“Mi nombre es Na Li”

Se cumplen diez años desde que la jugadora de Wuhan conquistara Roland Garros, convirtiéndose en la primera asiática en ganar un Grand Slam.

Na Li levanta el título de campeona de Roland Garros. Fuente. Getty
Na Li levanta el título de campeona de Roland Garros. Fuente. Getty

Hay historias que, por mucho tiempo que pase, son imposibles de olvidar. La que sucedió en Roland Garros 2011, hace justo una década, quizá no fue la más célebre, ni la más deslumbrante, ni la más épica, pero fue única. Aquel día la Philippe Chatrier se puso en pie para ovacionar a una tenista que no solamente representaba al pueblo chino, sino a todo el continente asiático. Hablamos de la irrepetible Na Li, la mujer que con 29 años conquistó su primer Grand Slam al mismo tiempo que escribía su nombre con letras de oro en la historia. Pero lo más increíble no fue verla posando con el trofeo, sino todo el recorrido previo hasta llegar a esa fotografía.

Nacida en Wuhan en 1982, Na Li supo desde que era una niña que su futuro estaría ligado, sí o sí, al mundo del deporte. Su padre no tardaría en ponerle una raqueta en la mano, aunque no fue la de tenis, sino la de bádminton. Así estuvo un tiempo, siguiendo los pasos de su progenitor, hasta que con 8 años sintió la necesidad de empuñar un instrumento diferente, abrazo definitivamente la modalidad que le haría millonaria. Al parecer, fue su propio entrenador el que le aconsejó este cambio de guión, sin saber que en ese mismo instante estaba cambiando el curso de la historia.

A finales de los 90 comenzó a competir con el equipo nacional y en la temporada 1999 ya estaba haciendo su debut profesional. La china se defendía bastante bien, aunque nadie podía imaginar dónde estaba su techo. Fue precisamente en el 2000 cuando el circuito WTA la vio debutar en en su primer cuadro final, cayendo eliminada en primera ronda de individuales y saliendo campeona del cuadro de dobles. La carta de presentación ya invitaba a soñar a lo grande, aunque fue justo esa época la más convulsa debido a ciertos agentes externos. El conflicto estaba en que Na Li quería estudiar una carrera universitaria, para ella no todo era el deporte de alta competición, pero hubo gente de su entorno que no compartía ese pensamiento, hasta el punto de querer dirigir sus pasos. Como era lógico, esta intromisión terminó teniendo un efecto negativo, alejándola dos años de las pistas.

Regresaría en 2004, encadenando una racha de 26 victorias consecutivas y ganando en Guangzhou su primer título profesional. No, no se le había olvidado jugar. Tenía 22 años y acababa de convertirse en la primera jugadora china en salir campeona de un torneo WTA, pero la inercia no terminó ahí. Ese curso terminaría con un balance de 51-4 y con nuestra protagonista dentro de las 80 primeras del mundo. Los problemas personales estaban ya olvidados, aunque todavía hubo alguno desde la Federación que intentó asignarle a dedo un equipo de trabajo diferente. Pero enfrente iba a surgir una guerrera que nunca cedió ante las órdenes institucionales, ni siquiera las que le obligaban a dejar en su país un 65% del dinero obtenido por impuestos. Al final de su carrera, Na Li conseguiría rebajar ese porcentaje hasta el 12%, un éxito mucho más complejo que el de ganar partidos.

Fue entonces cuando se abrió el clásico período de adaptación dentro de la élite, donde cada temporada te plantea el mismo examen cada vez que llega enero: ¿has mejorado respecto al curso anterior? La respuesta de la china siempre fue un sí rotundo. Eso sí, a su ritmo, escalando posiciones poco a poco y adentrándose cada vez más en los cuadros finales de torneos importantes. En 2011, estando ya a las puertas del top10, Li aterrizaría en la final del Open de Australia, donde cedería ante la magnífica Kim Clijsters, un jarro de agua fría que en realidad era la antesala de algo mucho mayor. En primavera, tras firmar semifinales en Madrid y Roma, la china llegaba a Roland Garros con solamente seis jugadoras por delante de ella en el ranking. A sus 29 años, había llegado el momento de hacer historia.

Una semana inolvidable

Por su cuadro fueron pasando rivales de toda índole, empezando con algunas contrincantes asequibles (Strycova, Soler, Cirstea) y terminando con el auténtico pasaje del terror (Kvitova, Azarenka, Sharapova y Schiavone). Cuatro top10 en fila, esperando al final del camino la vigente campeona. Pero esta vez no fue el día de la gran Francesca, quien entregaría su corona ante la china por 6-4 y 7-6. Li ganaría en blanco ese tiebreak, cayendo a plomo contra la arcilla de la Philippe Chatrier tras un revés largo de la italiana que representaba el fin de la función. Un segundo después, su cultura y sus valores le hacían incorporarse como un resorte para realizar una última carrera, hasta la red, donde le esperaba la nueva subcampeona. Tres años después la veríamos también conquistando el Open de Australia, ante Cibulkova, aunque esta vez el cuadro no le haría enfrentarse a ninguna top20 en las dos semanas de torneo. Una lesión de rodilla en aquel verano de 2014 terminaría con su carrera, tan brillante como genuina, pero esto ya pertenece al epílogo. Hoy, a una década de aquella efeméride en París, recordamos a la primera campeona asiática de Grand Slam como se merece, con sus propias palabras.

Mi nombre es Li Na, de China, un lugar donde Li Na resulta un nombre de lo más común. Lo cierto es que yo no elegí esto, comencé a jugar a tenis cuando tenía ocho años porque mi madre así lo decidió, de hecho, durante ese tiempo odié mucho el tenis porque no me dejaba tiempo para jugar con mis compañeros en la escuela. Con el paso del tiempo comencé a disfrutarlo, descubriendo que era un deporte increíble. El tenis me ha llevado por todo el mundo, explorando diferentes países gracias a llevar una raqueta en la mano. En el futuro haré todo lo posible para inspirar y ayudar a más jugadores jóvenes con la esperanza de que ellos también puedan disfrutar de este increíble deporte”.

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