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Wawrinka es muy raro
El patrón competitivo que define al suizo Stan Wawrinka, finalista en París, es una rareza difícil de comprender y recordar en otro jugador
Stan Wawrinka es un competidor muy extraño. Este asombro, que siempre aparece cuando alcanza una semifinal o final de Grand Slam, volví a sentirlo ayer, cuando con dos sets a uno en contra logró remontar y meterse en la final del domingo. Hace mucho tiempo que quedó confirmado que dentro de un mismo torneo sus posibilidades se multiplican cuando cruza el ecuador del mismo, una altura competitiva que convierte al suizo en un tenista tan bueno como el mejor que quede en el cuadro. Pero tiene que haber una explicación.
Lo de Wawrinka no es "si tiene dos semanas, se carga a cualquiera", porque de los últimos 16 grandes, ha alcanzado los cuartos de final en 12. Viene teniendo "dos semanas" demasiadas ediciones de Grand Slam seguidas. Ha construido un patrón de comportamiento competitivo, una rutina en su espíritu que se aleja del momento puntual. Wawrinka no es un tenista de momentos aleatorios porque sus momentos están ya predefinidos. Puede que su estilo de juego no pueda sostenerse todas las semanas y que su desenfreno necesite de momentos escogidos.
Lo curioso es que en esa rutina está implícito un rendimiento dispar cuando no juega Grand Slams. No son sólo derrotas prematuras en Masters 1000, sino la forma, el nivel de sus rivales, la decadencia momentánea que parece transmitir. Se asocia mucho con Stan su ciclotimia tenística, impresionante cuando conecta y entra en combustión, igual de increíble cuando se abre un boquete en su raqueta que descompone su juego hasta la incomprensión. En esa descompensación, Wawrinka se mueve con naturalidad, no queda afectado ni necesita de grandes rachas de victorias para fluir. Es sorprendente.
Algo tiene que explicar esto. Me da por pensar que su capacidad de concentración, en relación a su estilo de juego, depende de la inspiración, un concepto que parece tan subjetivo e inestable que sorprende que Wawrinka pueda programarlo y activarlo cuando se juega a cinco sets. Esta paradójica regularidad dentro de su irregularidad hace aún más atractivo el carácter de un jugador que se ha acostumbrado a repetir, y ya va por la cuarta temporada, una conducta competitiva como yo no recuerdo.
Como si necesitara descansar mentalmente y caer derrotado en muchos otros torneos para encontrarse a sí mismo, Wawrinka ha construido una identidad propia paralela a la del Big Four, el cuarteto que ha tiranizado semana tras semana los domingos del circuito. Ahí Wawrinka no parece querer acercarse. Y no creo que todo se deba a una elección o una falta de ambición, que algo de esto habrá, sino en una rareza tan atrayente como difícil de descifrar. Wawrinka es un tipo raro cuando compite.