Ser Serena Williams

Más allá de su candidatura a ser la mejor de la historia, el legado de Williams trasciende los límites del deporte. Su adiós marca el fin de una época. 

Carlos Navarro | 3 Sep 2022 | 16.52
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Serena Williams. Fuente: Getty
Serena Williams. Fuente: Getty

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Hoy es un día un poco peor para el mundo del tenis. Cuesta despedir a aquellas personas con las que has crecido, como si ambos os acompañáseis en un viaje sin igual por las profundidades del deporte más bonito del mundo. Algunas de estas figuras embellecen los símbolos y los valores del deporte, dejando su huella personal, incluso, más allá de las canchas. Serena Williams es la viva imagen de la evolución. Por ella han pasado diferentes épocas en el circuito WTA, mientras una constante se mantenía: el grito, prácticamente liberatorio, de una mujer que rompió barreras y superó opresiones para alcanzar la cima, para tocar con sus dedos la gloria. Su entrada al Olimpo del tenis fue tan salvaje como su primera incursión en el terreno de las campeonas, allá por 1999.

La comunidad afroamericana siempre busca entre los suyos espejos e ídolos en los que verse reflejados. Personas que les hagan sentirse campeones, sin indagar en la cuestión racial, una parte de la ecuación que no se puede erradicar en los Estados Unidos de hoy... y de hace varias décadas. Coco Gauff, por ejemplo, pegaba pósters de Serena en su habitación. Miren dónde está ahora. Porque hablar de Serena no tiene por qué significar hablar de números. Les añado, de hecho, que es la cuestión menos importante. Su primer rasgo absolutamente transgresor es el de hacer historia apareciendo absolutamente de la nada. Surgir en Compton, con la fé de un padre enamorado de la competición y de sus niñas, y derribar barreras a base de portazos, no está al alcance de cualquiera.

En los circuitos más precoces de Estados Unidos, muchas madres y jugadores alucinaban con la fuerza de Serena. El tenis femenino no veía figuras que descosieran la bola por defecto. El patrón de Serena se alejaba de la sutileza de las Steffi Graf o Monica Seles. Hacía suya una cualidad, la fuerza más bruta, reservada únicamente a los hombres, capaces de sacar a más de 200 km/h y finalizar los puntos en un santiamén. Serena rompía y rompió moldes. Convirtió su tenis en una máquina perfecta diseñada para aniquilar la competición. Tantos poderes, claro, conllevan una responsabilidad: la máquina solo funciona si su dueño sabe amaestrarla. Y no siempre lo consiguió.

Nacer y crecer con algo que demostrar, cargar con el peso de una comunidad oprimida y granjearse un espacio que no gustaba a dirigentes y torneos. La inevitable carga sobre los hombros de Serena ha hecho aguas en varias ocasiones. No existen tal cosa como los héroes o heroínas en este mundo: incluso Serena Williams, que hizo pensar que sí existían a miles de niñas afroamericanas, también mostraba su lado más humano. El de acumular toda esa rabia interna y canalizarla de la peor forma posible. Sus malos tratos a jueces de línea le generaron polémicas que muchos tardaron en olvidar, como si lo gris fuese una nube que siempre eclipsaba el innegable legado de Williams. Ella cargó con sus cruces mucho más que otros tantos.

Eso solo la hizo buscar aún más motivación. Motivación para desafiar, en edad de mayor madurez, la noción de que un deportista debe limitarse al deporte. Motivación para boicotear uno de los torneos más prestigiosos del mundo en base a un lamentable episodio de racismo, intolerable a todas luces. Madurez para demostrar que el perdón y las segundas oportunidades también existen, si bien necesitas de años para que lleguen de forma natural y no forzada. Motivación para convertirse en su propia marca personal, más allá de los dictados y de las normas de jefes de torneos que jamás hicieron lo que ella ha hecho por el tenis. Motivación para buscar la gloria eterna después de ser madre, como si no hubiese tenido fronteras suficientes que romper.

Los números, las cifras o el dinero. Utilizar las estadísticas para justificar la presencia de Serena en lo más alto sería una torpe manera de subestimar su impacto en el deporte y en la sociedad. Todo el mundo conoce a Serena Williams. Sabe cuál es su aspecto, su semblante serio antes de cada resto, sus celebraciones dando saltos en una pista rendida a ella, sus gritos en cada punto importante. Pero todo ello es imposible de entender sin el contexto necesario: cada grito era de liberación ante los prejuicios raciales, cada salto tras un título una manera de hacerse más grande frente a los mandatarios de cada torneo, cada semblante serio antes de un punto importante era el reflejo de un padre con un sueño y la responsabilidad de hacer ese sueño extensible a su hermana, Venus.

Serena es solamente una niña de Compton. Serena es solamente una hermana. Serena es solamente una hija. Serena es solamente una madre. La madre de Olympia. "Del Olimpo". Su hija, la que llevó con ella en su último Grand Slam, viene de un Olimpo construido ladrillo a ladrillo por una competidora incansable, una mujer que ha reflejado su vida a través de su estilismo, de su aspecto, de su tenis, de sus declaraciones, de sus desafíos, de sus anhelos en la etapa final de su carrera. Jamás necesitará ganar el 24º Grand Slam para que otras jugadoras derriben ese Olimpo: si dentro de la pista cambió el tenis y lo hizo más potente, fuera de ella también mejoró a su comunidad y dio forma a una estirpe de jugadoras que crecieron idolatrándola.

Incluso para un servidor, que jamás fue fan de Serena Williams, es imposible obviar la grandeza. Serena Williams siempre podrá presumir de que la grandeza en ella es tan reconocible como en cualquier otra leyenda. Aunque leyenda, claro, sería quedarse corto: transgresora, madre, ejemplo. Gracias, Serena.