Hay gritos, aullidos y bramidos. Rugen las gargantas, encendidas para celebrar que Andy Murray es campeón de Wimbledon tras tumbar 6-4, 7-5 y 6-4 a Novak Djokovic, el número uno, vencedor en dos de las tres batallas anteriores entre ambos por un trofeo de Grand Slam, el mismo que ha privado al británico de un currículo mayor apartándole de dos coronas en el Abierto de Australia y otros tantos títulos, inclina la rodilla irreconocible, romo en los momentos que cruzan las entrañas del partido, mientras Murray aprovecha brillantemente la oportunidad para sellar el objetivo más importante de su carrera. Es un momento mágico, historia del deporte, eternidad conjugada en el presente: finalmente, el Reino Unido celebra la victoria de uno de los suyos en la catedral de la raqueta 77 años y cuatro días después de la última (Fred Perry en 1936). "No me acuerdo del último punto, no sé lo que ha durado ni cómo ha sido", dice el campeón todavía sobre la hierba tras desperdiciar tres puntos de partido y terminar cerrando la victoria a la cuarta ocasión. Antes, por supuesto, escala por la tribuna para abrazarse con su equipo y besar a su madre, sonriente entre un mar de lágrimas.
El partido es una prueba de voluntad. Esto no es Wimbledon, es el infierno. No ha transcurrido media hora de final y el juez de silla ya ha pedido a la grada silencio durante los puntos. Una marea de banderas ondea entre el público fundiendo los colores de Gran Bretaña con los de Escocia. Se sudecen los puños al aire al ritmo que marcan las palmas. El partido se vive de pie porque no hay corazón capaz de aguantar semejante angustia. En cualquier caso, esta no es la pista que calla, respeta y reconoce los méritos de todos los jugadores sin valorar su procedencia. No es esta la misma catedral con sacra atmósfera que un año atrás apoya a Federer, pese a estar Murray en la final. El de hoy es un ambiente endiablado que desquicia a Djokovic. El gentío que acude a la llamada de su héroe es uno que muerde: uno que celebra los errores del serbio y aclama los aciertos de Murray. Ante eso, Nole se exaspera. Vive continuamente rodeado por los cánticos que retumban en su cabeza ("Andy! Andy! Andy!") y que le recuerdan cómo de dura será la escalada hacia su segunda copa dorada ("Let´s go Andy!") mientras no encuentra la forma de escabullirse de la trampa que Murray le prepara.

Esta es una final que se discute con nervios sin templar. Murray siempre lleva el peso del partido. Decidido a chocar la mano con Perry para tomar el testigo como los atletas en una carrera de relevos. La pista es suya. Trota. Baila. Se mueve como un danzarín ajustando sus pasos cuidadosamente. Eso, una valiosa habilidad que explica su éxito sobre hierba en el último curso (título en Wimbledon y Queen´s y medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres) y en su carrera (donde suma un formidable 83,3% de victorias sobre la superficie) le permite ir siempre por delante en el partido. Constantemente colocado en la mejor posición para golpear, Murray es inabordable. Djokovic pega, pega y desespera. Si el serbio no falla, lo que ocurre durante la mayor parte del duelo, el número dos mundial halla un ángulo corto para ensanchar la pista lateralmente, un revés cortado con el que desarbolar la resistencia de Nole obligándole a mandar la bola fuera o un golpetazo ganador. Sin ser el paradigma de la agresividad, Murray firma 36 golpes ganadores, inteligentemente elegido el momento para lanzarse a la conquista de las líneas.
Astuto como nadie, el británico impregna a sus golpes de sentido común. Siempre razona antes de disparar y eso termina quemando la cabeza de Djokovic, que no entiende cómo está dejando escapar la ocasión de volverse a coronarse en Wimbledon. Pese a eso, es la raqueta de Murray la que dibuja los aciertos y los errores, asumida la responsabilidad de romper la igualdad que existe entre los dos finalistas. Su zona de seguridad, el fondo de la pista, es un terreno censurado para Djokovic. Acostumbrado a perder el pulso desde atrás, el deselance es distinto en la cuarta pugna entre ambos por un Grand Slam. Sí sobre hierba. Sí en Wimbledon. Sí hoy, en el día más importante de su vida.
Se compite sobre césped, pero parece una final de arcilla. La velocidad de bola es altísima. Los intercambios, sin embargo, llegan a superar los 30 golpes. El partido se cocina a fuego lento: ya ha descontado el reloj una hora cuando Murray gana el primer set. Bajo un candente sol (34 grados) se libra una guerra de trincheras. Nadie quiere ceder, nadie retroceder. Esto es una pista de hierba, pero se discute siempre desde el fondo de la pista. No hay servicios directos. Tampoco saque y red. Escasas son también las subidas a la cinta, donde ninguno de los dos se siente cómodo. El duelo supera las tres horas y el ganador sólo necesita tres parciales para hacerlo suyo. Es un combate de piernas, donde la superficie pasa por momentos a ocupar un plano secundario.

Djokovic, brillante durante todo el torneo, épico en la semifinal más larga de la historia del torneo en la que inclina a Del Potro, se encuentra anulado. Enfrentado a un igual, termina desesperado tras colisionar con un muro. Es una pared contra otra pared. Su reflejo en el espejo. El número uno mundial acaba con 40 errores no forzados, síntoma de las distintas opciones que aborda para levantar la voz en el partido. Por ejemplo, intenta sin éxito atraer a Murray a la red, frenar la dinámica que adquiere el encuentro, pero fracasa. Incomprensiblemente, quizás extenuado por el esfuerzo del duelo previo, deja escapar una oportunidad vital para igualar la final en la segunda manga (4-1). En la tercera, pese a un arreón de campeón (4-2), termina bajando los brazos, sin llegar nunca a utilizar el inmenso repertorio que guarda en su argumentario. Es un campeón en blanco y negro, falto de energías con las que alimentar su cuerpo de atleta.
Al final, a Murray le falta el aire en los pulmones. Es una vida esperando para vivir ese momento. Resopla. Saca para ganar el título y su raqueta pesa toneladas. Djokovic huele ese miedo. Conoce esa sensación. Y se tira a por el escocés como un lobo hambriento. Ahí, sin embargo, aparece el renovado gen de campeón. Las conversaciones con Lendl, ganador de ocho grandes. Los diálogos con Judy, su madre y primer entrenadora. Desatadas las cadenas que oprimían todo su potencial tras ganar el US Open, Murray controla los tiempos esta vez. Abre la boca para recibir oxígeno. Supera tres puntos de partidos marrados. Alza los brazos al cuarto. Se tira al suelo, recibiendo el dulce abrazo de la eternidad. Campeón de Wimbledon, su futuro ya no es una incógnita.

