Sonrisas, abrazos, rabia contenida, puños cerrados, gritos al aire,... Andy Murray celebró de manera efusiva la consquista de Wimbledon a ojos de Londres. No era para menos. El de Dunblane se impuso al número 1 del mundo, el serbio Djokovic, para convertirse en el primer británico capaz de gobernar el Grand Slam de hierba desde 1936.
Un revés paralelo de Novak se estrellaba en la cinta. Andy acababa de ganar Wimbledon. Acto seguido, el británico alzaba los brazos, dejaba caer la raqueta, lanzaba su gorra al césped. Bramando hacia la tribuna de prensa, con los puños apretados y la adrenalina recorriendo su cuerpo, comenzaba a degustar la gloria alcanzada.
La grada estallaba de júbilo. El hijo pródigo, el alma tantas veces buscada sobre la hierba londinense, se encontraba ante ellos. Manos al rostro en un momento increíble. Abrazo de rigor con el adversario en la red y un Andy que se derrumba superado por la grandeza del instante. Se arrodilla sobre el césped, llega a poner la cabeza contra el verde y comienza a llorar ante miles de gargantas que corean su nombre.
No puede más. Romper en llanto de manera desconsolada. Las lágrimas amargadas derramadas en 2012, esas que le abren emocionalmente al público de Londres, son de emoción y orgullo un año más adelante. Un gesto que conmueve a su madre Judy en el banquillo. Una escena que mantiene menos impasible de lo habitual al estoico Lendl. Un momento que desborda en sonrisas a su novia Kim.
Se funde con la grada el campeón. Acercándose a las primeras filas para coger las manos que lo han empujado durante toda la quincena. Se da un baño de masas mientras aun pisa el césped que lo acaba de hacer eterno. Y vuelve a derrumbarse de la emoción, a centímetros del pueblo, mientras es acribillado por un maremoto de flashes.
Se levanta, se vuelve a tapar la cara y cruza metros de hierba con los ojos cerrados, alimentándose el alma con una central que truena por él. Estrecha la mano con el juez Lahyani y camina hacia la mesa envuelta con la Union Jack donde en minutos será coronado. Se hizo eterno Andy bajo una calurosa tarde del julio londinense. Volvió a llorar Andy en la Centre Court. Pero esta vez el recuerdo no será amargo.

