La última mirada del tigre

Lleyton Hewitt cambió los verdes campos de fútbol australiano por las de tenis aplicando un carácter que perduró hasta su último partido en la ‘Catedral’ del tenis.

Rubén Pérez Serrano | 1 Jul 2015 | 10.15
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Ha sido siempre la chispa que le encendía, el látigo que le espoleaba, el tema que le añadía a su mirada una determinación felina. Para Lleyton Hewitt (Adelaida, 1981)The Eye of the Tiger, de la banda estadounidense Survivor, ha constituido la banda sonora original de su carrera tenística. Una carrera plagada de victorias, títulos, encontronazos… pero sobre todo de batallas. Especialmente sobre hierba, el hábitat natural del australiano. Ahí la mirada del tigre ha cobrado siempre una fuerza y una intensidad sobrenatural. Hasta el final. Hasta su último duelo en Wimbledon. Si los viejos roqueros nunca mueren, los viejos felinos tampoco.

Desde hace tiempo se sabía que ésta sería la última edición de Wimbledon para Hewitt. El de Adelaida piensa colgar la raqueta en su país, en el Abierto de Australia de 2016. Esa será su despedida final. Pero una despedida más íntima e intensa es la que ha vivido en esta gira de hierba del mes de junio. Hertogenbosch, el Queen’s Club y Wimbledon han tenido el privilegio de ver por última vez sobre pasto la garra, la pasión y el carácter del oceánico.

El campeón de hasta 8 torneos profesionales sobre césped decía adiós al Grand Slam de esta superficie y vencedor en el año 2002 perdiendo en 5 sets ante el finlandés Jarkko Nieminen. Se le esperaba en la pista central para vérselas en segunda ronda con Novak Djokovic, el vigente campeón. Pero el tenis no espera a nadie. Y eso bien lo sabe Hewitt. Ni Mahut, ni Anderson ni Nieminen han tenido piedad del gran Lleyton en esta temporada de hierba. Es verdad que este tigre hace tiempo que dejó de pegar zarpazos, pero su mirada sigue poniendo en guardia a sus rivales.Más de 4 horas y cuatro bolas de partido necesitó Nieminen para cargarse 11-9 en el quinto set a Hewitt en la remozada pista 2, otrora denominada ‘cementerio de campeones’, que parece que conserva algo de ese espíritu matagigantes.

"Wimbledon es la casa del tenis, sin duda. No tengo esa sensación cuando juego en otros torneos en otros países del mundo. Cada vez que juego en este club se me pone la piel de gallina”. Con esas palabras el australiano ponía el broche final a su participación en el Grand Slam londinense. Y lo que es más, reforzaba la imagen del torneo, un torneo que ha dado mucha gloria a Lleyton pero del que igualmente ha recibido mucho.

En su niñez y parte de adolescencia preparado para un deporte tan distinto al tenis como es el fútbol australiano, Hewitt supo extraer de él la garra y la brega y aplicarla al deporte que finalmente le haría famoso. “Mi actitud de nunca decir que estoy muerto. He convivido con ello durante 18 ó 19 años. No es algo que yo trabaje. Simplemente tengo una gran motivación para sacar lo mejor de mí mismo, tanto aquí como en el gimnasio. Me siento orgulloso de haber salido ahí fuera y haberme dejado todo”. Palabras que resumen una forma de ver el tenis y de ver la vida.

El All England Lawn Tennis Club se queda huérfano de uno sus grandes gladiadores, con los que el desgaste de la hierba es aún más acentuado que de costumbre. El de Adelaida será siempre recordado por sus interminables ‘rallies’ desde la línea de fondo, desafiando al clásico juego de saque y volea, domándolo y llevando los partidos al terreno físico y mental, ahí donde el australiano ha sido siempre una roca. Ante todo, LleytonHewitt trajo al tenis una transición, necesaria, del cañoneo de los años 90 al juego completo del siglo XXI, rompiendo con una larga tradición de jugadores de saque y red australianos. El eco de sus famosos y ensordecedores “come on” seguirán resonando por las gradas del AELTC como un legado de su entrega y amor por un deporte y por una superficie.