Zverev ya es catedrático de las ATP Finals

El germano revalida su título de 2018 tras desactivar por completo a un Medvedev muy apagado. Su saque, el bastión sobre el que erigió la victoria.

Alexander Zverev. Fuente: Getty
Alexander Zverev. Fuente: Getty

Alexander Zverev empieza a emitir señales de grandeza en plazas en las que planta su bandera con rotundidad. En una tarde que se esperaba larga, con un partido peleado entre segundo y tercer mejor jugador del mundo, solo un tenista pisó la pista de Turín: Sascha se proclamó campeón de las Nitto ATP Finals 2021 con un triunfo de jerarquía, en los que bordó su plan de juego de principio a fin y en el que anuló a un Daniil Medvedev que se vio realmente apagado desde el inicio. Imperial al saque, sólido con su derecha, moviéndose como una gacela y aprovechando las condiciones rápidas de la pista, el alemán redondea con este triunfo un año espectacular en el que solo se le resistieron los grandes partidos en Grand Slam.

El primer set comenzó con un guion que muy pocos podían vaticinar: una rotura de saque de Alexander Zverev, para empezar a inclinar a su favor un duelo en el que, a priori, el favorito era el ruso. Dicha rotura se dio merced a un juego horrible de Medvedev, con varios errores no forzados desde el lado de su derecha, tónica recurrente a lo largo de todo el primer parcial. Afirmábamos en la previa del partido que la mayor clave para el germano era sacar a un nivel excelente, estar absolutamente excelso en ese apartado, tan bien como en su duelo ante Djokovic... y Sascha no concedió ni una sola de break en sus juegos al saque, creando una muralla casi impenetrable para Daniil.

Lo cierto, eso sí, es que el ruso no solo se desangraba en la comparativa de servicios. Durante un punto del primer set, el balance de puntos con más de nueve golpes era favorable a Zverev en ocho puntos (9-1). Sí, hablamos de Medvedev, un tipo capaz de llevar al cansancio físico al mismísimo Novak Djokovic, capaz de estrangular desde la línea de fondo a cualquiera. Lo cierto es que el drive del ruso se desangraba, despojado de cualquier viso de confianza y, por si fuera poco, realmente lento en su velocidad de reacción, como si el que hubiese acabado su duelo de semifinales a medianoche hubiese sido él y no Sascha. Casi sin comerlo ni beberlo nos veíamos sin primer set, con un Zverev que no necesitaba de poner séptima para colocarse con un cómodo 6-4.

OTRO MAL JUEGO QUE CONDENA A DANIIL

Si alguno pensaba que la película iba a cambiar con el comienzo del segundo parcial, debió de cambiar de canal al ver que Zverev sumaba otro break de salida. La final solo tenía un color: el amarillo y rojo de la bandera alemana. Los juegos al saque de Sascha, superando el 80% de primer servicio dentro (una estadística monstruosa que explica, en parte, el por qué apenas se vio presionado a lo largo del partido) se finiquitaban en una brisa, mientras que Medvedev, que bordeaba el 50% de primeros saques dentro, sufría ante la agresividad de Sascha al resto. Si en los intercambios largos no eres capaz de romper los patrones de tu oponente y, además, estás constantemente bajo presión en tus juegos al saque... ¿qué te queda?

Ya break abajo en el segundo set, Daniil empezó a hacer cosas diferentes, como se le ha visto en otros duelos en los que nunca estuvo en control. Derechas con saltito a lo Michael Jordan, dejadas en el cuarto o quinto golpe del intercambio. Cosas impropias del tenis del ruso, pero casi necesarias para cortar el ritmo del partido, favorable para el ferrocarril Zverev. La máquina a vapor de Medvedev no era rival para lo que estaba haciendo Sascha, y la reacción quizás vino demasiado tarde: en, quizás, el único juego en el que llegó a dudar, Sascha se quitó de encima cualquier titubeo a base, cómo no, de auténticos palazos al saque.

Ni tan siquiera tuvo dudas para cerrarlo. Con todo merecimiento, tras firmar una semana en la que jamás dudó de sus capacidades, Alexander Zverev se lleva a casa un nuevo título, un entorchado más en un año redondo en el que únicamente faltó el -gran- paso adelante de los Grand Slams. Por lo demás, su palmarés resalta como el de pocos: oro olímpico, ATP Finals, dos Masters 1000 y dos ATP 500. Sin lugar a dudas, es un aviso de lo que puede estar por venir: las exigencias hacia él se centran en los títulos más importantes. Por otro lado, es posible que Medvedev sintiese cierto bajón de adrenalina tras un año durísimo: su tenis hoy fue impropio de su temporada e impropio de lo que estaba en juego. Eso sí, no pone en duda una temporada en la que puede decir lo que otros no: que ya es campeón de Grand Slam. No es poco.

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