Vivimos tiempos difíciles en los que uno (o una) ya no puede ser reponedor de supermercado y al mismo tiempo estar contento consigo mismo y afirmar que tuvo éxito en la vida. Hay que ser Steve Jobs o como mínimo haber ganado «Master Chef». Y es que claro, a nadie le motiva ser albañil, así que debemos dejar de construir edificios y hacer caso a los coaches de ‘Youtube’. Dejar incluso de dormir, ya que mientras dormimos alguien trabaja para ser mejor que nosotros en aquello con lo que soñamos.
Qué pesados.
Menos mal que todo tiene su época, como las inmobiliarias.
Cualquiera no está llamado a grandes cosas igual que cualquiera no tendría derecho a una casa en el campo aunque todos la quisiéramos. Sencillamente sería antisistémico colocarlas todas allí. El sueño está muy bien, pero uno también puede ser feliz en un pisito o no pudiendo acabar el ‘Ironman’.
Bien. Aun así, alguna vez hasta escuché miradas sobre la idea del éxito, o de las metas —o del “derecho al delirio”—, que me parecieron saludables. Por ejemplo la de Eduardo Galeano, quien hablaba en una entrevista, hace años, sobre la utilidad de la utopía, citando a Fernando Birri, así: “La utopía está en el horizonte. Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré, que si yo camino diez pasos ella se alejará diez pasos. Cuanto más la busque menos la encontraré, porque ella se va alejando a medida que yo me acerco. ¿Para qué sirve entonces? Para eso: para caminar”.
Y a veces hasta el axioma falla y Pennetta, después de 33 años caminando, ve cómo el horizonte se detiene. Ella camina esos diez pasos pero el horizonte no, así que cuando alcanza su línea se coloca sobre ella, y desde allí anuncia su retirada del tenis levantando la copa del US Open.
Me imagino a Roger Federer siendo uno de los siguientes en hacer fallar los principios fundamentales de la utopía. Se lo ve caminando con el paso firme adecuado.

