La pregunta de Roger Federer en Wimbledon
Con el resultado de Grand Slam más pobre en nueve años, Roger sale de Londres entre interrogantes
Roger Federer clavó la rodilla entre las briznas de Londres en una tarde para el recuerdo. Cuando se cumplían diez temporadas de su primera victorias en el All England, cuando los libros habían recogidos toda una década de hazañas sobre el césped británico, Roger firmó su página más negra en la capital inglesa. Sergiy Stakhovsky fue el encargado de abrir las carnes del suizo a ojos de una grada estupefacta. ¿Qué denota este desenlace para Federer? ¿Se pueden extraer conclusiones de un tropiezo prematuro?
En Punto de Break abrimos unas líneas de debate sobre la figura del suizo. Independientemente de lo que indique el ranking, compuesto por tres cifras, la actuación de su oponente fue un manual sobre césped. Pero también una radiografía de una serie de aspectos que van apareciendo cosidos a los ropajes del helvético. No se trata de la derrota, a fin de cuentas un choque no permite ver el cuadro completo. Se trata de las tesituras que se van acumulando sobre la figura del gran campeón suizo.
No hay que hacer lecturas precipitadas de un solo encuentro, pero éste no es un partido cualquiera. Éste es el tipo de duelos que Federer no solía perder. Ésa es una realidad que puede aceptar hasta el corazón más cercano al maestro suizo. Si en la disciplina había una variable de segura apuesta eran las profundas carreras de Roger en Grand Slam. La clase de encuentros que servían de trampolín para bregar por las grandes coronas. Cuando Roger fija la mirada en el césped de Londres no sólo encuentra el verdín tintando sus zapatillas. Observa nueve años de regularidad, siempre al menos en los cuartos de final de los grandes, hechos añicos. Una racha iniciada en Wimbledon 2004 y extendida hasta la última edición de Roland Garros.
Todo terminó sobre el pasto de Londres. Ni la hierba, su superficie fetiche. Ni el formato a cinco mangas, un candado respecto a potenciales sorpresas. Ni la Pista Central, el escenario donde ha forjado buena parte de su leyenda. Nada de eso pudo proteger al genio de Basilea de uno de los tropiezos tenísticos más sonados en años. Si Roger, en el décimo aniversario de su primer cetro, no puede proteger su orgullo en Wimbledon, ¿dónde logrará endurecerlo?
"Cuando juegas con Federer en Wimbledon, es como si lo hicieras antes dos personas: Roger Federer y su ego" comentaba Stakhovsky tras gobernar el partido más grande de su vida. Señalando a la dimensión legendaria del suizo en un entorno como la pista principal de Londres. Ambas figuras sufrieron un zarandeo notable durante una soleada tarde de junio. Dejando al suizo con el rostro torcido en un nuevo grande una vez más este año.
Las últimas tres derrotas en Grand Slam, tradicional fortaleza del helvético, han mostrado una serie de estrías de amenazador aspecto en la figura del campeón de diecisiete grandes. En Australia, ante el esculpido cuerpo de Andy Murray, la carrera por el quinto parcial se presentó físicamente inabordable para el helvético. En Roland Garros, enfocado a un explosivo Jo Wilfried Tsonga, se observó a un Federer romo al saque (¡ningún ace en partido de Slam por primera vez!) y sin la alegría de pies de antaño, siendo atravesado en el fondo con facilidad sobre la superficie más lenta del circuito. En Wimbledon, enfrentado a un apologeta del juego del saque y volea, el suizo se encontró con un enigma táctico incapaz de resolver y un desempeño al resto preocupantemente tibio. Cada derrota en Grand Slam de 2013 han mostrado un flanco en regresión y, fruto del paso del tiempo, las piezas a encajar en el rompecabezas se van multiplicando con cada major. Cada vez hay más variables susceptibles de imprecisión cuyo ordenamiento supone un desafío crecientemente escarpado.
Federer copó las portadas de la prensa británica tras su derrota en Wimbledon
“No hay que entrar en pánico, únicamente volver al trabajo” se repetía el helvético tras su caída más temprana en Wimbledon desde que Federer se escribe con letras doradas en Londres. Consciente de que al mosaico poco a poco se le van desprendiendo estelas. Un hombre que ha diseñado un calendario poroso, con la voluntad de recoger los frutos de una puesta en escena potente en cada torneo, se encuentra con julio en los pies y apenas un cetro en las manos. Es una reivindicación humana del gran campeón. Apelar al sudor cuando de la piel brota genio. Suele decirse que el esfuerzo supera al talento cuando el talento no se esfuerza lo suficiente. Se han vertido ríos de tinta sobre la teoría que indica que a Roger le cuesta remar más que nunca cuando la pendiente se inclina. Puede que sean solo sensaciones, pero es un aire que antes no se respiraba con el helvético.
Una de las grandes narrativas del verano será contemplar el impacto que tendrá tal derrota sobre la mente del gran campeón. Separado del título a cinco partidos de la meta, el suizo caerá a la quinta posición del escalafón. Jamás contempló el tenis desde un piso tan bajo desde que alzase su primer grande. Y de eso ha transcurrido más de una década en el tenis de alta competición. Años atrás, expresaba una filosofía como modo de vida. “Para mí, la cuestión es ser número 1 o estar en el cuadro final”. Sin medias tintas. Estar en el techo o vagar en el limbo. Nada entre el negro y el blanco. A día de hoy, volver a la cima se antoja algo más que un sueño. Puede salir de Londres con menos de la mitad de puntos que el hombre referencia.
Las pistas de Norteamérica, tradicional sustento del suizo, serán el terreno donde busque la confianza desperdigada en el primer tramo del año. Desde 2004, con la única excepción de 2011, saldó Roger esta gira con Masters 1000 o Grand Slams debajo del brazo. Descartar al suizo para un torneo dado es una temeridad. Pero Wimbledon ha mostrado que no hay garantías intocables. La cuestión, aplicable al resto de puntos anteriores, es clara: ¿podrá Federer seguir haciéndolo?