Todos los tenis el tenis

Novak Djokovic vuelve a probar que es el nuevo dueño de la manada del tenis masculino, ganando a un Federer que pierde pero promete.

Iván Alarcón Tortajada | 23 Nov 2015 | 08.24
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Pocas contribuciones como la de Damian Steiner en favor de que Novak Djokovic y Roger Federer sean vistos como dos gigantes de nuestro tiempo.

Bromas aparte, la final de ayer sirvió para estatuar aún más —casi no se ve a Wawrinka— la Sala del Tenis 2015 con esculturas de un Novak Djokovic quien, de paso, desmiente la idea de un Federer que tiene tenis para ganar a Nole al mejor de tres sets pero que no tiene físico para ganarle al mejor de cinco.

Federer, ligera y calculadamente desgreñado, con tres o cuatro mechones de cabello sobre la cinta de su frente, y con esa barba anti 'Gillette Fusion', tenía el aspecto asilvestrado que en cierto sentido contradice la exquisitez con la que se lo asocia, y que por otra parte, contrastaba con ese remoto aire de paradójica puerilidad que siempre hay en un Nole afeitado y peinadito como para la Primera Comunión.

Sí. Roger es visto como un tenista lírico, elegíaco; y por otra parte Djokovic como uno militar, maquinal. Ambas cosas son ciertas, pero representarlas como bandos antagónicos, a la manera del Bien contra el Mal, igual que si se excluyeran, es el error: hay mucho de Roger en Djokovic —nadie puede ser número 1 si su tenis aparte de férrero no es musical—, y hay mucho de Djokovic en Federer, porque lógicamente para competir así se necesita ser duro como el diamante. Pero a los humanos no nos gusta el trazo grueso, los significados ambiguos, deslocalizados, así que delimitamos muy bien aquello que nos causa un problema, aunque el precio sea la simpleza.

El partido comenzó de manera que todo sucedía o porque Federer acertaba o porque Federer fallaba, y siguió así hasta la primera bola de break a favor de Nole, que coincidió con la primera vez que el serbio cometió un no forzado.

Debió de ser tranquilizador para Federer recordar tan pronto que el jugador delante de él era de su misma especie: alguien que bajo presión tira bolas al clavo.

Becker miraba enredarse a Djokovic como desde una espartana superioridad moral y experiencial —puede que hasta cierta, por otra parte—, igual que si pensara: «Algo no va bien con el muchacho». Y era verdad, pero Federer disparó a la cinta su bala de break y en el juego siguiente se encontró como de repente con un tipo llamado Novak Djokovic, que había vuelto a entrar en el partido echando la puerta abajo.

El break contra Roger tardó poco en llegar y para sus fans fue como una revelación de muerte, entre otras cosas y aparte de porque conocen la cabecita de su ídolo, porque Nole lo devolvía todo: pelotas de tenis, melones, y hasta la piedra rodante de «En busca del arca perdida» si se la hubiesen lanzado.

Federer continuaría haciendo, de vez en cuando, esas cosas oníricas que antes de él sólo estaban contadas con palabras. (Pero una imagen suya vale más que mil). Aún así, perdería el set porque delante había un tipo que también encarnaba imposibilidades, y que cada vez que se instalaba frente a la bola era como haciendo sonar el acorde colosal de una sinfonía de Beethoven.

La realización televisiva mostró lances del primer set. Aparecía Roger Federer a cámara lenta, con su armonía de prototipo pero también con sus facciones de veterano. Lo vi en ese momento menos joven que nunca. Como en una percepción agravada con la intención de revelar algo que subyacía. Quizás algo tan fácil pero tan difícil de entender para seres que no quieren morir: que Roger Federer se acaba, igual que todo.

Todo pareció cobrar velocidad con 1-1 y 0-30, pero entonces Federer hizo de las suyas. Los vecinos de quienes vivimos en edificios con paredes de ladrillo fino, al oírnos repetir «Oh, oh, oh», tras aquel revés paralelo de Federer que arrancó incluso el aplauso de Djokovic, debieron dudar sobre si hacíamos el amor con alguien. En realidad sí lo hacíamos, porque ver a Federer jugar a tenis es otra manera de hacer el amor.

Roger, sirviendo con 0-40, sacó al Djokovic que lleva dentro para incumplir la promesa de un break en contra cuando Nole (que sacó al Federer que lleva dentro) restaba con 4-3 a favor. Todo el mundo del tenis sabía que ese juego daría paso al 5-3, pero revelando el secreto del 4-4, Federer compraba un pasaje para Nunca Se Sabe, en el vuelo número 2016.