El legado de Bud Collins

El primer gran especialista en tenis falleció ayer a los 86 años tras medio siglo en la comunicación. Bud Collins, una leyenda del periodismo.

Fernando Murciego | 5 Mar 2016 | 13.30
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La enciclopedia del tenis escribió ayer su último capítulo en vida tras la muerte de Bud Collins (1929-2016), sin duda el periodista deportivo más célebre desde que este deporte se empezara a hacer grande a principios de siglo. Siempre ataviado con su peculiar vestimenta (sobre todos sus coloridos pantalones), luciendo una sonrisa perenne en su rostro y preparado para soltar un ingenioso comentario, el de Ohio estuvo medio siglo cautivándonos con su vocación, ejercicio que provocó su ingreso en el Hall de la Fama de Newport en 1994. En su caso, no hacía falta ni que fuera jugador. Esta es la historia del hombre que se inventó su propia profesión.

Su amor por el tenis rozaba picos tan altos que Bud Collins tenía que conseguir, sí o sí, hacer de esta pasión una profesión. Así fue como este estadounidense llegó a convertirse en una leyenda de la comunicación por ser pionero en su trabajo. Era periodista, era deportivo y hablaba sobre tenis. Sus conocimientos llegaban hasta tal punto que era tratado como una verdadera enciclopedia. A esta posición, por supuesto, solo se llega con muchas horas de dedicación y una mente privilegiada para contar cosas. Ya sea en prensa, como después en televisión, Collins se convirtió en un referente cada vez que un Grand Slam aparecía en el calendario. Sirva como muestra el gesto que tuvo la USTA de bautizar con su nombre a la sala de prensa del Us Open.

Pero Collins no solamente sabía más que ningún otro, ni piensen que se relajó tras medio siglo al volante de la actualidad tenística. Era un genio del periodismo, un innovador de la profesión y un experto en la materia. “¿Qué había antes de que llegara Google?”, algunos, simplemente, respondían con su nombre. Su lenguaje atrevido pero respetuoso, los apodos con los que hizo famosos a decenas de tenistas legendarios o sus expresiones a la hora de comentar un partido ya forma parte de su historia, de la historia de este deporte que él también hizo grande. Pero si algo lo hacía especial eran las formas, el camino natural que le llevaba a ofrecer ese contenido de valor y enriquecedor al que nadie más optaba.

Había periodistas que hablaban, por ejemplo, acerca de “la familia de Bjorn Borg”. Collins, por su parte, te nombraría a cada uno de ellos y contaría alguna anécdota desconocida. Otros debatirían sobre alguna “multa desorbitada de McEnroe”; él sabría cuál fue el precio exacto de la sanción y recordaría las declaraciones de John al enterarse. Muchos sabían que Chris Evert todavía era una niña que iba a la escuela cuando hizo su debut en Grand Slam: Bud, sin ninguna duda, añadiría el nombre de aquella escuela y las notas de su último curso. Anécdotas, historias, detalles que separan a los muy buenos del mejor. A los aprendices del gran profesor. Una memoria sin igual que le ayudó a dirigir a toda una generación a la vez que ayudaba a la siguiente.

Pero lo más grande que Bud Collins deja tras su marcha es, sin duda, su legado. El poder inusual de ver cómo todas las personas hablan bien de ti, te recuerdan con especial cariño y te admiran por tu labor. Porque sin Bud Collins, sin su sueño de situar al tenis como un deporte de masas, quizá ninguno de los periodistas que se formaron después existirían. Ni esta página existiría. El deporte de la raqueta le debe tanto como le debemos nosotros, los periodistas. Él abrió el camino, lo hizo posible, y dejó unas bases firmes de amor, esfuerzo, genialidad y compañerismo. Gracias por todo maestro. Descanse en paz.