No estaba siendo una de las sensaciones de la temporada, ni siquiera tuvo un buen final de temporada en 2018, pero el circuito de tenis siempre te abre una puerta en cada parada del calendario. Elise Mertens llegó a Doha sin demasiadas expectativas viendo el nivel del cuadro, pero su tenis ha terminado imponiéndose a todas aquellas que osaron cruzar en su camino. Bertens en cuartos, Kerber en semis y Simona Halep en la final (3-6, 6-4, 6-3). Conquista por todo lo alto de la tenista de 23 años que ha logrado algo que muy pocas pueden contar: superar a la rumana habiendo un título en juego. Mertens vuelve a poner sus ojos en ese top15 mundial que ya pisó en su momento, pero no es lo más importante que se lleva de Catar. La confianza, ese factor travieso que viene y va, vuelve a estar en su poder.
Había mucho interés por ver si Mertens por fin podría encontrar la llave que le permitiera competir en una misma pista con Halep. Los dos antecedentes del curso pasado decían que la belga todavía estaba lejos: 6-0 y 6-3 en Madrid; 6-1 y 6-1 en Roland Garros. O lo que es lo mismo, cinco juegos ganados en dos encuentros. Es verdad que ambos fueron en tierra batida y, probablemente, en la gira en la que más cómoda se encuentra la de Constanta, pero de momento no teníamos otro dato al que agarrarnos. Empezó la batalla y solamente con el primer juego ya se consumieron diez minutos de reloj. Era un buen inicio, al menos prometía un choque interesante.
Los diez minutos de reloj, por cierto, habían servido para que Simona firmara el primer break del encuentro, pero no se podía relajar. El siguiente juego duraría solo tres minutos y representaría el contrabreak de Mertens. El momento de descontrol lo iba a rematar una vez la rumana, sumando el tercer quiebre consecutivo, esta vez en apenas 90 segundos. De más a menos, el partido se había metido en una espiral incontrolable para ninguna de las dos, hasta que una de ellas pisó el freno. Todavía veríamos el marcador ponerse 3-3, pero ni con estas sería suficiente para que la belga se acabara de creer su potencial.
La Nº3 del mundo (qué raro suena después de tanto tiempo) ya no cedería más terreno en esta manga, apoyándose en su crecimiento en pista y en las dobles faltas que continuamente la iba regalando su rival. Había sido un cruce de poder a poder hasta ese 3-3, pero Elise no aguantó la presión de los juegos decisivos. Mirando las estadísticas no se hacía justicia con esa pelea inicial, pero es que cuando Simona se pone en plan campeona hay muy pocas pegadoras que sepan cómo pararla. Acabó el set igual que iba a comenzar el siguiente: arrasando. Concretamente, fueron 17 puntos consecutivos para la campeona de Roland Garros, embalada hacia la victoria (6-3, 2-0 y saque). Pero no tan rápido.
A veces el tenis te sorprende de una manera inexplicable, quizá por eso Simona pasó de ser incapaz de perder un punto, a ceder el break logrado en el segundo set. Mertens se vio con opciones y rápidamente pidió un MTO que, sin exagerar, duraría casi diez minutos. Algo pasaba en su espalda. Un tiempo extra que muchos interpretaban como una jugada maestra para romperle el timing a su oponente. A la vuelta todos nos quedamos extrañados porque Elise no parecía tener ningún problema más allá de los que le proponían desde el otro lado de la red, así que podíamos continuar. Se llegó al 4-4, allí donde antes había flaqueado la belga, pues ahora iba a ser lo mismo a la rumana.
Dos juegos seguidos de Mertens ponían las tablas en el marcador y provocaban un cabreo importante en Halep, quien rápidamente pedía un TMO para tratar sus problemas en el pie derecho. El partido había dando un pequeño giro inesperado que todavía se engrosaría más en el tercer set. Elise, con break de entrada, hizo saltar las alarmas. Simona, que siempre atiende estos mensajes, subió a la sala de operaciones a apagarla (2-2). Pero la tendencia había cambiado, ahora era la belga quien dominaba sin reparos, demostrando que la remontada que estaba firmando no iba a ser en vano. Se lo llevó Mertens con todo el mérito posible, incrédula, acababa de tumbar a su bestia negra en la final más importante de su carrera. No todos los días se puede contar algo así.

