Todo gran aficionado al tenis y amante de Roger Federer recuerda una imagen imborrable, una instantánea que parecía presagiar el declive definitivo del mejor jugador de la historia. Roger Federer tocó fondo en Wimbledon 2016 al perder en semifinales ante Milos Raonic y resulta tan inolvidable como doloroso recordar al suizo tirado sobre la hierba de la pista central del All England Lawn Tennis Club, con la cabeza escondida, desolado. Pero los genios resurgen de sus cenizas y el helvético dejó al ave fénix como un simple mortal.
Se recuperó de sus molestias y encaró una nueva era marcada por una máxima clara: disputar el menor número de torneos posible pero hacerlo con plenas garantías de éxito. Fueron doce los eventos a los que acudió la nueva versión del de Basilea, disputando un total de 57 partidos, saldados con un balance de 52 triunfos y 5 derrotas, traducidos en siete títulos. Una temporada de leyenda que los expertos no dudaban de alabar pero también se afanaban en avisar de que sería muy difícil que se repitiera. Incluso desde el entorno de Rafael Nadal, a través del propio jugador y de uno de sus entrenadores, Francis Roig, se alertaba de la dificultad máxima que tiene triunfar en los grandes eventos llegando sin ritmo competitivo.
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¿Hasta cuándo llegará la racionalización del calendario de Roger Federer? ¿Se imaginan al suizo con más de 40 años disputando tres torneos al año? Con la tierra batida totalmente descartada, para el presente y el futuro (salvo alguna incursión a modo de despedida en Roland Garros), el helvético afronta algo realmente espinoso; la concepción clara de comprobar que no es invencible. Sus derrotas el pasado año se relativizaron. Tommy Haas en Stuttgart, Alexander Zverev en Montreal con un Roger tocado, Juan Martín Del Potro en el US Open y David Goffin en las Nitto ATP Finals pusieron una nota anecdótica en un currículum intachable y todos estos traspiés tenían una explicación.
Pero lo que le ha ocurrido a Roger en Wimbledon 2018 puede alterar todos los planes del maestro. Salía cabizbajo del torneo, anunciando una necesidad imperante de reflexionar y tomar decisiones, y la decisión está aquí: seguir reduciendo su calendario. El pasado año disputó el Masters 1000 Canadá 2017 pero esta temporada buscará ritmo competitivo en Cincinnati... ¿o no? Llegados a este punto no sería descabellado que el suizo llegara al US Open 2018 sin ningún torneo a sus espaldas y quizá deba hacerlo.
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En su gira sobre hierba se observaron síntomas de cierto agotamiento físico y mental en Halle, que se materializaron en una derrota sorprendente en Londres. Roger lleva siete torneos disputados, y en caso de jugar en Cincinnati y Nueva York se presentaría a final de año con la posibilidad de jugar más que en 2017, al menos en número de torneos. Shanghai, Basilea y las Nitto ATP Finals parecen citas ineludibles para un Federer que debe contemporizar esfuerzos.
La intensidad de la que hace gala en la pista solo se puede mantener con 36 años si se reduce al límite de lo racional los partidos disputados. No tiene nada que demostrar el bueno de Roger, debe arriesgar. Parece haber quedado claro que jugar más de 12 torneos al año resulta inviable... ¿por qué no jugar 10 o menos? Si sale bien, su legitimación en la cúspide tendrá ya una receta y si sale mal no habrá nada que reprochar a una leyenda que sigue haciéndonos soñar.
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Federer no puede repetir actuaciones como las de Miami o Halle, aunque le sirvan para ganar a un 90% del circuito ATP. De nada le sirve ganar si no está al 100% ya que acumula esfuerzos que tarde o temprano salen a relucir. Todos hemos dado por hecho que veremos a Roger Federer rindiendo al máximo hasta 2020 (los dirigentes de Uniqlo los primeros) y, quizás la única manera para ello sea ofreciendo dosis cada vez más pequeñas de su talento. Manjares como el caviar, la trufa o el mejor jamón del mundo se disfrutan en porciones reducidas... el tenis del mejor de la historia puede y debe seguir el mismo camino. No hay motivo para la alarma.

