Ons Jabeur, memorias de África
La tunecina no sólo representa a su país, sino a todo un continente. Siendo un excelente ejemplo de cambios que van más allá del tenis.
En diciembre del año 2010, el pueblo tunecino, extenuado por la crisis económica y por el mandato autoritario que martirizaba a los ciudadanos, decidía emprender toda una revolución. Lanzándose a las calles, la población se alzaba mediante una serie de protestas pacíficas que divulgaban e ilustraban la necesidad de un cambio político, pero también ideológico. Un anhelo democrático que situaría a Túnez como principal modelo de lo que una república africana puede conseguir en materia de derechos civiles. Ons Jabeur aparece, en este contexto, como la representante que escenifica ese nuevo orden.
Como decimos, meses atrás, una joven jugadora de carácter afable, con su gorra como seña de identidad, comparecía en la final de Roland Garros Junior. En la siguiente entrega haría historia al proclamarse como campeona. La tunecina comenzaba a ser un icono para las mujeres de una generación que acabó derrocando al dictador.
Destinos unidos
Un 14 de enero de 2011 finalizaban las protestas y, este 14 de Julio, el actual presidente de la nación condecoraba a la tenista con la medalla al mérito tras llegar a la que sería su primera final en un grande. En Wimbledon, Jabeur se doctoraba en un último partido que se le escaparía en el tercer set.
En una región donde las mujeres han peleado para la obtención de una serie de derechos, como el aborto (recomiendo el visionado de la parte dedicada a este Estado en el documental: ¿Qué invadimos ahora?), Jabeur ejemplifica la manera en la que estas pueden lograr lo que se propongan, aunque las adversidades sean de mayor calado por no haber nacido en Occidente.
Con su título en el Máster de Madrid, con su batalla en la hierba londinense y con su entrada en el Top Ten, el mundo de la raqueta vería por primera vez como una mujer árabe y norteafricana lograba tres marcas nunca antes vistas. Cabe recordar que la última jugadora africana en alcanzar el selecto grupo de las diez mejores fue Amanda Coetzer, obteniendo una meritoria tercera plaza.
Sin apenas patrocinadores en sus inicios, con todo un territorio en plena transición (afectando esta situación a la Federación tunecina de tenis) y en un continente donde han ido desapareciendo torneos a los que asistir, la quinta posición que ostenta y la manera en la que la ha conseguido, hacen de su carrera una leyenda, toda una epopeya.
Un símbolo más allá de los focos
Con los pies en el suelo, en el que es el mejor momento de su carrera, la de Monastir demuestra su gratitud y revela su predisposición a ayudar, siempre que le es posible, a su nación. Ejemplo de este compromiso fue el que exhibió al subastar la raqueta con la que había competido en el verde del All England Tennis Club. Lo ganado iría a parar a los hospitales de su país, necesitados de cierta asistencia económica.
Por otra parte, su tenis enamora demostrando fantasía en sus golpes junto a una plasticidad fuera de lo normal. Sin obviar su entrega y su gran actitud en cancha. Además, ha manifestado su capacidad para aclimatarse a todo tipo de superficies, adaptándose a la perfección a las situaciones que requieren de una mayor fuerza y capacidad mental.
Unos éxitos que a buen seguro irán en aumento, pues la pionera en la que se ha convertido conquista según actúa y, por cómo actúa, conquista.