Se enfrentaban Daniil Medvedev y Dominic Thiem en segunda ronda del ATP 500 de Viena, por lo que no hacía falta preguntar cuál era el partido de la jornada. ¿Pero realmente lo fue? Por momentos sí, con un austriaco renacido que volvió a brillar en sus mejores tiros. El problema fue que ese momento de plenitud, no solamente no le llevó al triunfo, sino que apenas duró una hora sobre la pista. La consistencia del ruso acabó siendo fundamental (6-3, 6-3) para dejarnos un marcador frío, pero varios conceptos que merecen la pena destacar a continuación.
Cualquiera que viera este emparejamiento, sin haber seguido mucho el tenis este último año, seguro que pegó un brinco de sorpresa. Y daría otro al ver que entre Thiem y Medvedev existen actualmente 109 posiciones de distancia en el ranking ATP. Esta era la gran pregunta que nos hacíamos desde el sillón, si la diferencia sobre la pista iba a ser la que marcaba la clasificación o era una ronda trampa. Porque, sinceramente, el Daniil de los últimos meses nada tiene que ver al de 2021, pero es que tampoco el Dominic de los últimos torneos se parece al de principios de año. La sensación es que el ruso no terminaba de despertar y que el austriaco venía cada semana más fuerte. Si tú también pensabas así, entonces eres de los que te llevaste una doble alegría tras presenciar los seis primeros juegos del partido.
Primero por acertar, por entender perfectamente la situación de cada uno. Y segundo y más importante, por ver que Thiem está cada día más cerca de ser el súper jugador que fue durante tantos años. Sacando preciso, atreviéndose con el revés y golpeando la derecha sin miedo, todo esto sumado a una inercia positiva que arrastra después de haber pisado las semifinales en sus últimos eventos: Gijón y Amberes. Pero claro, el problema era que hoy la fiesta se daba en octavos de final y al otro lado de la red había un ex número 1 mundial, de esos tenistas que no te los quieres cruzar ni en el comedor. Pudiendo ambos desarrollar su tenis desde varias perspectivas, el austriaco apostó de lleno por el tenis de ataque, así que al ruso no le quedó otra –y él encantado– de ir por el camino de la defensa.
Así se desarrolló buena parte del primer set, con un jugador cogiendo toda la iniciativa –o winner o error– y el otro esperando su momento, ejerciendo de pulpo desde el fondo de la pista e impidiendo que se escapara ninguna bola. Al final, esa solidez del jugador de Moscú terminó por granjear varias posibilidades de break, logrando el objetivo en el séptimo juego. Lo que no esperábamos era que Thiem tuviera una opción al juego siguiente para devolver las tablas, pero allí apareció el gran saque del ruso para impartir orden. Finalmente, Medvedev firmó la trilogía perfecta: break, confirmación y de nuevo break para empezar la segunda manga al saque.
EL PARTIDO YA FUE OTRO
Quizá era el partido que necesitaban los dos en estos momentos. Uno para dar un paso más, aunque de momento no fuera suficiente. En cuanto a Medvedev, lo que más falta le hacía era volver a verse poderoso ante un gran rival, sin llegar a su 100%, pero sí sacando matrícula de honor en lo que mejor se le da: el juego desde el fondo. Aquello cambió el partido de manera evidente, de nada servía estar en Viena, aunque fueron varias las faltas de respeto por parte del público hacia el adversario. La cabeza de Thiem –y también su físico– pagaron el esfuerzo de un duelo tan exigente. Bajó levemente los brazos al verse superado por un rival que apenas le entregaba nada (solo 5 errores no forzados en la primera hora) y además contraatacaba a cada dardo de su rival. Por momentos nos recordó lo bueno que era, que a alguno ya se le había olvidado.
Los dos primeros juegos del segundo parcial nos confundieron, por un momento pensamos que la batalla todavía era la misma, pero rápidamente el ruso metió la directa con su juego todoterreno para adelantarse en el marcador por 4-1 y acabar con toda las dudas que planearan en el ambiente. ¿Qué conclusiones sacamos? Que a Thiem todavía le queda un poco para volver a su plenitud y a ese deseado top100. Y sobre todo, que a Medvedev todavía le queda ese aroma de campeón con el que sumar triunfos como éste, pese a estar firmando una temporada gris sin apenas alegrías. Firmamos todos que, de aquí a algunos meses, ambos estén comiendo en la misma mesa de siempre.

