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¿Para cuándo una Laver Cup femenina?

La competición que nació en 2017 se ha convertido en un éxito dentro del calendario masculino. ¿Por qué nadie mueve ficha en la WTA?

Aryna Sabalenka y Ash Barty. Fuente: Getty

Desde que Rod Laver y Roger Federer anunciaran la llegada de la Laver Cup, todo el mundo sabía que algo muy suculento se estaba cocinando entre estos dos genios. Un formato innovador, una convocatoria cargada de estrellas, un escenario y un desembolso a la altura de la cita, cobertura absoluta por parte de todos los medios y una fraternidad entre rivales que rápidamente engancha al espectador. Un pelotazo, vaya. Y teniendo en cuenta todos estos aciertos, uno piensa: ¿cómo es posible que en la WTA no hayan seguido esta idea?

Ábranse a la fantasía e imaginen por un momento el Team Europe formado por Aryna Sabalenka, Iga Swiatek, Elina Svitolina, Garbiñe Muguruza, Belinda Bencic y Simona Halep. He dicho estos seis nombres como perfectamente podría haber dicho otros, pero ya con estos te sale una plantilla para echarse temblar. En el otro lado, sienten en el banquillo del Team World a Ashleigh Barty, Naomi Osaka, Serena Williams, Ons Jabeur, Bianca Andreescu y Cori Gauff, por ejemplo. No hay que ser muy listo para ver que esta Laver Cup femenina estaría bastante más igualada que la que hemos visto durante estos últimos años en la rama masculina, donde siempre ganan los azules.

Los hay quienes todavía buscan darle una vuelta más al rizo y apuestan por hacer un formato mixto. Es decir, que hombre y mujeres formen parte del mismo equipo, lo que le daría una mayor riqueza al programa diario. Por ejemplo, que la jornada empezara con un dobles genérico, luego dos partidos individuales y, para cerrar, un dobles mixto. Solo es una propuesta, lo que es evidente es que las combinaciones y las piezas se multiplican. Me invento una:

  • Nadal/Thiem vs Pospisil/Sock
  • Osaka-Halep
  • Djokovic-Shapovalov
  • Federer/Bencic vs Serena/Kyrgios

¿No comprarían ustedes esa entrada?

Pero claro, si después de cinco años nadie ha movido ficha, es porque hay algo que se nos escapa. Me viene a la cabeza unas palabras de Mihaela Buzarnescu de hace unos años, cuando le preguntaron acerca de las diferencias humanas entre el vestuario masculino y femenino. “En los próximos años espero ver un pequeño cambio para las mujeres en el circuito, el ambiente realmente necesita mejorar. Creo que actualmente todos son demasiado estrictas. Sé lo importante que es la competencia, pero esas rivales son prácticamente las mismas jugadoras con las que compartimos el resto del año, quizá habría que verlo más como una especia de familia. Si el ambiente fuera un poco más tranquilo y relajante, sería más agradable para todos, se necesitan más amistades”, afirmó en marzo de 2020.

Ahí está la gran barrera, en lo poco que se entregan las propias jugadoras a tender lazos entre ellas. Nada que ver con el circuito ATP, donde a pesar de las grandes rivalidades que nos han regalado estas dos últimas décadas, la fraternidad y la convivencia están en su punto más tierno. Tampoco queremos generalizar, ya que no todos los perfiles interactúan de la misma manera en el tour, pero son muchísimas las voces que apuntan hacia esa misma brecha, tal y como subraya Buzarnescu. Tendría que cambiar el modo de entender la competencia, generar un ambiente nuevo en los pasillos, dejar a un lado las envidias y buscar conexiones con aquellas que persiguen tus mismos sueños. Ya, no suena fácil, pero el esfuerzo merece mucho la pena. Ya no solo por una nueva Laver Cup, sino por mejorar la salud, vistosidad y demanda del tenis femenino profesional. Todo es ponerse.