De necios sería eludir el hechizo de la Davis. Es demasiado tarde para descubrir la magia que encierra cada partido de una competición que enamora desde antiquísimos tiempos cuando los tenistas vestían de blanco, el esqueleto de las raquetas estaba compuesto por madera y todavía existían especialistas según el campo de batalla.
Que honor y privilegio se unen cuando un jugador salta a pista para defender la enseña del país que le vio nacer es algo evidente. Representar las ilusiones de una nación empuñando una raqueta es uno de los grandes sueños que cualquier tenista desea cumplir durante su caminar por la élite. ¿Qué sucede entonces? ¿Por qué la pregunta que da vida al titular de estas líneas lleva revoletando el ambiente desde hace años?

La Davis reúne actualmente tres cualidades distintivas: atracción por la unión de fuerzas individuales en busca de un objetivo grupal, implicación del público hasta desorbitados límites y la sensación de responsabilidad extrema padecida por cada jugador. Quizá la más importante de las tres es la que atañe directamente al tenista. Acostumbrados a competir en solitario, el efecto de encontrar un hombro amigo sobre el que apoyarse otorga a los jugadores un agradable y desconocido sentimiento de concialiación que conjuga a la perfección con la motivación por afrontar un reto distinto al día a día.
La competición carece, sin embargo, de algo fundamental. Si repasamos qué jugadores presentes entre los diez mejores del mundo han disputado las cuatro últimas eliminatorias de la Davis encontramos a Tomas Berdych y Jo-Wilfried Tsonga como las dos únicas cartas supervivientes al desplome de naipes. Los mejores jugadores del mundo no juegan la Copa Davis de forma regular. Obligados e elegir entre intereses personales o colectivos, la mayoría se inclina astutamente por la primera opción. Esto es una realidad constatable y por tanto irrefutable.
La saturación del calendario y la desacertada situación de las cuatro eliminatorias que trazan el camino desde la primera ronda a la final (tras el Abierto de Australia, antes de la gira de tierra batida en el corazón de la temporada, tras el Abierto de los Estados Unidos y como broche al curso competitivo en el mes de noviembre) no ayudan a implicar a los grandes nombres en la fiesta.
Los torneos del circuito profesional invaden once de los doce meses del año. La Davis se juega en el mejor de los casos cuatro veces cada temporada. Son partidos al mejor de cinco mangas sin desempate en la última. Actualmente, solo los eventos que conforman el Grand Slam se disputan siguiendo esas reglas. Las fechas y la normativa impuesta para los partidos forman un coctél difícil de digerir por todos.

Valoremos entonces la opción de reformar el formato de la competición.
¿Por qué no apostar por una Davis bienal? Cabe recordar las reiteradas peticiones de algunos ilustres jugadores para que los organizadores se atrevan a dar el paso de convertir lo monótono en especial. Migrar hacia esa configuración facilitaría la participación en el debate de las grandes voces del panorama tenístico. Parece una nimiedad, pero no tener la obligación de pelear por la Ensaladera cada temporada supondría un importante alivio para los grandes jugadores.
Incluso podemos ir un poco más lejos de lo expuesto anteriormente.
¿Por qué no cambiar por completo las reglas del juego? ¿Por qué no convertir la Davis en una vitaminada mezcla del Mundial de fútbol y la Copa Hopman de tenis? 15 días, por ejemplo. Una única sede y una superficie que rotaría en cada nueva edición. Sorteo puro de los emparejamientos que conformarían una fase de grupos para posteriormente afrontar la recta final del torneo con tres rondas más (cuartos, semifinales y final). Fácil de pensar y escribir, pero muy difícil de realizar.
Esta alternativa para vivificar la pelea por la Ensaladera tiene aspectos tan atractivos para el aficionado como afables para el jugador. Aunque el público suele asistir fielmente a cada serie, los que ocupan el graderío encontrarían el aliciente de acudir a un acontecimiento especial, marcado por el concepto de exclusividad que rodearía a algo celebrado cada dos años. Uno de las grandes encantos de los Juegos Olímpicos reside precisamente ahí: el atleta sabe que en su vida tendrá muy pocas oportunidades para hacer suyo el tesoro que se reparte desde 1986 en Atenas a los ganadores de la mayor fiesta del deporte. Para el jugador, claro está, sería un alivio físico y un estímulo mental. La idea de formar parte de algo similar a un Mundial con raquetas emociona nada más imaginarlo unos segundos.
Pero me atravería a decir que esto es imposible.
Para empezar, la Federación Internacional de Tenis no contempla esa opción. Reducir una de sus principales fuentes de ingresos anuales a 15 días cada dos años no está colocado en la lista de prioridades. Y en cierto sentido es normal si evaluamos la situación desde un prisma extradeportivo. Ganar dinero es el fin principal en la escala de los empresarios que establecen las normas. Ellos no piensan en los jugadores, aunque los jugadores sean los encargados de mantener con vida una llama vapuleada por el viento que amenaza con apagarse para siempre. Sin grandes jugadores no hay interés. Y sin interés no hay negocio.
Evolucionar es elemental para avanzar. Quizá merece la pena intentarlo.

