Es costumbre salirte de tus cabales cuando alcanzas algo impresionante a ojos de todo el mundo por primera vez. Las reacciones denotan alegría, júbilo, son el reflejo de las pulsaciones desbocadas en el momento previo a consumar la hazaña. Hay muchos tenistas que acudieron a una final de Grand Slam con una ligera nube sobrevolando sus cabezas: ¿será ésta la última? ¿Tendré otra oportunidad? Puede haberse dado por diversos motivos, véase un déficit a nivel tenístico o mental con respecto a otros compañeros de su generación, véase una limitación a nivel de edad, véase una narrativa que te obliga a vencer porque "todo se ha alineado" para que lo consigas. Y, sin embargo... Carlos Alcaraz no debió sentir nada de eso. Solo alegría desbordada, pero a la vez un poso enorme en un escenario inimaginable hace apenas doce meses.
Porque en doce meses Carlos Alcaraz ha hecho algo que parecía imposible: desenmarañar récords de longevidad de los que no habíamos hablado en un largo tiempo. Las generaciones posteriores al Big Three fueron engullidas por ese monstruo de tres cabezas con una facilidad pasmosa, elevando la media de edad a cotas insospechadas y poniendo serias dudas sobre el futuro más inmediato de este deporte. Es costumbre vivir periodos de transición tras una gran era, pero la situación ya se pasaba de castaño oscuro: hacía falta que llegara alguien que desafiara la instaurada irregularidad de los jóvenes -y ya no tan jóvenes-.
Que estos tenistas batieran a los históricos o se colaran en finales de Majors podía parecer, a pesar de todo, extraordinario. Una oportunidad única e irrepetible. Un grito para dar un paso adelante, para adelantarte en la final. Parecía que Dominic Thiem lo iba a conseguir. Más tarde, Daniil Medvedev fue el más listo de la clase y se erigió en un nuevo robot, de esos que hacen -casi- todo y todo bien, con un carisma que nacía de su papel de villano y no, quizás, de su lenguaje corporal o tenis. Pero con Carlos Alcaraz, amigos, es difícil no rellenar esas casillas que el tenis necesitaba. Cómo no lo va a ser si apenas quince minutos después de la mayor alegría de su vida se comportaba como si estuviese pensando ya en el siguiente.
Decía Juan Carlos Ferrero que Alcaraz aún no ha alcanzado el 60% de su potencial. Asusta, desde luego. La evolución en su tenis ha sido descubierta por todos, en especial aquellos que tuvimos la suerte de verlo jugar en directo cuando aún tenía 16 años y llevaba un parche de Yogures Reina en las mangas de sus camisetas Lotto. Los techos se establecieron bastante rápido: el saque le limitaba, aunque la mentalidad y su explosividad ya eran noticiables a ojo de cualquier espectador. Alcaraz, pandemia de por medio, no tuvo otra alternativa: volver a normalizar una llegada a la élite tan extraordinaria como sorprendente, dando pasos adelante en todas y cada una de las facetas de su juego.
Muchos otros jugadores vivieron un cierto periodo de adaptación a la élite del circuito ATP, encontrando soluciones de forma gradual, pero sufriendo algunos traspiés en torneos de mayor enjundia. Carlos pasó por delante de todo eso y nadie arqueó una ceja: ya pensábamos a lo grande, nos daba argumentos para centrarnos en los Grand Slams, para exigirle ese estatus de tenista que debe ganar el 98% de sus partidos. Por eso, derrotas como las sufridas ante Tommy Paul o Cameron Norrie polarizaban al público y hacían cuestionar a otros: éste era un tipo que no era como los anteriores. ¿Por qué iba a dar muestras de debilidad antes de un Major tan abierto? ¿Ahora resulta que no es para tanto?
RISE TO THE CHALLENGE
Precisamente en el territorio sagrado de la vieja guardia, en las plazas donde los jóvenes se pierden ante fluctuaciones de salvajes de nivel, ahí era donde Carlos Alcaraz tenía pensado recoger la espada de príncipe de un circuito ATP que gana con él un reclamo absoluto. De nuevo, normalizando lo extraordinario: es imposible no pensar en cosas grandes tras ganar un Grand Slam salvando bolas de partido (a quién nos recordará este tipo de remontadas...), vencer tres partidos seguidos a cinco sets, encarar tu primera final de Grand Slam con la tranquilidad de un veterano y los patrones de un estudioso. Al poco tiempo después, ¿el rostro de Charlie? Feliz, pero ni mucho menos sorprendido.
Alcaraz ya ha derribado la puerta. Hace tiempo que lo hizo. El Olimpo que quería asaltar le había dejado la ventana entreabierta, y él se ha colado por ella mucho antes de que ningún vecino se alerte ni tan siquiera de su presencia. Y todo con la calma de los privilegiados. Es un distinto, un tipo que se sale del molde, que encontró la inspiración en una situación de derrumbe para muchos otros. Quizás su "extraordinariadez" provoque el despertar de otros infantes mucho más temerosos a los desafíos, aunque igualar el tenis de Carlos requiere de un sobreesfuerzo tenístico que no solo se puede explicar desde lo mental. Pero Carlos no entiende de quizás: él había llegado al circuito y se había ganado palabras grandilocuentes desde el minuto uno, y no cumplir con la gente que la pronunció era fallar a su palabra. Aunque no lo crean, eso hoy en día también es extraordinario. Y, quizás, dentro de unos años se rescaten textos como éstos y entiendan esa imagen de Alcaraz tras ser campeón: su mente es tan especial como sus comportamientos. Disfrútalo, Carlitos.

