Todo aquel que haya leído Open recordará el nombre de Mike Agassi. Es posible que su figura les evoque múltiples recuerdos, me atrevería a decir que desordenados y enfrentados entre sí. Así era la vida familiar de los Agassi, llena de contradicciones, de dualidades que se cruzaban y pintaban un retrato inimitable. Ayer falleció a los 90 años una pieza instrumental en el desarrollo de uno de los mejores tenistas de la historia. Ha fallecido alguien que trató de moldear a su imagen y semejanza, como si de un Dios se tratase, a quien él pensaba que se convertiría en El Elegido. Y, a pesar de todo, hoy ha fallecido alguien querido y respetado por aquel a quien llegó a hacerle la vida imposible.
Mike Agassi jugó un partido de tenis contra su hijo Andre desde el día que este nació. Emmanoul Aghassian era también un hombre hecho a sí mismo, víctima de circunstancias geopolíticas e históricas que le forzaron a tener un carácter a prueba de bombas. De orígenes asirios y armenios, nacido en Irán, boxeador en su madurez (llegó a ser olímpico hasta en dos ocasiones... pero en ambas perdió en primera ronda) y otro de aquellos tantos perseguidores del sueño americano. En 1952, Emmanuel se mudó a Chicago con su hermano Samuel (de manera ilegal, como pudo), se cambió el nombre a Mike Agassi y dejó atrás una vida complicada y una infancia de muchas necesidades. Conoció a Elizabeth, consiguió un trabajo en el Tropicana Hotel de Las Vegas...
... Y el resto es historia. No, esperen: el resto es su historia. Decía Andre que su padre era "violento por naturaleza". Que siempre estaba preparándose para la batalla, que hacía como que boxeaba sin contrincante. Que hablaba cinco idiomas, pero que no dominaba ninguno de ellos. La búsqueda de la perfección parecía entusiasmar a Mike, la satisfacción y la adrenalina del vencedor de cualquier enfrentamiento le daba vida. Él no pudo calmar esa sed por sí mismo a pesar de ser olímpico, así que iban a ser sus hijos quienes debían hacerlo. ¿Por qué no? Vivían en Estados Unidos, con una vida asentada y muchas horas de visionado de Björn Borg en su mente. Tenía todos los ingredientes para hacerlo.
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Más fuerte. Más fuerte. Practica las woleas. Ahora el revés. El Dragón sigue ahí, incansable, lanzando bola tras bola. La máquina del infierno que Mike había construido no mostraba cambios a la temperatura ni al tiempo en pista. Era perfecta, cuadriculada, metódica. Era de hielo, como Björn. Quizás tenga algo que ver con las raíces iraníes, con la admiración que se profesa a nivel cultural por valores como la disciplina, vehículo de lo que más tarde será el éxito. Cuando hablé con Aravane Rezaï, ésta me hizo ver que su padre (con los mismos orígenes que el de Agassi) la había convencido de que estaba destinado a llevar a su familia a lo más alto. Es más: ponía al propio Mike como ejemplo. ¿Ejemplo de qué?
Más fuerte. Más fuerte. Practica las woleas. Tenis, tenis, tenis. El día que Agassi se marchó a la Academia de Nick Bollettieri, es posible que su padre viviese uno de los momentos más felices de su vida. El sueño estaba más cerca, las horas invertidas en El Dragón parecía que valían la pena. Su querido hijo, Andre, iba a convertirse en profesional. Lo había intentado con Philipp, sin éxito (jamás sabría de las conversaciones sobre sus métodos en la habitación, entre líneas pintadas en la pared que simulaban una cancha). Lo había intentado con Rita, y su mayor acercamiento fue casarse con Pancho Gonzales, sí, con el mítico Pancho, un gran campeón pero odiado por Mike, que veía en aquel casamiento una muestra de insubordinación de la muchacha. Faltaba poco, pero aún no podían relajarse, ni muchísimo menos.

Foto: Getty Images (ART Seitz)
Más fuerte. Más fuerte. Practica las woleas. Entrado ya en la vida adulta, Mike siempre pensó que tenía razón. En una de sus últimas entrevistas públicas, concedida a La Repubblica, el periodista abría con una frase un tanto brutal... a la par que cierta. "Mike, sacrificaste a cuatro de tus hijos por el deporte". Pero Mike no es un tipo que agache la cabeza ante este tipo de golpes; los esquiva y los contrarresta. ¿Negarlo? Para nada. "Yo te diría que sacrifiqué a tres". En 2015, mucho después de que el propio Andre admitiese el infierno mental por el que pasó en esas infinitas horas frente a El Dragón, Mike seguía pensando que lo suyo no había sido ningún sacrificio. "No te diría que lo sacrifiqué, porque ahora es un campeón. Tenía 7 años cuando predije que se convertiría en el número uno del mundo".
Más fuerte. Más fuerte. Practica las woleas. El cabeza de familia de los Agassi era un perfeccionista. El éxito, si no era completo y tocado por los dioses, no era digno de ser celebrado. Cuando Andre le llamó, eufórico y exhausto, tras conquistar su primer Grand Slam, la respuesta que encontró al otro lado de la línea le descolocó. Su padre le preguntó que cómo había sido posible que perdiese el cuarto set. Lo tenía ganado, era inadmisible. Al fin y al cabo, él afirmaba que era El Dragón la causa de que su hijo no moviese los ojos cada vez que golpeaba la bola, el motivo de su extraordinaria visión espacial, la razón de los ángulos perfectos que trazaba con su revés.
Mucho tiempo después, admitió que había sido analfabeto. Su ánimo de superarse día a día, de afrontar la vida como una pelea de boxeo, es lo que le había permitido salir adelante. Odiaba a todos: odió a Bollettieri por querer cambiar a André, odió a Pancho por querer cambiar a Rita. Odiaba, en definitiva, que las cosas escapasen de su control, de ese plan perfecto que él creía se había dibujado en su vida. El Dragón, la máquina que había construido y que tanto referenciamos, representaba su vida y su personalidad: no quebraba, no cambiaba, seguía siempre la misma cadencia y todo ello se ejecutaba en base a una finalidad mayor.
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Cuando Andre alcanzó la cima del universo y había ganado todo lo ganable, su padre seguía obsesionado con las mismas ideas y con el mismo deporte. Tenis. Tenis. Tenis. Patrones, repeticiones. Con el tiempo, Agassi comprendió que la personalidad de su padre jamás cambiaría. Que le tocaría convivir con ella hasta el final de sus días, quizás incluso abrazarla. A veces no nos damos cuenta del gran porcentaje que el azar juega en nuestras vidas. Pensamos que podemos controlar las cosas, que nosotros forjamos nuestro destino. Pero, ¿acaso hemos decidido nosotros quién nos cría? ¿Acaso nuestra forma de ser y vivir no está programada por aquellos que nos guían desde el inicio? Y, después, en la vida adulta, una sola decisión equivocada rompe nuestro castillo de naipes y desarma la película que nos hemos montado.
Quizás Mike tenía miedo a admitir al azar. Miedo a estar en fuera de juego. Andre lo entendió. Había sido un tirano, pero la vida lo había llevado por ese camino. Él sabía que jamás sería así con sus hijos, pero con el paso del tiempo comprendió que todo lo que hizo por él fue porque realmente le quería. Le quería más que a nadie, de una forma a veces incorrecta, pero que escondía años y años de sufrimiento en un contexto diferente al actual. A día de aquella entrevista, Mike admitió que jamás había leído Open. Hubiese sido bonito que, al igual que Andre reconoció el cariño de su padre y abrazó su personalidad, Emmanuel se haya ido de nuestro mundo habiendo leído el sufrimiento de su hijo. Porque, a veces, las cosas escapan a nuestro control... y no pasa nada por admitirlo. Al igual que perdonar y comprender forman parte de nuestros procesos de maduración, como entendió aquel niño rebelde de Las Vegas que más tarde se convertiría en padre modélico.
"Revés, intenta decir revés. Tírasela al revés de Pete. "Deberías haberle lanzado más pelotas al revés de Pete". "Practica las woleas. Más fuerte". Me incorporo y siento una necesidad imperiosa de perdonar, porque me doy cuenta de que mi padre no puede evitarlo, de que nunca ha podido evitarlo, así como tampoco nunca se ha comprendido a sí mismo. Mi padre es lo que es y lo será siempre, y aunque no puede evitarlo, aunque no es capaz de distinguir entre quererme a mí y querer al tenis, en cualquier caso es amor. A muy pocos de nosotros se nos concede la gracia de conocernos a nosotros misms y, hasta que lo hacemos, tal vez lo mejor que podemos hacer es ser coherentes. Y mi padre lo es por encima de todo".
Ayer, el partido que Emmanuel Aghassian y Andre Kirk Agassi vivió su último punto. Dentro de mucho tiempo vivirá su revancha. Hasta entonces, apliquen las palabras de Andre. Descanse en paz, Mike.

