Durante muchos años, los jugadores de tenis se han encargado de subrayar la dificultad que tiene competir en un circuito tan apretado y variado de once meses de duración sin apenas descanso. Un circuito donde se empieza jugando en pista rápida, luego pasas a tierra batida o indoor, vuelves a pista rápida, en primavera regresa la arcilla, en verano estás pisando la hierba, más tarde vuelven los últimos torneos en tierra antes de viajar a la gira estadounidense de cemento, para por fin terminar compitiendo bajo techo. El que lo diseñó tenía ganas de rock & roll.
Pocos son los que consiguen brillar en todas las giras debido a que cada superficie tiene su timing y su período de adaptación, aunque siempre hay alguno que se salta la norma. El último en hacerlo ha sido Matteo Berrettini durante esta etapa de torneos de exhibición para animar la etapa post-coronavirus. ¿Qué ha hecho el italiano? Algo que seguramente no volvamos a ver nunca, ganar partidos sobre tierra batida, cemento y césped en menos de 72 horas. Una montaña rusa que, para sorpresa de todos, no tuvo ni un solo momento de dificultad para él.
La hoja de ruta del tenis romano fue la siguiente. El pasado sábado noche, Berrettini se encontraba en Kitzbühel disputando el evento Thiems’7, concretamente, el partido por el tercer y cuarto puesto ante Roberto Bautista. La superficie, tierra batida, benefició un pelín más al italiano, así que la victoria fue para él (6-4, 6-4). Al día siguiente la agenda dice que hay que coger un avión para volar hasta Niza y disputar la fase final del Ultimate Tennis Showdown de Patrick Mouratoglou, donde primero derrotó a Richard Gasquet (24-8, 12-14, 16-12, 10-13, 2-1) y luego tumbó a Stefanos Tsitsipas en la final (16-15, 15-12, 12-14, 8-15, 3-2) para cerrar el domingo por todo lo alto. Llegados hasta este punto, la proeza ya era reseñable.
Pero Matteo quería el triplete, todavía tenía que dar un paso más para demostrar que cuando un jugador está en buena forma y tiene confianza, no hay variable que le puedas mover para desestabilizar su ecuación. Llegó el lunes y con él, un nuevo vuelo hasta Alemania y una nueva superficie que pisar, la hierba. En Berlín, tras un merecido día de descanso, el martes al mediodía le esperaba un viejo conocido, Roberto Bautista. Ya le había vencido hace dos días y medio en arcilla, mismo desenlace que veríamos en pasto (4-6, 6-3, 10-6). El romano cerraba así la trilogía de superficies y además se clasificaba para una nueva final, donde cruzará esta tarde con Dominic Thiem.
Más allá de los resultados, parece hasta un despropósito empujar al cuerpo a un examen de tal dificultad en un tiempo tan reducido. Mucho más después de una cuarentena, donde el físico todavía está en busca de rodaje. Disputar en menos de 72 horas partidos sobre tierra, cemento y pasto, todos ellos ante rivales de primerísimo nivel y exigencia máxima, no parecía el plan más recomendable. Pero en este caso, Berrettini no solamente afrontó el reto con garantías, sino que además pudo salir vencedor de cada una de las pruebas. Un viaje difícil de entender para aquellos que creíamos que para pasar de una superficie a otra hace falta un tiempo mínimo de adaptación. No si eres Matteo, quien gastó ese tiempo en horas de vuelo viajando entre países. Insisto, tardaremos en ver algo parecido.

