Novak Djokovic se proclamó campeón de su cuarto US Open hace apenas unas horas. Al igual que tras su triunfo en la Philippe Chatrier, el día de hoy podríamos reflexionar sobre los números y realidades que rodean a esta hazaña... pero Nole, fiel a sus valores y forma de entender la vida, encauzó el relato en una dirección diferente.
Tras cada Grand Slam, en Puntodebreak ya es tradición hacer un artículo que homenajee al campeón del evento. No en vano, como ha pasado en este US Open 2023, 128 jugadores se baten el cobre en la prueba más ardua y física que un tenista puede experimentar, buscando una pequeña rendija por la que entrar al Olimpo tenístico. Cada gran torneo esconde partidos impresionantes, revelaciones, decepciones, épicas batallas y notas curiosas que moldean el destino de todos sus participantes... pero solo uno de ellos, en un recordatorio anual de la crueldad y crudeza del tenis, se proclama campeón. En los últimos tiempos, claro, hemos escrito muchos artículos de este tipo sobre un tal Novak Djokovic. Nadie gana más que él. Nadie somete a sus rivales tanto como él. Nadie ha mirado a los ojos a su destino con tanta fiereza y determinación como él... y, claro, llega un momento en el que se nos acaban los calificativos.
Tampoco ha habido ningún jugador en la historia de este deporte que haya tenido que hacer tantos esfuerzos para encontrar el digno reconocimiento de la gente. Etiquetas fijadas por corrientes de épocas pasadas que aludían a los comportamientos de Djokovic como una especie de cruz perenne que demerita cualquier éxito o hazaña que el serbio firme. Comparativas de rankings, épocas y eras que resurgen con fuerza para quitar el valor que merecen las obras maestras de un tipo empeñado en recordarnos, mes tras mes, que jugar al tenis de esta forma a los 36 años de edad es una marcianada que rara vez hemos visto en la historia de este deporte. Quizás todo este contrapeso con el que Nole trabaja haya ayudado a reforzar, al mismo tiempo, una narrativa empleada para hacer de menos su figura, un intento de hacer menos indigna su candidatura al Olimpo tenístico.
"Djokovic se esfuerza demasiado". "Está obsesionado con los récords". "Nunca será el más querido o el mejor, por mucho que lo intente". Es una frase que estoy seguro que habrán escuchado alguna vez, una especie de dogma que, por desgracia para sus muchos detractores, no ha hecho sino reforzar la mentalidad de hierro del de Belgrado. Estos argumentos esconden, me atrevería a decir, un trasfondo relativamente clasista. El esfuerzo como una variante no lo suficientemente importante para alcanzar la gloria, la ambición como indicador de un carácter menos puro que el de otros que, casi sin esforzarse, se ganaron su lugar. Es difícil llegar a un circuito en el que la belleza y la lucha se funden en una rivalidad tan perfecta y antinómica, lo entiendo. Derribar las percepciones sobre la perfección de sus dos contendientes, pues, es un atrevimiento que conlleva como castigo la no aceptación de aquellos que mueven masas y corrientes. Lo entiendo.
NADA QUE DEMOSTRAR
Pero Djokovic es un tipo testarudo. O fiel a sus valores, claro. Está obsesionado. O ama demasiado este deporte como para no seguir dándole alegrías, claro. Imagino que cada cual decidirá como ver la situación. Ayer encontré un vídeo muy ilustrativo sobre la imagen que Novak Djokovic tiene en su país, un país destrozado por las bombas de las guerras, vilipendiado hasta el extremo por bandos partidistas que van más allá del deporte y que sobre el que se ha creado un injusto estigma que cualquier persona que decida visitarlo eliminará en el momento en el que conozca a su gente. Era la selección serbia de fútbol, recién aterrizada tras disputar un partido amistoso, al enterarse de que Novak acababa de conquistar el #24. El avión era una fiesta, los cantos de 'Nole, Nole' al unísono. No hay nadie que les haya unido tanto y les haya dado tanta luz en los últimos tiempos.
Cuando Djokovic conquistó el 24º Grand Slam, su búsqueda se centró en una persona en concreto. Su primer abrazo, guiño, gesto de complicidad lo recibió su hija, Tara. No hubo gestos de grandilocuencia, señales de altanería o ego, lo que hubiese tocado según aquellos que llevan años y años viendo relatos infundados. Solo alegría, amor y candidez. Djokovic juega al tenis con el tiempo de su lado: por mucho que tenga 36 años, ya no tiene nada que demostrar a nadie. Su tenis ha derribado las limitaciones que muchos le pusieron: su persona, para aquel que quiera pelar las capas y el ruido, ha destruido las proyecciones y narrativas que existían a su alrededor.
Y él, claro, lo ha entendido. Por eso juega liberado y por eso reparte su tiempo en luchas para mejorar el deporte al que ama. Supongo que, claro, eso constituye un crimen para muchos incapaces de reconocer su grandeza. Djokovic lidera, día tras día, la pelea de los que no nacieron tocados por una varita, de los que se sobrepusieron a las adversidades de la vida y los techos que otros les pusieron, de los que deben demostrar más que otros de qué pasta están hechos. Cuando te digan que tu ambición y tus valores no son suficientes, recuerda entonces que el tipo que forjó su carácter entre bombas terminó por derrumbar todos y cada uno de los mitos que se cernían sobre su persona para convertirse, sin paliativos, en el tenista más grande de la historia. Y que lo hizo con una sonrisa, sin olvidarse de los que estuvieron a su lado y sin renunciar a sus convicciones personales. Ahí entenderás que todo es posible.

