en Johannesburgo. De hecho, Lynnete formó parte durante diez años del equipo de comunicación del Swiss Open, conocido coloquialmente como el ATP 500 de Basilea, un torneo que quedaba a tan solo dos kilómetros de su casa. Todo estaba relacionado, pero claro, ¿quién les iba a decir que aquel bebé que acunaban cada noche terminaría siendo el mejor de todos los tiempos?

La primera pista que les dejó el pequeño Roger fue una habilidad inusitada con las manos, tal y como ellos mismos han contado en alguna entrevista. Era alucinante que con apenas 11 meses aquel niño ya fuera capaz de atrapar pelotas grandes, al vuelo. ¿No les impresiona? Pues todavía hay más. Federer creció rodeado de pelotas, siempre tenía una cerca, se pasaba horas jugando con ellas, aunque detrás había un componente genético. “Recuerdo que le tirábamos la pelota y él te la devolvía, ¡con 11 meses! Lo normal en cualquier niño sería lanzarla en la dirección que fuera, peor él te la devolvía en la mano”, refleja su madre. Criado en el portal 40 del barrio de Münchestein, la gente de la zona afirma que la percepción de Federer era la de un niño amigable, siempre activo, muy confiado y nada arrogante. Solo tenía un defecto: cuando perdía, fuera a lo que fuera, mejor no estar cerca.

La primera vez

Pasó el tiempo y por fin llegó el día. Con 3 años y medio, Roger Federer cogió una raqueta de tenis y pasó su primera bola por encima de la red. Cuando tenía 4 años ya era capaz de pasar unas 30 bolas seguidas, sin fallo. No se entendía aquella coordinación insultante para una criatura, aunque si sumamos las horas que gastaba practicando igual no era tan raro. El suizo peloteaba contra las paredes de la casa, contra la puerta del garaje, hasta contra los armarios. Su hermana, dos años mayor, fue quien más lo sufrió: “Era como un pequeño diablo”. La conexión con el tenis fue inmediata, pero eso no le alejó de probar otros deportes, la mayoría de ellos con la pelota como protagonista. Finalmente, cuando fue teniendo algo de consciencia, decidió recortar todo a dos opciones: fútbol y tenis.

Roger se divertía, disfrutaba, era un niño feliz, aunque no siempre era el más correcto. A veces, podía ser agotador, casi irritante. Era tal la energía que tenía que siempre estaba metiéndose en líos, haciendo lo que quería, negándose a acatar cualquier orden. ¿Que algo le parecía aburrido? Pues lo dejaba de inmediato. ¿Que su padre le daba algún consejo a la hora de jugar? No le miraba ni a la cara. En ese aspecto era bastante caprichoso, rozando la mala educación. “Había que dejarle que revoloteara lo que quisiera, sino se hubiera convertido en un niño intratable”, reconoce Lynette.

Su primer ídolo, por cierto, fue Boris Becker. Cuando el tenista de Leimen conquistó Wimbledon por primera vez, Roger ni siquiera tenía cuatro años, pero cuando perdió las finales de 1988 y 1990 la cosa cambió. Afirman sus padres que Federer empezó a llorar delante del televisor viendo cómo esos trofeos terminaban en manos de su rival, Stefan Edberg, el hombre que muchos años después acabaría siendo su entrenador. “El tenis es el deporte que más placer me produce. Es verdad que en todo momento hay muchísima tensión, pero me encanta que las cosas estén siempre en mis manos, ya sea para ganar o perder”, definió en su momento el de Basilea. El sueño de ser profesional estaba a punto de arrancar, tenía las habilidades y tenía los medios, pero sus padres nunca compartieron esa fe. “Aunque mucha gente le veía como un chico súper talentoso, yo jamás le imaginé en la cima del Everest. Nosotros le hubiéramos apoyado con lo que fuera, en lo que sí éramos muy exigentes era con su disciplina y su compromiso”, señala Robert.

¿Ángel o demonio?

Su hermana Diana no pudo estar más acertada con aquel presagio del pequeño diablo. Federer tenía un magia especial, eso era innegable, pero le fallaban las formas. Se saltaba entrenamientos, tenía múltiples salidas de tono y mostraba un temperamento tan fuerte que rozaba lo violento. En el colegio los años pasaron sin pena ni gloria, aprobando los exámenes con el mínimo esfuerzo. “Sabíamos que no era un inútil, pero no mostraba interés por nada. Las materias eran sencillas para él, le gustaba la geografía y odiaba la lengua, pero nada más”, recuerda su madre, la misma que años después quedaría fascinada con el dominio de su hijo para los idiomas. Pero eso sería más tarde.

A los 6 años, Federer conoce a una persona que le acompañaría hasta el resto de sus días, uno de sus mejores amigos, el también suizo Marco Chiudinelli. Se puede decir que ambos quemaron juntos cada etapa, aunque Roger directamente las carbonizó. Sus caminos se separaron en el torneo de Basilea 2017, momento donde Marco disputó su último partido profesional con la presencia de un Roger incapaz de evitar el llanto en la grada. Como niños fueron uña y carne, inseprabales. Roger entró con 8 años en el Tennis Club Ciba Old Boys, en Basilea, donde meses después también llegaría Marco. ¿Si les gustaba entrenar juntos? Digamos que sí, pero no con la misma intensidad. “Recuerdo que Roger perdía en los entrenamientos prácticamente con todos, de hecho, era la única persona a la que pude ganar en aquel momento. Luego, cuando tocaba jugar partidos de verdad, era donde veías las diferencias. Pulsaba el interruptor cuando él quería, ahí se convertía, era irreconocible”, señala su compatriota.

Adolf Kacovsky, un checoslovaco que acumulaba ya 37 años en el club, pasaría a la historia por ser su primer entrenador. “Rápidamente me di cuenta que Roger tenía un talento natural, había nacido con una raqueta en la mano. Todos veíamos lo privilegiado que era, aprendía cualquier gesto en apenas un par de intentos, cosas que a los otros chicos les llevaba tres semanas”, apunta el técnico en las múltiples biografías del suizo. Sin embargo, el talento del helvético crecía a la misma velocidad que su genio ingobernable. Los días buenos eran muy buenos, pero los días malos… eran terribles. Dicen que más de una vez le tuvieron que mandar a casa, sin réplica.

Me pasaba el día maldiciendo, lanzando mi raqueta, era un desastre. Mis padres estaban avergonzados, hasta me propusieron dejarlo, me advirtieron que de seguir así ya no me acompañarían ni vendrían a verme más. Tuve que relajarme, encontrar la paz conmigo mismo, pero me llevó un proceso largo. Era un chico demasiado emocional, me cabreaba mucho, hubo partidos en los que dejaba de ver la bola por lo mucho que estaba llorando”, resumió Federer siendo ya un adulto instalado en la élite. Era el precio a pagar para un hombre que siempre tuvo un objetivo manifiesto: la perfección. Claro, cuando uno quiere ser perfecto con apenas 8 años, lo normal es que el tren descarrile. Sus padres afirmaban que se tiraba llorando una hora después de cada derrota, pero a Kacovsky no le preocupaba demasiado. Fue el checo quien le escuchó promulgar por primera vez en voz alta ese sueño inconfesable que todos los niños llevan dentro: “Algún día quiero ser el Nº1 del mundo”.

El hombre que frotó la lámpara del genio

Roger era bueno, muy bueno, podría ser pronto el mejor tenista suizo. Con el tiempo, quizá el mejor europeo. ¿Pero el mejor tenista del mundo? Aquel titular no generó el ruido esperado en su entorno, todavía faltaba mucho por demostrar. Con 11 años empezó a disputar el circuito junior, donde conoce a Severin Luthi (cinco años mayor que Roger) y a Mirka Vavrinec (tres años mayor). Pero no es hasta los 12 cuando aparece en escena una de las personas más importantes de esta historia: Peter Carter. El ex jugador australiano llevaba ya un tiempo trabajando en Suiza y, más que un entrenador, acabó siendo un amigo inseparable de Federer, además de su mejor tutor.

Era buenísimo, se le caía el talento, podía hacer cualquier cosa con la bola y todo fácil”, afirmó Carter sobre aquellos primeros meses de relación. “Lo mejor era que aprendía muy rápido, simplemente viendo partidos de Becker o Sampras, era un progreso constante. Lo único que quería era pasarlo bien, solo le faltaba un poco de concentración”. Esa concentración de la que habla llegaría un año después, una vez asimilada toda la técnica en su muñeca. El australiano acompañaría a Federer durante sus primeros años en el tour, hasta que un accidente de coche nos lo arrebató en el verano de 2002. Aquella fue y sigue siendo la pérdida más dolorosa que ha sufrido el suizo en toda su carrera, pero todos sus números no son más que un homenaje a aquel hombre que siempre confió en él y que siempre estará a su lado. “Toda mi técnica es gracias a Peter, además del respeto que aprendí a tener por cada rival. Nunca le podré estar lo suficientemente agradecido”.

Por fin, justo antes de cumplir los 13, Roger Federer decidió aparcar la práctica del fútbol y centrarse 100% con el tenis. Una decisión que le llevó a dejar su hogar y pasar los dos peores años de su vida en Ecublens, localidad donde se encontraba el centro nacional de tenis suizo. Aquello sería el trampolín definitivo para convertirse en profesional en 1997. El resto de la historia, con todavía algún capítulo por escribir, creo que ya la conocen.

Feliz 40 cumpleaños, pequeño diablo.

Comentarios recientes