Hace apenas mes y medio, tenía el placer de escribir unas líneas sobre Carlos Alcaraz tras la consecución de su título de Roland Garros 2025. La victoria se había dado de la forma más despiadada posible. Ni el mejor guionista podría haber trazado un final como el que tuvo lugar en París, poniendo el foco en el ganador, un bailarín total que levanta al público de sus asientos con la misma algarabía con la que se inventa nuevos golpes. Del otro lado, un cyborg destruido, una máquina -casi- perfecta que seguía viéndose atacado por un virus mortal que desactiva buena parte de sus sistemas. Mientras Carlitos celebraba, Jannik Sinner ya sopesaba en su cabeza cuáles serían las próximas actualizaciones en la Matrix. Wimbledon 2025: no han tardado en llegar.
Hay una ley no escrita en el mundo del tenis muy clara. Aquel que evoluciona a un ritmo mayor, aquel que no se conforma con lo establecido y se mantiene alerta cada semana para incorporar nuevos elementos a su tenis, tiene éxito. Aumenta su techo cada día, explora sus límites con frecuencia. En la cúspide del circuito, cada mínimo cambio, cada mínimo margen, puede desatar una tormenta de consecuencias. Pocos exponentes mejores que Nadal, Federer o Djokovic, capaces de transformar sus carreras y mutar sus estilos de forma perpetua, convirtiendo el poder de la oportunidad en un don.
El caso es que Sinner, antes de Roland Garros, ya había instalado una serie de paquetes que le habían hecho un mejor jugador. Del saque ni hablamos, ese software ya era un componente vital y funcionaba cada vez mejor. ¿La derecha y las variantes? Versiones varias que habían llegado para quedarse. El resto, claro, era lo que le faltaba al sistema para estar completo: posición estrenada en París, décimas de segundos ganadas para neutralizar los primeros del rival y atacar sus segundos con piedad. El resultado, satisfactorio... hasta que ese maldito 0-40 se esfumó y, con él, la gloria parisina. ¿Se podía actualizar aún más esta máquina? ¿No habíamos tocado techo?
UNA FUERZA MENTAL DE OTRO PLANETA, UN OBJETO INAMOVIBLE
Cuando Sinner cedió ante Bublik en Halle y admitió no haberse recuperado mentalmente del varapalo en la Chatrier, yo mismo dudé de él. Me pasó lo que jamás me había pasado con el Sinner 2.0: le vi humano. ¿Admitir vacilación y titubeo? Nunca jamás, nadie como él frente a los micros para hablar de mirar hacia delante, de pensar, en la victoria y la derrota, en actualizaciones a su tenis. ¿La confesión de que, quizás, una parte del sistema estaba en reparaciones? Insólito. Merodeó por mi cabeza la posibilidad de que la más dura de las derrotas, por fondo y forma, era la única forma de hacer mella en una coraza de titanio.
Por un momento, Grigor Dimitrov y un maltrecho codo ahondaron aún más en esas dudas. Y, sin embargo, llámenlo la suerte de los campeones, pero la mística, lo inexplicable y lo que escapa al entendimiento general, apareció. Apuntó directamente al pectoral del búlgaro y salvó del abismo a Jannik. Los números uno no dudan cuando solventan situaciones, a priori, inverosímiles. Me recordó por un momento a aquel partido de Djokovic contra Simon, en Australia, donde el serbio conectó más de 100 errores no forzados. No había lógica que explicase cómo se gana un partido con semejantes guarismos... pero sobrevivió. Y Jannik había sobrevivido.
Llegó entonces el momento de añadir una nueva dimensión a este cyborg. La dimensión, claro, en la que Carlos había sido superior hace apenas un mes. Es la mental. Set abajo, tras el varapalo de París, y Sinner sacó a pasear su nuevo diseño. Más ligero, más resistente. Capacidad de procesamiento -de la derrota- rápida e inteligente. Con nuevas funciones (dejadas, restos a los pies, saques a la T) y mejoras en su base. Lo mejor del Sinner dominador y lo nuevo del Sinner que resurge de sus cenizas. Y resultó encomiable ver a un tipo tan metódico, tan obsesionado (en el buen sentido de la palabra) con la rectitud y la búsqueda de la perfección, mostrarse más emocional que nunca, recuperar el lenguaje corporal bélico para gritar al mundo que él seguía ahí, que cinco derrotas ante su némesis estaban lejos de tumbarle.
Jannik Sinner no es ningún mártir. Todas las leyendas de este deporte han superado episodios de esos que te rompen el corazón, y más tarde o más temprano se han tomado la venganza a su manera. Sin embargo, lograrlo tan rápido, a tan corta edad y con tan poco tiempo de digestión del mandoble más doloroso, hablan muy a las claras de que el techo de este chico se multiplica cada mañana en la que se levanta pensando en cómo ser mejor. Evolución, actualizaciones y una cabeza prodigiosa: la era de Jannik Sinner, a pesar de algún virus inconveniente, sigue más que presente. Y son los otros los que se deben encargar, más aún entrando en su momento favorito del año, de destronarle. No será tarea sencilla.

