Doce años después, Nadal reconquista Beijing

Doce victorias consecutivas para el español que captura ante Kyrgios su sexto título de la temporada. Empezó la semana salvado 2MP ante Pouille.

Fernando Murciego | 8 Oct 2017 | 15.19
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En el tenis puedes pasar del todo a la nada en un segundo y viceversa. Rafa Nadal arrancó su camino en el ATP 500 de Beijing salvando dos bolas de partido en su debut ante Lucas Pouille. Por un momento estuvo fuera del tablero, pero decidió pelear. Hoy, en el último día de torneo, el balear aparece levantando el trofeo después de tumbar en la final a Nick Kyrgios (6-2, 6-1) y conquistar su sexto título de la temporada, el segunda de manera consecutiva tras el Us Open. El número 1 del mundo sigue en estado de gracia y no parece que nadie pueda detenerle por el momento.

No fue la noche de Nick Kyrgios, todo el partido con gesto feo aunque con buenas aptitudes para la competición. La actitud ya es otra historia, aunque en su caso, es la de siempre. Salió Nadal con un ritmo vertiginoso, sabiendo que al otro lado de la cinta hallaría a un francotirador en busca del tiro más preciso y peligroso. Aceptó su juego, abrazó su lado más ofensivo y le dio de su propia medicina. La pelota volaba en la pista central de Beijing, pero siempre con el manacorense ofreciendo un punto más de seguridad y control. El justo y necesario para poner todavía más nervioso a Nick y que éste solo fuera saliéndose del partido. Que si un ojo de halcón que no comparto, que si una reclamación a destiempo, que si una falta de respeto que te cuesta un punto de penalización, etc. Demasiados pájaros como para estar atento del nido. Rafa aceleró su marcha sin preguntar y terminó varios kilómetros por delante con un 6-2 en su pantalla.

Lo estaba haciendo todo bien, como viene siendo costumbre estas últimas semanas, pero en este torneo ha sido el revés el golpe con el que ha marcado diferencias. No importa cómo ni quién se lo busque, lo que encuentra es una respuesta impracticable. Sobre todo cuando lo conecta cruzado, dibujando winners con ridícula facilidad. Kyrgios no lo veía claro y empezó a pegarle todavía más fuerte, a jugar con más riesgo en sus tiros y soñar con que la inspiración bajase y se posara en las cuerdas de su Yonex, pero el resultado fue un 3-0 de salida para el balear en la segunda manga. Ahora sí que las cosas empezaban a estar más o menos claras.

Cuando el de Canberra dejara de morder las toallas y se levantara del banco para disputar el cuarto juego, el último tren para sus intereses pasaría por Beijing. Imaginen lo negro que lo tenía que ese juego empezó ganándolo 40-0 y lo terminó cediendo. No era la noche, no era el día y no era el momento. Nadal, mientras tanto, repartía estopa sin inmutar el rostro, implacable, con la contundencia y la determinación que todos buscan en los momentos importantes. Esta corona ya no se le escapaba.

Doce años han tenido que pasar para que Nadal vuelva a vestirse de emperador en Pekín, desde aquel 2005 en el que conquistó esta tierra por primera vez ante Guillermo Coria. Por el camino, dos finales perdidas ante Novak Djokovic (2013, 2015), hasta que a la tercera fue la vencida. En total, desde el US Open, el español advierte un récord de 12-0 a su favor en partidos oficiales, dándose todavía mucho más aire en esa pelea por el número 1 que prácticamente tiene ya en su poder para el final de temporada. A partir de mañana, Shanghai le volverá a poner en el escaparate, esta vez compartiendo cuadro con su máximo perseguidor, Roger Federer.