Daniel Evans era uno de los últimos ilusionistas del circuito ATP. Enjuto, bajito, con aspecto gruñón en ocasiones... pero con un caudal de talento y magia que hacía levantarse al público de sus asientos en repetidas ocasiones. Conocido por sus declaraciones fuera de la pista, por sus rifirrafes con otros jugadores dentro, por aquel episodio de su carrera en el que dio positivo por cocaína... pero también por su gran gesto con Andy Murray, despidiéndolo en los Juegos Olímpicos y sacrificando el defender 500 puntos por el camino, por su tenis variado y de autor y por su irreverencia y falta de miedo para expresar lo que se pasaba por la cabeza, la historia de Dan Evans es la de un tipo que siempre fue fiel a sí mismo en una carrera profesional convertida en una montaña rusa.
Su carrera comenzó con episodios de desencuentro con la Federación Británica, que dejó de brindarle apoyo económico por su falta de actitud y profesionalismo. No sería su último encontronazo, en una rivalidad que ha vivido en Wimbledon sus últimos capítulos: a pesar de la constante predisposición de Evans para ayudar al equipo nacional de Copa Davis (con quien se proclamó campeón en 2015), la LTA no quiso concederle una invitación al cuadro final de Wimbledon 2026, viviendo su último baile en el exilio de Roehampton, en la fase previa.
Dan Evans gives it everything but loses out in the second round of qualifying at @Wimbledon to bring his incredible singles career to a close.
— LTA (@the_LTA) June 24, 2026
Next up: doubles with Henry Searle at the Championships next week. pic.twitter.com/FBkgw6MpXc
Daniel Evans, un mago irreverente: esta es su historia
Evans era etiquetado como una de las mayores promesas del tenis mundial, pero su regularidad y ética de trabajo nunca estuvieron a la par que su talento. Cuando se encauzaron, logró entrar en el top-60 del ranking y firmar una de las actuaciones más destacadas de su carrera: en el US Open 2016, teniendo bola de partido ante el a la postre campeón, un tal Stan Wawrinka. Un duelo inolvidable bajo la noche neoyorkina que impulsó definitivamente la aventura de Stan en Flushing Meadows: quizás, sería imposible escribir a día de hoy su nombre en el trofeo sin aquel encuentro.
Cuando mejor pintaban las cosas, la adicción a la cocaína puso un freno a la carrera de Dan. Sancionado por consumo durante más de un año, él mismo reconoció cómo se apoyaba en la droga para sustentar sus mejores picos de tenis. Esta historia, sin embargo, tiene un elemento revitalizador: ya acercándose y entrando en la treintena, el mago de Birmingham decidió que era el momento de dejarlo todo atrás, enfocarse únicamente en dar el 200% y ver hasta qué punto podía demostrarse a sí mismo que siempre tuvo la materia prima para llegar lejos.
Los resultados hablaron por sí solos: dos títulos, en Melbourne y Washington (siendo este de categoría 500, el mayor de su carrera), un ascenso hacia el puesto #21 del ranking ATP y una segunda semana del US Open. Dan se convirtió en una presencia habitual en los grandes torneos y sostuvo durante varias temporadas su lugar en el top-100, llenando de gotas y dosis de talento el circuito masculino.

Fue ahí donde nos dimos cuenta de lo heterodoxo de su estilo, de ser un jugador casi en peligro de extinción: revés a una mano, utilización constante del cortado, cambios de ritmo y direcciones, ángulos cortos, "chiquititas" cerca de la media pista, saque y volea... era contracultural ver a un tipo tan pequeño desplegar un tenis tan de otros tiempos, más aún en un circuito que viraba hacia la potencia de gigantes que se desplazan por el fondo con el vigor y la explosividad de hombres de su altura. Sus últimos trazos, además, trataron de demostrar su compañerismo en el circuito: se ofreció a disputar los Juegos Olímpicos junto a Andy Murray, en la categoría de dobles, para permitir el último baile del de Dunblane, a pesar de que eso supondría perder los 500 puntos del torneo de Washington (que se disputaba en las mismas fechas) y una debacle total en el ranking.
Dan nunca se levantó de aquella, y quizás su historia merecía un final mucho más feliz. Una ovación, al menos, en un lugar donde siempre se sintió como en casa: que Wimbledon hubiese sido el escenario del último capítulo de una historia con no siempre un guion positivo, con giros inesperados, caminos de redención, choques y perdón. Un sello de película para el 'Peaky Blinder' que alumbró al vestuario con un tenis de otro tiempo. See you soon, Evo!

