El tenis como ceremonia

Analizamos y desgranamos qué es aquello que configura a este deporte. Una breve teoría sobre el ejercicio que amamos y disfrutamos.

La pista como lugar de reunión. Fuente: Getty.
La pista como lugar de reunión. Fuente: Getty.

En muchas ocasiones hemos escuchado o leído ciertas declaraciones que tienen como objetivo explicar (nos) qué es un deporte. Comentarios despectivos que, según estos ilustres emisores, vendrían a señalar el carácter artificial del ejercicio. "Dictámenes" que no tienen en cuenta a los/as protagonistas del circuito ATP y WTA.

De este modo, los opinadores no dudan en definir al tenis como: “dos individuos que golpean a una pelota con una raqueta”. Con aires de superioridad, parecen querer iluminar a aquellos que seguimos tal práctica.

Los distintos atletas, jugadores y entrenadores siguen soportando estas habladurías y estereotipos que lo único que muestran es el desconocimiento de aquel que las enuncia. Una ignorancia que informa sobre la situación de tales mentes, ya que pone sobre la mesa la ausencia de categorías y razones para valorar de forma correcta el objeto de estudio en cuestión.

El Tenis como institución y ceremonia

Por nuestra parte, tenemos claros dos principios rectores que nos permiten delimitar qué es este deporte que amamos. Como decimos, el tenis es una institución constituida sobre el núcleo de una ceremonia.

Concretamente, esta ceremonia es cada uno de los partidos que se disputan. Resumiendo, pero mostrando lo principal, las ceremonias, como concepto antropológico, disfrutan de tres características que se aplican al tenis como el guante se ajusta a la mano. El hacer ceremonial requiere de normatividad, de abstracción y de repetibilidad.

En primer lugar, existe un código normativo regido por una serie de leyes de obligado cumplimiento. Este carácter propio del desarrollo institucional permite el juego, pero también genera una serie de tensiones con los que lo practican. Es decir, existe un conflicto de intereses entre los profesionales y el código.

Esta necesaria tirantez es la que predispone y obliga a cerrar a la ceremonia sobre sus propios ejes. En palabras más simples, dentro de una pista sólo importa disputar el encuentro. Todo lo demás queda segregado, amputado por la maquinaria que obliga a cumplir con lo estipulado.

Por ello, se prescinde de, por de pronto, lo ideológico. El partido se debe jugar más allá de los pensamientos sobre el COVID, del número de familiares de cada participante, de sus sueños, de sus intenciones o de sus posiciones políticas. Repito, dentro de la ceremonia, internamente a ella.

No queremos decir que no haya influencias (pues las hay), sino que este planteamiento de división entre lo interno y lo externo, formaliza/profesionaliza al deporte en cuestión. Si lo normativo constituye una suerte de poder legislativo, la eliminación/lo abstracto constituye lo formal del asunto.

En último lugar, la repetibilidad como el hecho de tener un inicio y final, es condición sine qua non.

Sobre el espectador

Ahora bien, hemos de dejar claro una cuestión fundamental: la ceremonia no se agota en los protagonistas (tenistas y árbitros), sino que se circunscribe, de igual modo, a los asistentes in situ y a los que los seguimos desde la TV.

No podemos entrar de lleno en la dificultad que esta tesis produce, pero les dejo con un par de preguntas para que me ayuden en tal tarea: ¿cabe neutralidad en aquel que ve el tenis profesional? Es decir, si no existe tal imparcialidad ¿hasta qué punto el público es espectador? Si el espectador se involucra en la pelea, toma partido: ¿no se difuminaría esta categoría?, ¿no seríamos, acaso, actores de la propia ceremonia? (*os leo en comentarios).

Valgan estas líneas para situar lo que sería una primera hipótesis. Como no puede ser de otra manera, lo expuesto es una brevísima introducción, primeras matizaciones (que no divagaciones). En el siguiente de estos reflexivos artículos, escribiré sobre los recogepelotas como parte imprescindible de este hacer.

Espero que podamos seguir pensando juntos, en consonancia.

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