Del Potro es un cerdo

El argentino, campeón de Copa Davis, mostró al mundo entero la diferencia entre estar implicado y comprometido en un equipo con un objetivo común.

Nacho Mühlenberg | 30 Nov 2016 | 16.28
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El domingo 27 de noviembre de 2017 a las 21:50 de Zagreb se rompió el maleficio que acompañó al equipo argentino de Copa Davis durante casi un siglo. El combinado albiceleste se proclamó campeón del mundo por primera vez en la historia y ese mismo día me di cuenta de algo insólito: en Argentina hay un tenista llamado Juan Martín del Potro que es un cerdo.

Y plasmo estas palabras sobre la computadora sin estar pensando realmente mucho lo que estoy escribiendo. Sale de dentro del corazón, del alma. Se tipean en la semana más gloriosa del deporte argentino desde que tengo memoria. Porque en el Mundial de México de 1986 tenía apenas tres meses y, evidentemente, no tengo la capacidad de recordar qué pasó. Pero me contaron que estaba haciendo la siesta y un desaforado envuelto en lágrimas me despertó a los gritos: era mi papá festejando el gol de Maradona a los ingleses.

Mamá, ajena a lo que estaba ocurriendo en ese living comedor de Temperley, una ciudad al sur de Buenos Aires, se calentó. Recriminó a su marido por haber despertado a su hijo después de numerosos intentos para que se durmiera. El argumento de papá fue claro y devastador: “Acabo de ver el mejor gol de la historia del fútbol. No me importa nada. Que llore, que llore porque esto es historia de los mundiales. Es lo máximo”, le gritó como un barra brava. A mamá no la convenció en absoluto en ese momento, pero el tiempo le dio la razón a papá.

En junio de 1986 era demasiado bebé como para memorizar algo del famoso partido de Maradona. Ese título es el recuerdo que quedó en la mayoría de argentinos de un éxito deportivo. Sí es cierto que más adelanto vino la Copa América de 1993 o la medalla de oro en básquetbol en Atenas 2004, pero nada fue comparable al mundial de 1986. Excepto, por mis gustos, por mi crianza y por lo que significa el tenis en mi vida, lo ocurrido el pasado fin de semana en Croacia de la mano de Juan Martín del Potro.

Viendo el partido del tandilense, repasando lo que fue su temporada y analizando sus palabras antes, durante y después de cada partido llegué a la conclusión de que Del Potro, debido a su compromiso con el tenis, con la Argentina y con su forma de entender su vida, es un absoluto cerdo.

Para un 'continental breakfast' se necesitan dos huevos y una porción de bacon. En un desayuno de este tipo, hay una notable diferencia a destacar: la gallina está implicada y el cerdo comprometido. Esto es así porque la gallina solamente ha pagado una parte del precio por hacer el desayuno: solo puso dos huevos. El cerdo, en cambio, pagó el máximo precio posible: se dejó la piel y la vida para hacerlo posible.

Pep Marí, psicólogo deportivo de élite, me comentó esta fábula y no dudé en calificar a Del Potro como un cerdo. No alcanza con dejarse los huevos, hay que dejarse la piel. Y Juan Martín lo hizo al 100%. Volvió al circuito con el cuchillo entre los dientes y dispuesto a dejarse el alma en cada pelota, en todos los entrenamientos, y sufriendo el agotamiento físico y mental que supuso enfrentarse a sus oponentes más duro: los quirófanos, los dolores, las recuperaciones y la incertidumbre.

Del Potro es uno de los íconos más grande del deporte argentino en los últimos tiempos debido a sus valores y coherencia con lo que hace y dice. Confirmó que para ser uno más, basta con implicarse; para ser uno de los mejores, se requiere compromiso; y que, como él hace, para aspirar a lo máximo se necesita un estilo de vida dedicado al tenis. Nunca tiró la toalla por más palos que encontró en el camino.

Juan Martín llevó a su límite su amor por el tenis y demostró que no hay barreras que puedan frenar el deseo del corazón y la mente. El actual número uno de Argentina está dando señales de que tiene una cabeza abierta y despierta y un hambre que no lo sacia ni el mejor título por equipos del mundo. Del Potro se comprometió con los argentinos, con los compañeros y puso soluciones a los problemas. No trabajó para ser un espectador sino que se preparó para hacer historia.

Y lo que sucedió en Zagreb el pasado domingo ya está en el corazón de diferentes generaciones de argentinos que vieron como Del Potro, Delbonis y compañía lograron el mayor hito deportivo que ellos tienen en sus mentes y corazones ahora mismo. Con mucho orgullo, como argentino, hincha, periodista y fanático del tenis, ya puedo decir que viví en la época en que un cerdo ganó la Copa Davis.