Kevin Anderson es el enésimo ejemplo, la enésima historia basada en un éxito postrero. Otro tenista que llegados y sobrepasados los 30 está encontrando su mejor versión, sus mejores triunfos. Demostrando un hambre y una frescura inusitadas, más propias de un veinteañero que de alguien que lleva en la brecha más de una década como profesional. En el caso del tenista de Johannesburgo, su resurgimiento en este 2017 sorprende especialmente. Muchos apostaban bien poco por ver al Anderson de 2015, que llegara a inscribir su nombre en el selecto club de los top ten.
Claramente de menos a más se ha movido en 2017 Kevin Anderson. Arrancó ya tarde el año en Memphis, saltándose el Open de Australia. Hasta el Conde de Godó no fue capaz de ganar al menos dos partidos al hilo en el mismo torneo. Contra todo pronóstico, la tierra batida fue para él un enorme impulso para lo que se iba a venir. Semis en Estoril, cuartos en Ginebra y octavos en Roland Garros.
Tras una tremenda batalla contra Querrey en Wimbledon resuelta en el quinto set, Anderson no ha hecho más que brillar en la gira de verano por el cemento norteamericano. Alexander Zverev fue el único que pudo frenar su impulso en la final de Washington y en los cuartos de Montreal. El US Open está antojándose como la traca final de una recuperación lenta, progresiva pero imparable.
No ha tenido precisamente el cuadro más duro de la historia. No ha necesitado vérselas con ningún top 20 en su camino hacia las semis. Pero las ocasiones están para aprovecharlas. Este era un US Open destinado a tenistas menos habituados a las últimas rondas, menos habituados a la gloria. Kevin Anderson ha demostrado ser por este lado del cuadro el más acertado y el que más hambre ha tenido.
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Los regresos de Nadal y Federer a su mejor versión en 2017 han copado el año tenístico, pero no menos remarcable ha sido el de este cañonero de explosión tardía y que nunca ha gozado de los grandes focos. De perfil reservado incluso tímido, el de Johannesburgo llegaba al top ten mundial en 2015 a los 29 años, sorprediendo a propios y a extraños. Se convertía en el segundo tenista más alto de la historia en meterse entre los 10 mejores con sus 203 centímetros. Igual que ahora, el US Open había sido el escenario de sus mayores logros, tocando los cuartos de final tras tumbar a todo un Andy Murray. Desde entonces habían sido todo sombras para él.
Vivió un 2016 muy complicado con muchos problemas de lesiones, en el hombro y en el tobillo especialmente, que le obligaron incluso a pasar por el quirófano. Lo peor para Anderson fue la pérdida de confianza que le hizo desplomarse claramente en el ranking. No ganó un partido de Grand Slam hasta Nueva York, y no pudo traspasar la barrera de los cuartos de final en ningún torneo ATP en todo el curso.
Pero en 2017 y con la calma adecuada, el sudafricano se ha rehecho y de qué manera. Tanto es así que está cerca de volver al top 20 y quién sabe si al top 10 si sale vencedor del torneo. Primeras semifinales de Grand Slam para él tumbando a la última esperanza local Sam Querrey y objetivando la final. Pablo Carreño es el último escollo antes de ese partido final con el que tantas y tantas veces habrá soñado jugar en su vida.
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"Esto es realmente especial para mí, intentaré disfrutar lo que pueda, pero seguro que va a ser una dura batalla (contra Carreño). Estoy con muchas ganas de competir en una semifinal de Grand Slam", dijo en rueda de prensa Anderson tras su victoria ante Querrey. Un Anderson que es el primer sudafricano en acceder a la penúltima ronda de un 'major' desde Wayne Ferreira en Australia 2003. Catorce años después, un tenista que parecía haber tocado el cielo para no volver a aparecer más, se encargará de que África aspire a tener un finalista de Grand Slam, nada más y nada menos.
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