Antes de ser la cara reconocible de Eurosport y uno de los comentaristas más mediáticos de todo el mundo, Mats Wilander fue un excelente jugador de tenis. Cuando digo excelente, me refiero a histórico y legendario. El sueco llegó a ganar 3 Grand Slams en un mismo año, ser número uno del mundo y batir múltiples récords de precocidad. Poseedor de un juego de precisión cirujana, enarboló la bandera sueca poco antes de que Stefan Edberg le tomase el relevo. Parecía que iba a comerse el mundo... y el mundo le comió a él.
Por desgracia, su estancia en la cima fue fugaz aunque suficiente para dejar un legado inolvidable. Nunca viene mal recordar sus andanzas por el circuito, y más si es de la mano de Behind The Racquet, que le dio el altavoz a Wilander para que detallase qué pasó por su mente durante su periplo como jugador. Dudas y miedos, todo redactado con una franqueza admirable. La carta, traducida a continuación, no tiene desperdicio.
"Nuestro tercer hijo nació con una enfermedad genética que afecta gravemente a su piel. Cuando tenía tres años, nos mudamos de Connecticut a Idaho porque el aire seco era mejor para él. El tenis me ha enseñado a esperar lo inesperado y a adaptarme a situaciones únicas. Estas cualidades me ayudaron a sobrellevar su enfermedad. Ser padre es la mayor adaptación que puedes vivir como ser humano.
Mi carrera se dividió en dos partes. Durante la primera época, alcancé mis límites físicos y emocionales, pero no a nivel de felicidad. Con 16 años me convertí en profesional. Con 17 años conquisté mi primer Challenger y también gané mi primer Roland Garros en 1982. Durante los seis años siguientes, gané varios Grand Slams y subí en el ranking. Todo parecía demasiado fácil. A la edad de 24 años gané el Us Open de 1988 y me convertí en el número uno del mundo. Aquella tarde pensé: "¿Era este de verdad mi objetivo? Porque mi motivación se ha esfumado". Seguí jugando y sufrí lesiones. A los 27 años me tomé un descanso y dejé de jugar durante dos años.
Tenía 29 años cuando volví al circuito. En esta ocasión, mi objetivo era disfrutar de la experiencia que es ser un jugador profesional de tenis. Entré en el top-50 y jugué tres años más antes de retirarme. En aquellos instantes no trabajé lo suficientemente duro como para ganar más Grand Slams. Hubo momentos en los que era desgarrador no tener el deseo de ser el mejor jugador del mundo. Disfrutaba de estar en el vestuario como un jugador de menor ranking.
Cuando estás en la cima, te aíslas completamente del resto porque tu única meta es ganar torneos. Cuando estás en la pista, los jugadores te respetan. Fuera de ella, nadie te conoce como persona. Más tarde, mis rivales se convirtieron en grandes amigos porque perdías un partido y pasabas tiempo con otros jugadores. Para nosotros no existían las fronteras. Tenía una relación cercana con jugadores australianos, franceses o estadounidenses. Creamos vínculos que durarán toda la vida. Hoy, cada jugador del circuito está prácticamente aislado de la mano de un gran equipo.
Pasé de ser el mejor jugador del mundo a ser uno más en el circuito, alguien que ni siquiera competía por ganar Grand Slams. Aprendí una humildad que me ha servido para el resto de mi vida y que me ha hecho mejor como marido, padre y amigo. No cambiaría absolutamente nada sobre mi viaje".

