Puede sonar extraño, pero es una realidad. Los más románticos del tenis que añoren la etapa del final de los 80 y 90, recordarán posiblemente a David Wheaton. Este hombre nacido en 1969 que se convirtió en referencia del tenis universitario y compartió hornada con nombres ilustres como Jimmy Connors o André Agassi, no tuvo la consistencia esperada, pero puede presumir de haber llegado a ser 12 del mundo, llegar a la segunda semana en todos los Grand Slam salvo Roland Garros y haber sido campeón de la Grand Slam Cup, esa mítica competición que se jugó durante 10 temporadas y reunía a los 16 mejores jugadores en torneos major de esa temporada.
Es consultando el palmarés de este torneo donde aparece el nombre de David en medio de una pléyade de estrellas, como Sampras, Stitch, Korda, Becker o Ríos. En 1991, el estadounidense consiguió meterse en las semifinales de Wimbledon, lo que le valió para cosechar el billete a este torneo, donde sorprendió a todos. Ganó en la final a Michael Chang, mientras que en el Grand Slam londinense, derrotó a leyendas como Petr Korda, Ivan Lendl o André Agassi, antes de ser frenado por Boris Becker.
Ganador tan solo de tres títulos (Kiawah Island y Newport además de la Grand Slam Cup), el de Minnesota, que se crio tenísticamente en la Academia Bolletieri, supo exprimir sus años de tenis y terminó con unas ganancias superiores a los 5 millones de dólares. La fama y el dinero le abrieron los ojos a su verdadera vocación. "Mis padres eran buenos crisitianos y siempre me inculcaron la importancia de los valores religiosos. Sin embargo, yo tenía mi carrera y a los 22 años me veía rodeado de dinero, fama, contratos publicitarios. Ese mismo gané la Grand Slam Cup frente a 14.000 personas y fue ahí donde me di cuenta que el éxito era demasiado efímero y que no podría alcanzar la felicidad con esa vida", declara en heaven4sure.
"A los diez minutos de recoger el trofeo, todo el mundo se había ido, el escenario estaba ya desmontado y nadie me hacía caso. Fue como un shock comprobar cómo funcionaban las cosas y eso me hizo darme cuenta de que el éxito tenístico, la fama y el dinero no me iban a conducir a ser feliz", asegura un jugador que dos años después había salido del top-50 y no se encontraba a sí mismo. "Quería ganar más y más dinero, no me concentraba en el deporte y mi vida amorosa era un desastre. Me sentía culpable por ver cómo había humillado todas las enseñanzas de mis padres, no cumplía ni un solo precepto de Dios. Supe que si seguía así iría al infierno, era un pecador", aseguró.
Wheaton tomó la drástica decisión de ir alejándose del tenis para acercarse a la religión. "Estuve semanas leyendo la Biblia, purgando mis pecados y reflexionando. Tuve una demostración absoluta de mi ser, sentí más paz y alegría que nunca porque estaba en el camino adecuado y mi relación con Dios era la ideal. Una vida sin Cristo es una vida sin esperanzas", llega a asegurar un jugador que salió del top-100 en 1996 y pasó el siguiente lustro jugando algunos torneos puntuales, hasta su retirada definitiva en 2001, tras perder en el ATP Challenger Lexington ante un joven Robby Ginepri.
"No hay mayor propósito en la vida que estar en paz con tu Creador. No tiene sentido una vida sin eso, por mucho dinero y éxito que alcances", declara este enigmático jugador que inscribió su nombre en la historia del tenis y que firmó unos meritorios cuartos de final en el Open Australia 1990 (derrotado por Edberg) y en el US Open 1990 (donde fue vencido por McEnroe). Encaminó su vida a convertirse en un referente en cuanto a la propagación de la palabra de Dios, algo que hace como autor de libros y locutor de radio. David Wheaton y una peculiar vida después del tenis.

