Ya no trabajan las gargantas que lanzan vítores en castellano a la nublada tarde londinense para recibir a Rafael Nadal. Ya no se agitan las pancartas con llamativos mensajes que unen pasado y presente. Ya no se escuchan las voces que adulan al campeón en su jornada inaugural. Ya no se oyen las palmas que le reciben recordándole que esto es Londres y no París, demostrando que el público del torneo más prestigioso del universo admira y respeta al cinco veces finalista, superviviente ayer de un torbellino: el brillante arranque del brasileño Bellucci unido a sus propios miedos reflejados en un espejo. Zurdo contra zurdo en terreno sin explorar. Cuando todo eso ocurre, no hay ruido porque la batalla ha empezado y el templo de la hierba es un cementerio repleto de vivos rostros que contemplan como Nadal se ahoga antes de empezar a nadar. El césped es el infierno y el español, agarrotado en el arranque, se encuentra perdido en mitad del laberinto.
No se han descontado veinte minutos al reloj desde el inicio del partido y Nadal ya pierde 0-4. Olvida, sin embargo, que está jugando sobre pasto y que esa desventaja es un mundo. Relega de las leyes de la hierba, esas que dicen que romper el saque vale oro, y recupera dos roturas de servicio para salvar, una vez más, un abismo que vale un partido y pasar a segunda ronda (7-6, 6-2 y 6-3). Al final, una sonrisa, una victoria y una cifra redonda: el mallorquín, que suma su victoria número 50 sobre suelo verde, se convierte en el cuarto jugador en activo con más triunfos sobre hierba tras el estadounidense Roddick, el australiano Hewitt y el suizo Federer. El español, además, mantiene otra marca de leyenda: es el único número uno, junto a Borg, que jamás ha caído en la primera ronda de un Grand Slam.
No es ninguna broma. Así, mientras Federer cedió en la primera de ronda de Roland Garros y Wimbledon hasta en tres ocasiones, Sampras y McEnroe lo hicieron al menos una vez en la jornada inaugural de los cuatro torneos mayores. Así ocurrió con Moyà, Roddick o Djokovic, actual número uno del mundo. Así lo hicieron también Lendl, Vilas, Hewitt, Kuerten, Courier, Edberg, Wilander, Nastase, Safin, Ferrero, Newcombe, Kafelnikov, Muster, Ríos y Rafter, completando una larga letanía de jugadores capaces de llegar a lo más alto, pero condenados a morir en el estreno de Australia, París, Londres o Nueva York en algún momento de sus vidas. Es natural no correr siempre a la máxima velocidad. Son muchas las circunstancias presentadas durante la vida en la élite, muchos los contratiempos durante un trayecto tan largo, como para garantizar un rendimiento excelso en todo momento.
Solo dos jugadores evitan la aplastante lógica. Dos hombres unidos por lazos de arcilla e historia. Hielo y fuego. Por un lado, Nadal. Por el otro Borg. El sueco jamás inclinó la rodilla en una puesta de largo. Participó, sin embargo, en 27 torneos grandes, completando una carrera demasiado corta para el paladar de los expertos. Nadal, todavía en activo, suma ya 33 presencias en torneos del Grand Slam, seis más que Björn. El español, además, tiene una dificultad añadida: su historia se escribe en una de las etapas más complicadas del deporte de la raqueta, coincidiendo con Federer y Djokovic en un período donde cada victoria cuesta sangre y sudor.
Todos ellos, todos los números uno derrotados en el primer, tienen algo en común: la derrota llegó durante los primeros años en la élite, cuando el jugador aún no conoce las reglas del deporte a nivel profesional, cuando la mente no se encuentra comprometida con el sacrificio que exige una práctica plagada de viajes, obligaciones y presiones. Como ellos, Nadal pasó por esas bisoñas etapas. Ocurrió en Wimbledon, durante el año 2003. Fue el primer partido de Grand Slam para el mallorquín, con 17 años corriendo por sus piernas y sin que nadie pudiese alcanzar a vislumbrar en lo que se llegaría a convertir. Ganó al croata Ancic, semifinalista un año después. Murió en tercera ronda, pero la valoración global fue excelente. Llegarían luego treinta y dos participaciones más en torneos mayores, superadas en todas ellas la primera ronda del torneo.
¿Cómo explicar esta estadística imposible? ¿Por qué los mejores jugadores de la historia han salido derrotados en la primera ronda de los torneos del Grand Slam y Nadal no? “El tenis es un deporte muy mental en el que la tranquilidad es un factor clave para hacerse con la victoria”, explica el español tras vencer a Bellucci. “Si el US Open viniera después de la temporada de tierra, quizás hubiera tenido un resultado similar al de Wimbledon”. Esta declaración define una forma de competir que va más allá del tipo de suelo sobre el que se interprete la obra. Esta forma de pensar es la del campeón que salta las barreras de la vida con la única ayuda del trabajo constante. Esta es la fórmula del éxito, tan evidente como imposible de fabricar. Este es Nadal y su golpe más preciado: la mente como eje encargado de hacer funcionar al tenista y a la persona. Aquí, en Wimbledon, ya cultiva pequeños espacios para volver a besar las mieles de la gloria.

