Borna Coric, lo extraordinario y las contradicciones de la vida

De ser el 'niño prodigio' y tener todos los focos sobre él a sufrir una lesión que le humanizó, la historia de Borna esconde muchas aristas muy complejas.

Borna Coric. Fuente: Getty
Borna Coric. Fuente: Getty

Eres joven, tienes 17 años y medio y todo el mundo ya empieza a hablar de ti. No solo eso: has sido el número uno del mundo en categoría junior, ganando el US Open por el camino y haciendo que todo el mundo del tenis empiece a escuchar el nombre de 'Borna Coric'. Claro, muchos otros no podrían soportarlo... pero a ti te gusta. Te mola. Significa que ya eres alguien. Te lo crees, y te lo crees aún más cuando consigues derrotar a Rafael Nadal en un torneo ATP. Quién te lo iba a decir, ¿eh? El joven Borna mandando un mensaje al mundo entero: has llegado aquí para quedarme. No eres como los otros jóvenes, que llevan años sin poder plantarle cara a los jugadores más ganadores de la historia. ¿Qué mejor que inmortalizar toda tu ambición en un tatuaje? Veamos... "No hay nada peor en la vida que ser ordinario". Tú eres extraordinario. Y esto no ha hecho más que comenzar.

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Enero de 2022.

2014 queda muy lejos. Estás en tu hotel de Australia, lejos de tu casa y consciente de que esta vez tampoco va a ser. Llevas muchísimos meses, más de los que puedes contar, preparándote para volver a las pistas. El hombro aún te molesta ligeramente y decides no correr riesgos. Forma parte del proceso de madurez al que has llegado tras muchos años de palos, de críticas feroces en la prensa; de buenos momentos, pero no extraordinarios. Por si fuera poco, tu piel te lo recuerda cada día al levantarte. Volver a hacer las maletas supone un martirio similar al de los últimos meses, alejado del sol de la costa Adriática, meses de incertidumbre y mucho trabajo físico en busca de una luz al final del túnel de la que solo se ven destellos. Será la última vez desde que decidiste operarte en la que te irás de vacío de una gira... y, aunque no lo sepas y ahora resulte inimaginable, muy pronto vivirás la mayor alegría de tu carrera deportiva.

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Agosto de 2022.

Borna Coric es campeón de Masters 1000. Esta frase no hubiese pillado a absolutamente nadie por sorpresa allá por 2015, cuando el futuro vislumbraba grandes momentos para una de las grandes perlas del tenis mundial. El chico con un revés parecido al de Novak Djokovic y una mentalidad voraz similar a la de Rafael Nadal ya comenzaba a hacer sus pinitos en el circuito, catalogado como un futuro campeón en años venideros exentos de la presencia del Big Three. Mientras éstos se guardaban el elixir de la longevidad en un lugar que aún no hemos descubierto, la progresión de Borna sufría pequeños baches en un camino más montañoso de lo que se imaginaba. Su servicio no era lo suficientemente bueno, su derecha era una debilidad y solamente su revés no era suficiente para ganarse su plaza.

Y llegarían buenos momentos, concretamente en 2018, cuando Coric llegó al top-15 y a una final de Masters 1000... pero los titulares "extraordinarios" ya eran copados por otros jóvenes de su generación. Alexander Zverev, Daniil Medvedev o Karen Khachanov sumarían a su currículum mejores resultados que aquel niño al que todo el mundo colocó en las nubes. El físico jugaría un papel fundamental en su crecimiento, con continuas molestias que le obligaron a perderse varios Grand Slams, incluso con una operación de rodilla en 2016. La sensación era que Coric era un notable tenista... pero no extraordinario. Como él había varios más. Para un tipo que soñaba con la luna, aquello era un martillo gigante sobre el mundo que se había construido.

Años después, con 23 primaveras, Coric confesó que aquel tatuaje fue un error. Se lo hizo en un momento de poca madurez, cuando aún tenía 17 años, y representaba una visión de la vida que ya no compartía. Había aprendido que también los hombres "corrientes" podían hacer cosas extraordinarias, que el tenis tiene más de trabajo, esfuerzo y convivir con la decepción que de todos los adjetivos positivos que recibía en su época júnior. Poco después, Coric viviría el episodio que le volvería a reafirmar en su renovada madurez, que le humanizaría. Un peaje necesario para redescubrir su mejor versión y alcanzar las cotas con las que siempre soñó.

El hombro del croata estaba más que maltrecho. Y tocaba sanarlo. Los dos primeros meses tras la operación fueron maravillosos para Coric, un descanso del frenesí de la vida del tenista, una oportunidad para cultivar el lado personal. Se acercó a aquello que había sacrificado: las fiestas cerca de la costa Adriática, las catas de vinos (es un gran aficionado a ello), reconectar con viejos amigos. Pero cuando llegó el invierno y el momento de engrasar la maquinaria llegaba, las cosas no fueron tan simples. Él mismo admite que pasó momentos muy duros, que pensó que el hombro nunca respondería de la misma forma. Confió en el trabajo de su preparador físico, conocedor de su cuerpo al dedillo, y se armó de paciencia y valor para confiar en el proceso.

La recompensa ha llegado antes de lo esperado. El mismo tipo que perdía hace un mes con un jugador fuera del top-300 en un torneo Challenger ha sido capaz de derrotar a cinco top-20 en la misma semana. El tenis, como la vida, siempre deja una oportunidad para redimirte que aparece cuando menos lo esperas. Para cerrar el círculo, ha sido el saque lo que le ha llevado en volandas, el mismo golpe que trataba con mucho cuidado en pos de no arriesgar con el hombro, el mismo golpe que se negó a cambiar tras la lesión. Coric siempre tuvo fé en progresar en recuperar las velocidades que llegó a alcanzar antaño, y Cincinnati ha sido el evento en el que se ha entregado en cuerpo y alma a un arma que le acabó por dar el triunfo.

Todos conocemos su revés, todos sabemos de la evolución de su derecha... pero no muchos recuerdan la historia de alguien que, a sus 25 años, ha vivido muchas más cosas que bastantes veteranos de nuestro deporte. Borna Coric ha librado mil batallas y todas y cada una de ellas le sirvieron para humanizarse, para conocer el lado más amargo de las cosas, para no impacientarse con lo que la vida le tenía preparado. Casi diez años después de aquel infausto tatuaje, el hombre que aprendió a valorar lo ordinario llevó a cabo una gesta extraordinaria. La vida, claro, también son contradicciones. Que se lo digan al croata.

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