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Kei, las clases de inglés dieron resultado

Gabe Jaramillo, uno de los entrenadores que formó a Kei Nishikori en Estados Unidos, le dedica esta columna al tenista japonés después de poner punto y final a su carrera profesional esta semana en Tokio.

Gabriel Jaramillo, primer entrenador de Kei Nishikori, rinde tributo a la carrera del japonés. Fuente: PDB

La carrera de Kei Nishikori terminó esta semana en el ATP 500 de Tokio tras ceder en primera ronda ante Frances Tiafoe. Oportunidad maravillosa para invitar a Punto de Break a una de las personas que mejor le conocen: Gabe Jaramillo. El hombre que le formó a su llegada a Florida ha querido reunir unas líneas para que todos entendamos la huella que le dejó el japonés.

Texto: Gabe Jaramillo

—¡Cállate! ¡Sé lo que estoy haciendo!

La voz provenía de la cancha del Ariake Colosseum. El inglés era perfecto. El problema era que me lo estaba diciendo a mí. Kei Nishikori estaba nervioso y sus pies parecían haberse quedado pegados al suelo. Desde mi lugar, desesperado por hacerlo reaccionar, le grité en mi japonés bastante cuestionable:

—¡Ashi o ugokashite! ¡Mueve los pies!

Su respuesta llegó fuerte y clara, sin necesidad de un traductor. Bueno, pensé que, por lo menos, las clases de inglés están dando resultado.

Hoy, mientras Kei se despide del tenis profesional, ese recuerdo me hace sonreír. Después llega la nostalgia. ¿Cómo que se retira? ¿Acaso no fue ayer cuando apareció aquel niño japonés con una raqueta y un sueño que le resultaba enorme a los ojos de los demás, pero no a los suyos? Después de más de 50 años como entrenador, he visto a muchos alumnos crecer, llenar estadios y levantar trofeos. Uno termina acostumbrándose a verlos en televisión. A lo que nunca se acostumbra es a escucharlos decir adiós. Para el público se retira un campeón. Para mí, también se despide un niño que todavía puedo ver con los ojos cerrados.

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Gabe Jaramillo en su etapa como entrenador de Kei Nishikori. Fuente: PDB

 

Nuestra historia comenzó durante un proceso de selección en Japón. Había varios jóvenes talentosos, y Kei no llegaba con los mejores resultados. Fumi y Genki estaban por encima de él en el ranking y tenían cuerpos que se acercaban más al prototipo que muchos imaginaban para un futuro profesional. En el papel, había buenos argumentos para escogerlos.

Kei, además, tenía aspectos técnicos por corregir. Su servicio necesitaba trabajo. Su volea de revés, también. Si la decisión hubiera dependido de quien tuviera menos defectos ese día, quizás la historia habría sido otra. Pero empezamos a jugar puntos. Estaban presentes el señor Morita y algunas de las personas más influyentes del tenis japonés. Había mucho en juego: una oportunidad que podía cambiarles la vida. Y Kei jugó sin miedo.

Era rápido, pero lo que me llamó la atención iba más allá de sus piernas. Tenía una capacidad extraordinaria para leer el juego: percibir lo que ocurría, anticipar, encontrar espacios y decidir en una fracción de segundo. Su velocidad mental acompañaba a su velocidad física. Mientras otros tenían mejores resultados para mostrar, él me mostraba posibilidades. Y, por encima de todo, se atrevía. No parecía estar jugando para evitar una equivocación ante aquellos señores. Estaba jugando para ganar el punto.

Esa es mi regla fundamental. Mi primer mandamiento: SIN MIEDO.

Eso no significa que un jugador nunca sienta nervios. Significa que se atreva a tomar decisiones y a confiar en su juego aun cuando los sienta. Sabía que podíamos trabajar el servicio y la volea, pero aquella combinación de velocidad, inteligencia y valentía era lo que yo buscaba. Por eso elegí a Kei.

La Fundación Morita, liderada por Masaaki Morita, le abrió la puerta a una nueva vida: estudiar y entrenar en Estados Unidos, con sus gastos cubiertos, incluidos los torneos, hasta los 18 años. Era una oportunidad extraordinaria, pero también era un sacrificio enorme. La beca pagaba el viaje y todos sus gastos, pero eso no le quitaba la tristeza de despedirse de la familia. Kei se encontraba emocionado por la oportunidad, pero de repente no entendía lo que decían los demás.

Kei llegó a Florida para aprender tenis, inglés y algo mucho más difícil: a vivir lejos de casa. Poco después de su llegada, sus compañeros de habitación vinieron a contarme algo. El nuevo había pegado una nota en el espejo del baño. La nota estaba escrita en inglés: “Number one in the world.”

Número uno del mundo.

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Gabe Jaramillo en su etapa como entrenador de Kei Nishikori. Fuente: PDB

 

Hay muchas maneras de presentarse ante los compañeros de una academia. Preguntar dónde se guardan las toallas. Pedir pasta de dientes. Buscar con quién entrenar. Kei había decidido anunciar que quería ser el mejor jugador del planeta. Naturalmente, quise saber más.

Con Sato Nakajima ayudándonos a traducir, le pregunté por aquella nota. Kei explicó que necesitaba recordar por qué había dejado atrás a su familia y todo lo que conocía. Por la mañana, esas palabras le daban un propósito. Por la noche, lo llevaban a preguntarse si había hecho lo suficiente para acercarse a su sueño. Había colocado ese mensaje en un lugar donde inevitablemente tendría que mirarse a los ojos. Desde entonces, cada vez que veía a Kei entrenar, pensaba en aquel espejo.

Porque después venía la parte que no cabía en una sola frase: las horas de cancha, las repeticiones, la preparación física y el colegio. Sobre todo, el colegio. La educación era parte del compromiso con la fundación, y una buena derecha no servía de excusa para dejar una tarea sin terminar. El sueño era suyo. El trabajo diario también tenía que serlo. Por supuesto, nuestra labor como entrenadores fue tomando caminos que ya habíamos recorrido.

Una vez llegamos al aeropuerto de Narita después de un vuelo de 17 horas. Kei parecía haber peleado con la almohada y haber perdido. Llevaba el pelo revuelto, la camisa arrugada y todavía estaba medio dormido. Al salir, nos esperaba un enorme grupo de periodistas. No habíamos recibido aviso. Las cámaras, por desgracia, tampoco estaban dispuestas a esperar a que Kei se peinara. Empezaron las preguntas.

Una corta.
—Hai.

Una larga.
—Hai.

Otra que parecía requerir una reflexión profunda.
—Hai.

Sí. Sí. Sí.

Los periodistas cambiaban las preguntas. Kei mantenía la estrategia. Aquel muchacho podía encontrar diez soluciones distintas dentro de una cancha, pero frente a un micrófono había decidido que una sola respuesta bastaba. Ese día entendimos que debíamos añadir algo al programa: aprender a hablar con la prensa. El inglés también era fundamental. Su tenis lo llevaba por el mundo; necesitaba expresarse a través de él. Y vaya si aprendió. Al menos lo suficiente para mandarme a callar, con absoluta claridad, en el Ariake Colosseum.

Después llegaron los momentos que todos conocen: su primer título ATP en Delray Beach, en 2008, tras venir desde la clasificación; la victoria sobre David Ferrer en el US Open de ese año; su primer título en el Japan Open, en 2012, ante su gente, derrotando a Milos Raonic. Luego, la final del US Open de 2014. Más adelante, el número cuatro del mundo.

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Gabe Jaramillo en su etapa como entrenador de Kei Nishikori. Fuente: PDB

 

El niño que contestaba todo con «Hai» le había dado muchísimo de qué hablar sobre el tenis. Nunca llegó al número uno que había escrito en el espejo. Pero cuánto logró persiguiendo esas palabras. Y cuántos niños japoneses pudieron ver sus propias posibilidades de otra manera gracias a él. Tuve el privilegio de conocerlo antes de que llegara a los grandes estadios. De ver el esfuerzo cuando todavía no había aplausos. De compartir los días difíciles y esos pequeños momentos que, con los años, terminan valiendo tanto como los trofeos. 

Gracias, Kei, por las victorias, las risas y la confianza.

Gracias, Masaaki Morita, por creer en aquel proyecto y en nuestro equipo.

Gracias a su familia, a Sato, a los entrenadores y a todos los que acompañaron en el camino.

Un jugador entra solo a disputar el partido, en el tablero solo aparece su nombre, pero nadie llega hasta allí sin ayuda. Y detrás de cada jugador hay un equipo que se ha esforzado tanto como él y que nadie conoce.  Ahora, Kei, te deseo una vida feliz junto a tu familia. Tiempo para estar, para disfrutar y para cumplir esos otros sueños que tuvieron que esperar mientras el tenis ocupaba el primer lugar.

No sé qué escribirás ahora en el espejo. Espero que, al mirarte, puedas sentir orgullo de todo lo vivido y entusiasmo por lo que viene. Por mi parte, esta vez no tengo un horario de entrenamiento para ti. Y si me dices que sabes lo que haces, prometo quedarme callado.