Hasta el mejor paseo por la playa llega a las rocas y el que ha dado Ashleigh Barty por el mundo del tenis ha sido de los más placenteros, estéticos y elegantes. Existen personas distintas en el mundo, seres humanos con un carisma especial que son capaces de labrarse su propio camino saliéndose de los estándares marcados por la historia y construyendo un legado único. Este el caso de una Barty que siempre amó el tenis de una forma especial. El deporte rey de la raqueta puede ser muy corrosivo para personalidades como la de Ashleigh, una artista del siglo XXI capaz de dibujar lienzos memorables con su raqueta, pero que siempre huyó de todo lo que estaba fuera.
Discreta, humilde, preocupada por asuntos sociales e involucrada en la lucha por el orgullo aborigen, la australiana siempre ha querido mantenerse lejos del foco mediático. Su imagen infantil, con esa cara redonda y sonrisa tímida más propia de una niña de 10 años al ver a sus padres a la salida del colegio que de una voraz competidora, ha terminado cautivando a todos tanto como su tenis, despojado de alharacas, de gritos desgarradores, de esfuerzos vacuos por hacerse notar. Sería injusto circunscribir su éxito al "talento", ese concepto abstracto tan desvirtuado por su uso indebido e indiscriminado, pero que adquiere su significado puro al ver jugar a Barty, una mujer que ha sabido aunar su facilidad natural para este deporte con un esfuerzo diario y una ética de trabajo intachables.
Barty sacó su orgullo aborigen en el @AustralianOpen. "Soy una mujer de Ngarigo, y muy orgullosa de ser indígena". Ngarigo es una de las 3 tribus presentes en el sureste del país antes de la colonización. Barty, tan buena fuera como dentro de las pistas.pic.twitter.com/ZKrt15pd13
— Rodrigo Marciel (@rodrigo_marciel) March 23, 2022
Ashleigh Barty siempre ha reivindicado su orgullo aborigen y es una portavoz social en Australia
Podrían escribirse libros analizando su refinada técnica de revés cortado, pero no podemos obviar la inmensa potencia que imprime en todos sus golpes y que le han permitido dominar con puño de hierro el circuito WTA y mostrarse regular en un mar de incertidumbres, como es el tenis femenino. Tierra batida, hierba y pista dura. Ninguna superficie pudo resistirse a los encantos de un tenis descomunal capaz de encontrar un equilibrio perfecto entre defensa y ataque, entre elegancia y contundencia.
Ashleigh no ha desvelado nunca problemas mentales, no se ha roto psicológicamente en pista ni ha dado muestras del agotamiento que le ha llevado a dejar su deporte con 25 años. Pero sí ha ido plantando las semillas de una escapada fugaz de la élite, reivindicando en numerosas ocasiones su interés en otros aspectos de la vida, como el críquet, el golf, la lectura, la justicia social o la familia. Además, se quedó sin disputar ni un torneo desde el estallido de la pandemia hasta que se jugó en su país y abandonó el tenis a los 19 años para divertirse con el críquet. Recientemente casada con un afamado golfista profesional, la pandemia marcó un antes y un después en su relación con el tenis.
La australiana estuvo 6 meses sin pisar su hogar durante el 2021
No podemos olvidar que Ash estuvo 6 meses del pasado año sin pisar su hogar. Sorprende que no haya referencia directa a esto, pero parece evidente que el desgaste mental que eso le generó ha podido acelerar su burnout, ese síndrome del trabajador quemado que tantos estragos está generando en los últimos tiempos. La imposibilidad de entrar en Australia y los muchos condicionantes con las vacunas y cuarentenas hizo que la australiana estuviera entre marzo y septiembre viajando por el mundo de torneo en torneo, sin posibilidad de ver a sus seres queridos. Para una persona que ama el tenis como deporte, pero no tanto como competición, debió ser durísimo verse privada de su gran soporte, como es la familia, los amigos, su entorno.
Ashleigh Barty es la séptima jugadora de la Era Open con más semanas en el número 1 del mundo, ostenta la cuarta racha más larga en esa posición y se ha quedado a solo un título de Grand Slam, al no haber sido capaz de ganar el US Open. Para muchos eso habría sido combustible suficiente como para seguir adelante y tomarse descansos, pero no para ella. La australiana quiere dedicarse en cuerpo y alma a algo que le motive e ilusione, y el tenis ya no lo hace de la manera en que la élite exige. Su honestidad y valentía para irse es tan apabullante como la irrupción meteórica que tuvo y la manera de perpetuarse en la élite que ha mostrado. Pase lo que pase, nunca podremos olvidarla.

