Eva Asderaki describe la vida de un juez de silla de élite

La prestigiosa umpire griega reflexiona sobre su trabajo y habla de lo que significó arbitrar la final femenina de Wimbledon 2017.

Todos los amantes del tenis habrán soñado alguna vez con ser jugadores profesionales, pero cuando la cruda realidad se impone y queda patente que no hay talento suficiente, la imaginación vuela hacia otras figuras. Son los jueces de silla, o comúnmente conocidos con el apelativo anglosajón de umpires. Personas que viajan por todo el mundoy cuyo trabajo es dirigir centenas de partidos al cabo de un año.

Profundos conocedores del juego y del circuito, los jueces de silla son una parte fundamental de la caravana itinerante del tenis mundial y su labor no es solo cantar la puntuación y corregir bolas dudosas, sino dar confianza a los jueces de silla y tener una estrecha relación con los jugadores, que permita que éstos confíen ciegamente en ellos para solventar cualquier problema y poder estar plenamente concentrados en la pista.

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La figura del árbitro en el tenis poco tiene que ver con la del fútbol. La polémica, las protestas continuas, el afán por engañar y la percepción de un potencial enemigo que se tiene de los jueces en el deporte rey en muchas partes del mundo, está en clara oposición con el respeto reverencial que se profesa a los umpires en el mundo del tenis, por parte de todos los estamentos del tenis mundial, desde jugadores hasta aficionados.

Y es que no es raro ver a estrellas mediáticas como Carlos Bernardes, Mohammed Layani, Pascal María o Cédric Mourier fotografiarse con espectadores que les reconocen y les aprecian en todos los rincones del planeta. Desde hace años, una mujer se ha destapado como una de las mejores jueces de silla del mundo: la griega Eva Asderaki. Es la única mujer que ha arbitrado una final masculina de Grand Slam (fue en el US Open 2015 entre Novak Djokovic y Roger Federer) y en Wimbledon 2017 tuvo el reconocimiento de la organización al ser designada como la umpire para la final femenina entre Garbiñe Muguruza y Venus Williams.

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"Todas las finales de Grand Slam son especiales pero Wimbledon tiene algo que no sé explicar. La forma de hacer las cosas, el protocolo...", asegura en declaraciones recogidas por Tennismash, la sonriente y carismática Eva, que se caracteriza por su empatía con los jugadores y habilidad innata para tomar decisiones valientes a la hora de corregir bolas. "Hay cosas que hacen especial a Wimbledon. Pude hablar con el Duque de Kent, me dieron invitaciones para que familiares vinieran a ver la final que yo arbitraba y es como que te sientes especial", asevera Asderaki.

Trabaja 18 semanas al año en Grand Slams, Copa Davis y Copa Federación. Empezó en este mundo cuando a los 16 años fue requerida para ayudar como juez de línea en un torneo local en Grecia, y ya lleva 20 años inmersa en un mundo que le apasiona y que comparte con tan solo tres mujeres más contratadas por la Federación Internacional de Tenis. "Me encanta mi trabajo, poder moverme sin libertad sin que nadie me reconozca", asegura la mujer afincada en Melbourne desde hace años.

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"Lo mejor que le puede pasar a un juez de silla es pasar desapercibido al final del partido. Si nadie tiene nada negativo que decirte es que has hecho un buen trabajo", asevera Eva Asderaki, una mujer humilde, trabajadora y que se hace respetar y querer en la élite del tenis. Tiene mucho futuro por delante para seguir agrandando su leyenda y disfrutando de una profesión envidiada por muchos.

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