Cerrar el círculo

Cuatro años después, Andy Murray y Roberto Bautista se vuelven a enfrentar en Australia. Han cambiado muchas cosas... y otras no tanto.

Carlos Navarro | 20 Jan 2023 | 19.30
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Andy Murray en Open de Australia 2023. Foto: gettyimages
Andy Murray en Open de Australia 2023. Foto: gettyimages

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Lunes 14 de enero de 2019. El Open de Australia abre sus puertas para que dé inicio un apasionante torneo. La mezcolanza de jóvenes y veteranos acude a tierras oceánicas con un solo objetivo en mente: conquistar el título el segundo domingo de competición. Aparecen nuevos nombres (Stefanos Tsitsipas, Lucas Pouille, Alexander Zverev, o un incipiente Daniil Medvedev), a la par que la vieja guardia, es decir, el imperturbable y eterno Big Three, vuelve a reagruparse para defender con fiereza el trono del circuito. En mitad de todo este maremoto tenístico, un hombre roba los titulares días anteriores con un anuncio sorprendente y triste. Es un hombre derrotado, que promete pelear hasta el final, pero que percibe que el inexorable paso del tiempo le gana la batalla. Sir Andrew Baron Murray salta a la pista de la Melbourne Arena para enfrentarse a Roberto Bautista... después de prometer que éste podría ser su último partido en Australia.

Atrás quedan decenas de viajes hacia las rondas finales, viajes donde siempre encontró en un jugador serbio la horma de su zapato. En pocos lugares sufrió Murray más que en Melbourne, donde el destino le enseñaba una y otra vez que el esfuerzo jamás sería suficiente para ser campeón. El mito de Sísifo cobraba vida en la raqueta de Andy, que llevaba la piedra una y otra vez a la cima de la montaña, solo para encontrarse siempre una nueva caída que le obligaría a volver a comenzar. Porque, claro, no lo duden: el de Dunblane es tozudo y seguía acudiendo a su cita, esperando fiel un giro de guion. El giro de guion, sin embargo, llegaba en forma de lesión en la cadera, una pesadilla recurrente que le había llevado a un punto límite. Era momento de reevaluar su futuro, de dejar al tenis en un segundo plano y priorizar la salud por encima de todo. Antes, eso sí, el último baile iba a tener lugar en Australia.

Su pareja fue Roberto Bautista, con quien llevó al límite una velada en la que ofrecieron al público un espectáculo conjunto digno del mejor vals, pero en el que trasladaron a la pista la agonía individual del mejor combate pugilístico. Con visibles problemas físicos, Murray batalló y a punto estuvo de remontar una desventaja de dos sets a cero, pero volvió a morir en la orilla en un set definitivo que servía, una vez -¿la última?- más, como metáfora de sus recuerdos en la Rod Laver Arena. La ovación y el reconocimiento del público, unido a los mensajes de cariño de los jugadores, convirtieron aquella noche en una especie de adiós no anunciado, un reconocimiento oficioso a la labor del mayor obstáculo que tuvieron en su mejor momento los tres inmortales de este deporte.

En la rueda de prensa, Andy Murray confirmó que había dos opciones que pasaban por su cabeza. Una de ellas, optar por el descanso y por el último baile en Wimbledon. Al fin y al cabo, la Centre Court marcó su carrera, tanto para lo malo como para lo muy bueno: era justo despedirse allí. La opción conservadora dejaba poco margen al error, pero el riesgo estaba en tomar la vía alternativa: pasar por una nueva operación que priorizase, ni más ni menos, la "calidad de vida" en su futuro. El tenis quedaba aparcado, un mero asterisco dependiente única y exclusivamente de su recuperación. Tras consultar con otros deportistas que decidieron operarse, en especial Bob Bryan, Andy Murray decide arriesgar. Su tozudez vuelve a hacer acto de presencia y, con el tenis en la mirilla, decide implantarse una prótesis de metal en la cadera. Mientras los ojos del planeta tenis se posan en Novak Djokovic y un nuevo título en Melbourne, alejado de la multitud un guerrero empieza a rearmarse.

LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

Lo que vino a continuación no les sorprenderá lo más mínimo si conocen, aunque sea en pequeñas dosis, al protagonista de esta historia. Si la suerte existe, se posó en el hombro de Andy; si la suerte se gana, el escocés llevaba acumulando puntos durante demasiado tiempo. Solo varios meses después, Murray sorprendía al mundo anunciando su vuelta a las canchas, una vuelta que comenzó de manera gradual, pero que culminó 2019 con un título en Amberes, el perfecto colofón a un año de sufrimiento en el que buena parte del imaginario colectivo ya había escrito su despedida del tenis. Es más: había esperanzas de que, por qué no, Murray volviese a la cúspide del circuito. Si ya lo habían hecho Djokovic, Federer y Nadal tras operaciones de gran calado, ¿quién era él para no desafiar los límites de su cuerpo?

Pero el 2020 dejó de ser un año normal demasiado pronto. El COVID frenó al mundo... y también a Murray. El trabajo constante después de una operación de semejante calado desapareció. Encerrado en los confines de casa, la maquinaria pesada del británico tardó demasiado en carburar: cuando lo hizo, no estaba cerca de ser suficiente ante una nueva generación de jugadores que se movía mejor, que pegaba más fuerte, que tenía más hambre. Andy pasó meses en el limbo, en una pelea constante por encontrar sensaciones en todos los aspectos: mental, físico y tenístico. Con visitas al purgatorio y al cielo entre medias, al menos se dio el gusto de volver a llenar estadios de Grand Slam, incluyendo algunas victorias épicas que contrastaban más tarde con claras derrotas. Solo faltaba un lugar que pisar... el mismo que le llegó a retirar, el mismo que nunca le mostró el rostro de la diosa fortuna.

Y aquí estamos, cuatro años después. Andy Murray ha vuelto a Melbourne y se enfrentará mañana a Roberto Bautista en tercera ronda del Open de Australia 2023. Falta punch para que el relato impacte, ¿no? ¿Qué les parece si les digo que Andy viene de estar en pista 10 horas en solo dos partidos y que ha firmado dos de las victorias más especiales de su carrera deportiva? ¿Y si les comento que, en su último duelo, remontó una desventaja de dos sets y break abajo para vencer en el segundo partido más largo de la historia del torneo? Les lanzo una pregunta, por si igual aún no están emocionados: ¿cómo se quedan si les cuento que su próximo rival es el que, durante varias semanas, podría haber sido su último verdugo como jugador profesional de tenis?

Lo cierto es que al guion de esta película no le importa si el reencuentro se salda con una victoria o no. Lo bonito ha sido disfrutar del viaje: no necesitamos finales edulcorados dignos de Hollywood. Pase lo que pase, Andy Murray debe sentirse ganador. Con solo dos partidos ha hecho que el mundo le vea como un vencedor, y lo ha hecho en el lugar que tantas veces le negó la gloria. No hay mejor revancha que hacer que la gente te mire tal como tú quieres que te mire: cuando Murray salte a la pista y vuelva a encontrarse frente a frente ante Bautista, podrá mirar atrás y decir con orgullo que desafió a todo y todos, que se dio el gusto de cerrar el círculo. Podrá descansar, mirar al futuro y contemplar el trofeo más bonito de todos: la admiración de aquellos que te criticaron en un comienzo, el amor de los que siempre estuvieron contigo. Disfrute y pelee como siempre, Sir Andy.