El panorama tenístico en las últimas semanas está lleno de muchos focos de atención. No todos, por desgracia, están relacionados únicamente con la pelotita verde y los estados de forma de los jugadores que practican este deporte. Sí que incumbe a los tenistas directamente, pero por motivos de los que ni mucho menos nos gustaría escribir. Sin embargo, se hace prácticamente imperativo abrir este melón. Poner remedio o solución, en lugar de tapar con tiritas y parches una herida que cada vez sangra más, debe empezar a convertirse en una prioridad si no queremos que el tenis se convierta en un lugar incómodo para recogepelotas, jueces de silla o jueces de línea.
Cuando Jenson Brooksby lanzó la raqueta en dirección a la valla, no tuvo en cuenta que podía poner en peligro a una persona que trabaja para el torneo... de forma gratuita. Tampoco lo hizo Jordan Thompson en el día de ayer. Nick Kyrgios en Indian Wells, tampoco. Y, en ocasiones, ponemos el foco sobre todos estos jugadores, seres humanos como todos nosotros, que cometen errores, se equivocan, piden perdón y hacen todo lo posible por remediarlo. Tanto Brooksby como Kyrgios regalaron sus raquetas y se disculparon en persona con los pobres chicos que fueron "víctimas" de su comportamiento, un comportamiento al que cada vez más nos hemos acostumbrado a ver. El problema, claro, es que los límites son cada vez más difusos...o inexistentes.
La única forma de evitar estos incidentes, que llaman la atención y desvían el foco de lo importante, es marcar un castigo claro y conciso que haga reflexionar a los jugadores. Lo dicho: no es necesario demonizar a todos aquellos que expresan su frustración sin intención de hacer daño a nadie, pero sí mostrarles que las acciones tienen consecuencias. Y si no se demuestra todo esto, el mensaje que se lanza es muy equivocado: damos pie a que todos estos tenistas tengan manga ancha, y si antes se pensaban dos veces el hecho de romper la raqueta al lado del personal del torneo, ahora quizás no lo piensen porque saben que el castigo que recibirán será muy pequeño en comparación con la satisfacción que reciben al ventilar su frustración de esta forma.
EL CASO DE ZVEREV, UNA OPORTUNIDAD PERDIDA
Largo y tendido hablamos del incidente de Alexander Zverev. El germano perdió sus nervios por completo y cometió un grave error en Acapulco. El principal perjudicado fue el juez de silla, que vio desde su posición cómo un tenista se colocaba en posición para hacerle daño de forma voluntaria, como si de una pelea más típica del mundo ultra se tratase. Sascha pidió perdón, expresó su arrepentimiento de forma sincera y admitió que no debería haber hecho eso. Por parte del alemán, le honra, y como he dicho varias líneas más arriba, marca el final del vilipendio y el escarnio público hacia su persona que se instaló en la opinión pública: para la ATP, sin embargo, era el punto de partida de cara a sentar un claro precedente, a marcar una sanción que mande un claro mensaje a los jugadores.
Ocurrió todo lo contrario: Zverev sigue compitiendo y solo una irrisoria multa económica ha sido la penitencia. También siguieron jugando Nick Kyrgios y Fabio Fognini en años anteriores, tras haber insultado o incluso escupido a los jueces de silla. Todo ese caldo de cultivo ha germinado y empieza a explotar al mundo del tenis en la cara: los jugadores son más propensos a mostrar su rabia sin pensar en las consecuencias de sus acciones... porque se ha visto y demostrado que esas consecuencias son ínfimas. El Miami Open 2022, con dos incidentes que pusieron en riesgo a los recogepelotas en un mismo día (algo que yo, personalmente, jamás había visto), debe ser un punto de inflexión para la comunidad que marca las reglas en el tenis: para educar, endurecerlas, ser consistente en las sanciones y empezar a parar una sangría que lleva abierta mucho tiempo. Si no lo hacemos ahora, quizás en un futuro sea demasiado tarde.

