Debe ser complicado pasar del todo a la nada en apenas unos meses, sin una razón aparente. Andy Murray y Angelique Kerber fueron los grandes triunfadores de 2016; todo eran halagos para dos jugadores que exploraron sus límites, cosecharon títulos de Grand Slam y vieron su nombre inscrito en lo más alto de sus rankings. Nada hacía presagiar un desplome como el que han protagonizado durante estos meses; podría preverse una cierta bajada de nivel pero un desplome como el protagonizado por el británico y la alemana ponen de manifiesto la complejidad de este deporte.
La derrota de Angelique Kerber ante Naomi Osaka no hace más sino confirmar la debacle de la de Bremen. Ganadora en Flushing Meadows el pasado año, este torneo era la última bala que tenía en la recámara la alemana para redimirse de su mala temporada y demostrar que tiene capacidad para resurgir. Nada más lejos de la realidad. Lo que el pasado año era solidez, intensidad de piernas y capacidad de contraataque, ahora se ha convertido en juego pasivo, incapacidad para dominar y actitud apática y resignada.
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Desde 2005 la vigente campeona de US Open no perdía en primera ronda. En aquella ocasión le ocurrió a Svetlana Kuznetsova, que tras adjudicarse el título en 2004, sucumbió a las primeras de cambio ante Ekaterina Bychkova, 97 del mundo por 6-3 6-2. Marcador casi idéntico con el que Angelique se ha despedido de Nueva York, inmersa en un mar de dudas ante su incapacidad para encontrar soluciones. Es posible que ni ella misma sepa qué es lo que ocurre, y las consecuencias no se pueden reducir a un asunto mental únicamente.
Ha perdido la friolera de 1990 puntos en el ranking, viéndose relegada al duodécimo puesto a expensas de cómo se vaya desarrollando el torneo. Lo que parece claro es que se antoja complicado que la alemana dispute las WTA Finals o, tan siquiera, acabe en el top-10. No defiende muchos puntos hasta final de año pero las sensaciones que transmiten son las de una tenista sin rumbo ni capacidad de reacción. La última que se vio en esta situación fue Caroline Wozniacki cuando terminó el año como número 1 del mundo en 2011, y la siguiente temporada la finalizó en el décimo puesto de la clasificación mundial.
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La situación es igual o más de alarmante para Andy Murray. El británico cayó en cuartos de final del US Open 2016 y a partir de ese momento, registró un balance sobrenatural de 25 partidos seguidos consecutivos (26-1 si se cuenta la Copa Davis). Si no lleva a cabo una milagrosa recuperación de su lesión en la cadera, Andy podría verse relegado lejos de la zona noble del ranking ATP y no es desdeñable su salida del top-10. El último jugador que terminó un año como número 1 del mundo y al siguiente estaba fuera de los 10 primeros, fue Lleyton Hewitt, que en 2002 finalizó en la cúspide de la clasificación mundial y al siguiente año ponía el punto y final en el puesto 17.
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El desplome casi sin precedentes y de un calado imprevisible de Andy Murray y Angelique Kerber puede pasar a los anales de la historia del tenis si no encuentran una milagrosa resurrección. ¿Podrán revertir la situación a última hora y maquillar su mal año? ¿Estarán en la Copa de Maestros y las WTA Finals? La ausencia del escocés y la derrota a las primeras de cambio de la teutona, pueden haber supuesto la puntilla final a sus esperanzas.

