Los grandes tenistas son artistas, aunque sólo sea por su capacidad de hacer algo con suma perfección; y a veces, también porque más allá de la mera técnica, o de la ejecución, son capaces de expresarlo con una belleza emocionante que es característica propia del arte.
Novak Djokovic, levantando la copa del Open de Australia, lanzaba el domingo otra bomba a la idea romántica —y aún muy instalada en el sistema de creencias popular— del artista como alguien que alcanza las más altas cotas de su capacidad, a través de una vida caótica, como si el autosabotaje fuera por otra parte el maná de la inspiración y del talento.
Afortunadamente, el tenis no es una disciplina donde en general la seudo-rebeldía lleve a situaciones mucho más peligrosas que haber permanecido, en el fondo, toda la carrera deportiva pegado a las faldas de tu puta madre, dicho esto como imagino que algún “inconformista” del tenis actual lo expresaría. Sea como sea, cualquiera puede comprobar la eficacia del talento en combinación con la peor tradición del estereotipo de genio incomprendido, mirando en el tenis de hoy en día el nivel de verdadero desafío al poder por parte de los desobedientes que más molan.

Novak Djokovic comenzó a alcanzar la mejor expresión de su arte a partir de cuando se apartó de algunos de los tópicos más falsos de rebeldía, y atendió la llamada del tenis como la habían atendido sus predecesores contemporáneos en el poder, Roger Federer y Rafa Nadal. Aún así, hay que matizar que él nunca moló tanto como molan algunos de los insurrectos de ahora, a los que en ese sentido habría que imaginar con muchísimo trabajo aún por delante.
No hay por qué defender una vida ascética —ni mucho menos cuando se es muy joven—, que a muchos nos provoca sarpullido sólo de imaginarla; pero tampoco es interesante confundir, en términos de éxito artístico (o en este caso, tenístico), la rebeldía con la bohemia. Djokovic, victoriosamente rebelado contra el poder anterior, venció tras incorporar a su vida elementos absolutamente contrarios a los que componen la estúpida idea del artista maldito, que es maldito porque es artista.

El malditismo «verlainiano», como atributo voluntariamente adquirido para el engrandecimiento del arte propio, en realidad la mayoría de las veces termina, o por malograr ese arte, o en último termino y en los peores casos, por malograr al artista. Cosa aparte es que en la cultura popular, gracias sobre todo al siglo XX, la autodestrucción del artista, hasta el punto incluso de una muerte literal, se haya conseguido vender como algo con un irresistible atractivo sexual y romántico.
La verdad es que no hay mucho de verdaderamente atractivo en excederse en conductas que uno cree que potenciarán el desarrollo de su talento —y naturalmente de sí mismo—, pero que en realidad lo desaprovechan.
Hay que matizar por último que en el deporte hubo siempre ejemplos, entre los que destaca sobre todo el de Muhammad Ali, de artistas que sí llegaron a lo más alto manifestando aquel tipo concreto de rebeldía popularizada. Pero en realidad no como una muestra de su conducta vital, sino como una teatralización de algo que sabían que las masas recibirían con atracción, o dicho de otro modo, que vendería bien ya para entonces en un contexto de sociedad mediática.

Ser un artista rebelde mola, pero ser un talentoso desnortado no es ser un artista rebelde. En cambio ser Novak Djokovic sí.

